EL MENSAJE PRESIDENCIAL AL CONGRESO DE 28 DE JULIO

Por Aníbal Quiroga León

Jurista. Profesor Principal PUCP

Como obliga la Constitución, este 28 de julio en que se instala la primera legislatura ordinaria anual, el Presidente de la República se dirigirá a la Nación, por intermedio de la Representación congresal, para hacer una exposición detallada de la situación de la República y las mejoras y reformas que deberá o pretenderá o deseará o propondrá emprender, mensaje que deberá constar por escrito y que tiene que estar previamente aprobado por el Consejo de Ministros.

 

Eso de que conste por escrito y sea leído fue una mezquindad detallista de la Constitución de 1979, que la actual ha repetido, contra el expresidente Belaunde que declamaba de memoria los suyos, y un castigo por no haber participado, junto con Acción Popular, en la Asamblea Constituyente de 1979, lo que fue un cálculo político muy criticado por el constitucionalismo peruano, ya que si bien le permitió -entre otros factores- ganar las elecciones de 1980 y reivindicarse de la abrupta defenestración de 1968, le privó a la Carta de 1979 del valioso aporte que le hubieren dado los cuadros de Acción Popular, dejando mayor espacio a los constituyentes de izquierda. ¿La paradoja?  Belaunde tuvo que gobernar con una Constitución que no contribuyó a redactar.

 

Este mensaje además tendrá particular interés por muchas razones, pero cifraríamos en tres, quizás, las más importantes: (i) debe hacer un balance y defensa del cierre y disolución ¿constitucional? del Congreso en septiembre del año pasado basado en la tan mentada “negación fáctica de confianza”, expresión inexistente en los anales de la doctrina del derecho constitucional, tal como el propio Tribunal Constitucional (TC) lo ha reconocido en la sentencia que le salvó (4/3 por un pelo) constitucionalmente de censurar tan discutible acto político; (ii) el estatus y realidad de la pandemia que nos aqueja, como a todo el mundo, pero que por obra y gracia de su gobierno y de nuestra realidad nacional nos tiene en el top ten de contagios y letalidad pese a haber sufrido una de las cuarentenas más cerradas del orbe, donde deberá superar aquello tan cansino de que fue una súper decisión en el principio, autocalificándose con poca modestia de “muy valiente” (eso ya lo ha dicho muchas veces y se le ha reconocido) o su tan socorrido “tutorial del lavado de manos y el distanciamiento social en una nueva convivencia social”; y, (iii) las acciones, facilitaciones y salvaguardas de que en abril venidero verdaderamente tengamos elecciones generales libres, democráticas e independientes que nos permitan elegir a un nuevo Presidente de la República y a un nuevo Congreso de la República.

 

Para lo primero, no se espera mucha autocrítica, ni que el Presidente Vizcarra asuma responsabilidad alguna en la conformación del actual congreso corto y mocho, de poca vida, ya calificado como peor que aquel que él disolvió de mala manera, llamando con su ex Premier Del Solar a un “refrescamiento democrático” quizás pensando en los pescaditos, hoy con una importante bancada, o con los antauristas, también con una importante presencia política que no tenían a septiembre del año pasado. Así, peligrosamente, se han dado algunos de los ingredientes que Moisés Naím describió hace poco más de una década (“La receta para un golpe de Estado”; EC, 16.082009): “Como todo el mundo no acepta los golpes militares, se ha puesto de moda una nueva forma de tomar el poder, en el que se requieren más abogados y reformas que golpes violentos (…) El resultado es el mismo: un líder que guarda las apariencias democráticas y hace lo que quiere…”.

 

Veremos, entonces, cómo torea a ese bicho en suerte, pero de seguro lo hará con triunfalismo, asumiendo que salvó a la patria de un mal mayor, pero sin hacerse responsable del resultado del actual Congreso, su creatura, a quien todos consideran, urbi et orbi, peor que el que fuera disuelto a la mala. En todo caso, ya ha señalado que a él sólo lo juzgará la historia. Estamos avisados, los del hoy deberemos esperar.

 

En cuando a lo segundo, la papeleta está más complicada. La situación pasada por Piura, Iquitos, la actualidad de Huánuco y la lacerante de Arequipa de donde salió escupido la semana pasada, por lo que tuvo que pedir disculpas públicas en la persona de una pobre señora que infructuosamente corrió detrás de su vehículo oficial patentizando la impotencia frente al poder omnímodo, será todo un tema. Por eso dejó sin responder la pregunta que, directo a la yugular, le pudo hacer P21 en la última conferencia de prensa “vertical y reglada”, donde sortean entre todos los medios del país 5 preguntitas -sin repreguntas-: ¿Cree que Arequipa le perdonará su actual abandono, caos y desastre de salubridad en medio de la pandemia?

Ya no se tratará de qué se hizo bien hace cuatro meses, lo que en la actual dinámica es casi como analizar lo sucedido en la década pasada, sino en la plena actualidad, en el hoy; y de los meses que vienen en medio del año del pato cojo (lame duck year), en que tendrá forzosamente que resolver la ecuación inversa de pérdida de poder y dejación del mandato al tiempo de tener que enfrentar con fortaleza el estar al medio de una grave pandemia que no se domina  con, quizás, con una segunda y tercera ola de recrudecimiento, sin solución clara en el corto plazo.

 

Y en cuanto a lo tercero, siempre habrá una gran incertidumbre. Las credenciales democráticas del Presidente Vizcarra no han sido muy validadas que digamos (“Vizcarra, una historia de traición y lealtad”; Martín Riepl, Lima, 2019). A la espectacularidad de cada uno de sus mensajes anteriores con que nos ha pretendido sorprender y entretener, con fuegos artificiales y artificiosos de reformas políticas, reformas constitucionales, referéndums, presunta lucha anticorrupción (en todo caso, selectiva), tendremos que ver qué nos ofrece en esta ocasión, con qué bombita, rata blanca, luces de bengalas, castillos o bombardas coloridas nos sorprenderá, por dónde irán los tiros.

 

Lamentablemente para él, esta vez, esa espectacularidad a la que está tan acostumbrado -y nos ha acostumbrado por consejo de su marketing político y su culto a las encuestas- durará poco, ya que el Congreso y las circunstancias del cambio abrupto de Gabinete con un nuevo Premier han confabulado a los hados para que la obligada presentación ministerial ante el Congreso, con el subsecuente pedido de confianza, se haya agendado el lunes 3 de agosto, casi una semana después del mensaje a la Nación, con lo cual los reflectores sobre el Presidente se apagaran pronto y prontamente (mal que le pese) pasarán a iluminar su pechador Premier, restándole luminosidad a la espectacularidad de sus fuegos artificiales y protagonismo a la figura presidencial en el último mensaje a la Nación. ¡Qué piña!

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