PAPÁ Y LAS NUBES DEL FIN DEL MUNDO

 

Escribe; Leonardo Matías Valenzuela

La imaginación de un niño es una maravilla fuera de cualquier escala. Pueden creer las historias que les cuentas, por más mágicas que sean, y vivirlas con pasión y devoción. Y no solo eso, sino que encuentran siempre la forma de ver algo que nosotros mismos, una vez mayores, ya no podemos ver. Es esa magia en los ojos de un niño lo que añoramos sin querer ni saber. A veces creemos que perdemos esa imaginación explosiva porque conforme crecemos sabemos mucho, pero a mí me gusta pensar lo contrario, pues cada vez sabemos menos del cómo vivir. Por eso los niños viven y generan las más hermosas y divertidas aventuras, una de ellas me la contó mi padre, un hombre alto y recto como un espárrago, de muchos conocimientos y una capacidad de expresarlos excepcional, una persona que impone respeto de forma agradable. Mi padre me contó una historia de cuando era pequeño.
Él era un niño de talla normal, bastante delgado, que vivía en San Joaquín, un barrio caluroso en las hermosas tierras de Ica, departamento al sur de Lima reconocido por su intenso sol. San Joaquín es un barrio ameno, con ají en varias esquinas, pero cuando mi padre era niño, fue un lugar ideal para salir a hacer diversas actividades divertidas, pues de frente y doblando a la izquierda de la casa de mi padre había un gran cerro de arena, similar a una duna, al cual mi padre acudía todos los días con sus amigos. Ellos jugaban contentos bajo el sol, con prendas que terminaban muy sucias y usualmente sin zapatos o con sandalias. Jugaban a quien llegaba más rápido a la cima del cerro y luego, a quien lograba bajar primero. Es increíble tener un lugar tan peculiar dónde jugar. Cuando subías al cerro, sentías el fuerte sol en el cuello y arena en todo tu cuerpo, pero cuando te ibas al lado que no daba hacia el sol, el clima cambiaba como si fuera magia, pues corría un viento muy fresco. Es de este lado del cerro donde, después de un día lleno de diversión, se tiraban encima de la arena mi padre y sus amigos cuando eran niños. La frescura, la compañía y la vista eran inigualables, pues se veía toda la ciudad de San Joaquín desde arriba. Pero lo más mágico era levantar la mirada hacia el hermoso cielo tardío y limpio de Ica, lleno de nubes que parecen pintadas en un fondo celeste en el cual el atardecer se inspiraba. Mi padre suele contarme con brillo en sus ojos que, tirado panza arriba en el cerro, si solo mirabas hacía arriba, con unos minutos te olvidabas del piso, y como tu vista se veía sumergida en el cielo completamente, sentías que volabas, pero al revés. Una sensación mágica que te hace temblar los pies y sentir libre y despreocupado. Sin duda debe ser hermoso.
Fue cuando sus amigos y él, cansados de jugar, estaban tirados en la cima del cerro que empezaron a ver nubes con distintas formas.
-Mira, esa parece una jirafa- decía uno.
-Parece más una lampa- comentaba otro.
Es aquí donde la imaginación de los niños busca y encuentra eso que ahora no podemos ver.
– ¡Oye, mira! ¡Esa nube parece como un dragón… pero, tiene varias cabezas! – comenta uno de ellos sorprendido, y todos le asienten con la misma expresión en el rostro.
– ¿Oye sí no? – pero mira su lomo, parece que lo están cabalgando, pero, ¡creo que es una mujer! ¡Sí, mira ve! – comenta otro amigo igual de asombrado. Todos le siguen el juego y logran ver a la mujer que monta este dragón de varias cabezas. Todos asombrados, menos uno, a quien se le veía un poco preocupado.
– ¡Oye mira, mira! ¡Allá al otro lado hay como un caballo bien clarito, se ve mira! – dice otro, y todos asienten asombrados, pues también son capaces de ver al caballo en el cielo, pero el amigo que se le notaba inquieto se atrevió a mencionar.
– Oigan chicos, pasa que yo allá en mi casa tengo una Biblia que es de mi papá que tiene dibujitos, y yo a ese dragón lo he visto ahí, yo se los juro, y también he visto al caballo ese de ahí – comenta algo tímido. Sus amigos, unos no le creían, otros dudaban, y algunos lo veían muy posible, pero lo que compartían todos era la curiosidad por ver esa Biblia con dibujos de la que este chico hablaba.
