DINA PAUCAR: LA DIOSA DE LOS ZAPATITOS ESCARCHADOS

Por Carolina Aramburú
La vida de Dina Páucar parece un cuento. Su historia tiene pasajes de inocencia que bien podrían encantar a niños pequeños pero muchos otros tan dramáticos que conmueven hasta las lágrimas. No obstante, el final de su odisea es feliz y hoy son las alegrías las que protagonizan sus días, acaba de festejar 30 años de su trayectoria artística.
Dina, nació en “la muy noble y leal ciudad” y como si la cuna no hubiera sido suficiente, además fue nombrada Magna al nacer, tal vez un vaticinio del oráculo.

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Muchos conocen parte de su vida, algunos fragmentos fueron novelados y televisados aunque hay que reconocer que nunca la ficción podrá superar a la realidad.
Sin embargo, aquellos más de 50 puntos fueron la señal más clara y contundente de que el Perú estaba viviendo un fenómeno, más que musical, cultural.
¿Cómo ocurrió todo eso?,¿cómo una niña plebeya, traviesa pero serena, proveniente de un lugar tan lejano al Olimpo obtuvo los poderes especiales de conmover y transmitir sentimiento hasta conquistar y hacer suyos los corazones de millones de peruanos?. Sin duda se pueden ensayar muchas hipótesis. Entre las más acertadas se cuentan las que destacan el trabajo y la dedicación, con una cuota de talento, pero Dina parece conocer la verdad: ella tuvo sueños y los quiso cumplir.
Durante un breve lapso quiso ser cosmetóloga pero la ilusión de cantar frente a mucha gente tiñó su imaginación de un color más vivo y esa fue la meta elegida por sus sentimientos.

Dina sabía que tenía que trasladarse a lo que llamaban capital y emprendió viaje. En la jungla de cemento experimentó engaños y decepciones crueles y vivió tempranamente el falso amor.
Esa fue tal vez la experiencia más difícil de muchos momentos dificilísimos. Tal como años después cantaría con mucho sentimiento, flaqueó pero nunca renunció: “…yo quisiera regresar pero no puedo, tengo metas que cumplir…”
En esa ocasión el desengaño la hizo dudar de sí misma y de sus sueños pero nueve meses después, en una noche de contrastes, de inmensa soledad y de fuegos artificiales, abrazaría su más grande motivo para triunfar.
Reencontrada con su fuerza, volvió a hacerse acompañar por su mejor amiga, la música. Le hubiera gustado llevar clases de baile y canto pero lo que a duras penas ganaba solo alcanzaba para callar al estómago. No obstante, se las ingenió para tener al mejor maestro: su espejo. Él le reflejaba lo que tenía que cambiar o mejorar. Así se entrenó hasta obtener sus primeras oportunidades en La Casa del Folclore y El Nuevecito.
Fueron tiempos de vestidos prestados y de zapatitos desteñidos y vueltos a teñir con sus propias manos. Unas veces de verde, otras de azul, otras de rojo; según el traje que debía usar y los adornaba con un baño de escarcha, la misma que había usado en el colegio para sus manualidades.
Su presencia serena, su calor humano y su voz melodiosa junto a la dulzura arpa fue lo más poderoso en el escenario, aún con lo cuidado del vestuario, el público conectó desde la primera vez con ella. Fue cuestión de tiempo todo lo demás.
Llegó el momento de hacer un disco con el reto de no tener dinero. Y es anecdótico saber que con el inmenso amor que ella tiene por los animales, fue lo obtenido con la venta de un torito de su papá lo que completaría -con otros dineros prestados- el capital necesario para grabar ese primer CD.
Dina se dio cuenta de que su carrera se empezaba a elevar cuando tuvo que hacer su primer viaje en avión. Su hermana le aconsejó: “agárrate bien, no te vayas a caer”. Lo que duró el vuelo se aferró fuertemente con sus dos manos al asiento y eso lo recuerda vívidamente aunque haya perdido la cuenta de otras cientos de veces que ha surcado el cielo por la música.
Se ha dado el lujo de subir al mítico escenario del  teatro mexicano, Bellas Artes, en donde interpretó sus mejor éxitos.
Además en el 2015, nos representó en el XLIII Festival Internacional Cervantino, en donde los habitantes de Guanajuato, en donde se desarrolla en conocido evento, zapatearon al ritmo de los huaynos ejecutados por los mejores músicos de la Orquesta Sinfónica del Perú, bajo la dirección del maestro Fernando Valcárcel.
Lo único que siempre tiene presente, en el corazón más que en la mente, es el amor del público que la alimenta para subir al escenario y que la mantiene vigente, porque desde que fue amadrinada por la fama, nunca dejó de ser la primera.
Dina es la heroína de su propia vida, de sus padres, su familia y sus paisanos. Pocos galardones se pueden entregar a un artista tan importantes como los aplausos del público pero la Diosa Hermosa del Amor puede sentirse orgullosa de haber sido designada Embajadora de UNICEF y de la Marca Perú, cargos honorarios que cumple inmaculadamente, lo que da prueba de que en nuestro país ocurren cosas maravillosas.
Por su talento, por su trabajo y por la sencillez que nunca ha perdido le decimos ¡gracias por tu ejemplo! y ¡Qué sigan los éxitos artísticos y personales!

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