Bajaron entonces en mancha todos juntos a la casa del amigo que tenía la Biblia, esto en un atardecer, con el cielo algo anaranjado y púrpura. Al bajar del cerro vieron que no había luz en los pocos postes de la calle ni en las casas, pues hubo apagón. Sin embargo, era algo común en el barrio, por lo que siguieron su camino sin preocuparse mucho en eso. Todos estaban contentos yendo a su destino mientras conversaban y jugaban. Cuando llegaron, entró presuroso el chico a sacar su Biblia con dibujos mientras todos los demás esperaban afuera. Al salir, tenía en sus manos un libro grande y viejo, con tapas de cuero empolvadas y páginas que parecían hechas para romperse. Con mucho cuidado, el dueño del libro fue pasando las hojas buscando la imagen que él recordaba haber visto en el libro y en el cielo. Continuó pasando y pasando las páginas sin encontrar lo que buscaba, hasta que llegó a las últimas, al libro… Apocalipsis.
Habían encontrado las imágenes en la parte que hablaba del fin del mundo como lo conocemos. Se podía ver a la mujer montada en la bestia de tres cabezas, que los niños habían podido ver en el cielo, entre ellos mi padre, quien me lo confirmó con certeza. Vieron también al caballo que se formó en el cielo, y como no podían evitar la curiosidad, varios se pusieron a leer las crudas páginas de esta parte del libro. Cuando todos se enteraron que hablaba del fin del mundo, junto con el anochecer y el apagón, las nubes que habían visto pasaron de ser interesantes a tenebrosas. Se sentía un silencio solo interrumpido por murmullos en un ambiente tenso con todos viéndose a los ojos, asustados. ¿Habían visto lo que creían? ¿Lo estaban imaginando? Mi padre hasta ahora se hace esas preguntas. A pesar de eso, lo que más le sorprende cuando recuerda esta escena es ver las reacciones de estos niños cuando por sus mentes pasaba la posibilidad de que ocurra la mala noticia que todos pensaban. Uno de ellos le devolvió el poco dinero que le debía a dos de sus amigos y les agradeció muy encarecidamente. Otro, que formaba parte de los más mayores del grupo, empezó a proponer que cambiaran de conducta. Mi padre recuerda esto con una gran sonrisa, pues escuchó a uno de ellos diciendo – Si, si, ya no hay que decir más lisuras ya – Mientras se persignaba y sudaba frío. Todos estaban asustados, y es en estos momentos donde se activó el instinto de supervivencia colectiva, en el cual cualquier iniciativa que ofrezca protección propuesta por cualquier miembro de un grupo se vuelve en el plan de todos. Uno empezó a murmurar la letra de una canción que cantaban todos los domingos en la iglesia.
– Juntos… como hermanos… miembros… de una iglesia- cantaba bajo, como si fuera solo para él, mientras sus manos no podían dejar de moverse.
Fue este murmullo el inicio que sirvió para que un grupo de más de 10 amigos cantara todos juntos a voz en cuello esta hermosa canción católica, todos asustados hasta los dientes.
– ¡Vamos… caminando… hacia el reino del Señor! – Cantaban todos, esperando a que algún miembro de su familia llegara a buscarlos, gritando sus nombres por todo el barrio.
Esta escena mi padre la recuerda entre risas y nostalgia, pues le resulta muy cómico la imagen de todos sus amigos cantando juntos mientras uno por uno regresaba a su casa a no poder dormir. Unos minutos después de empezar a cantar, llegaron por mi padre. Él se fue a su casa, la cual se encontraba a una cuadra doblando a la derecha. Sin embargo, no se sentía en la capacidad de regresar a su casa solo, por lo que prefirió que lo vayan a buscar.
Mientras retornaba a casa, acompañado de un primo suyo, podía seguir escuchando el canto de sus amigos. Luego de esa noche no se volvió a mencionar de la vez en que, asustados, todos se pusieron a cantar juntos. Además, lo que tampoco se volvió a repetir fue la tradición de darle formas a las nubes por las tardes.

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