LA NAVIDAD DE LOS AUSEJO Y EL ROBO DEL PAVO

Escribe: César Ausejo Bueno

La temática de nuestra Navidad era muy diferente a las navidades típicas limeñas. Pero una de ellas en particular nunca la olvidaré, porque me quedé con hambre. No, no se quemó el pavo. ¡Se lo robaron!
Aún recuerdo con mucha alegría nuestras “navidades” que, a diferencia de las limeñas, en las cuales uno se pasa el día cocinando y en familia, envolviendo regalos, en cambio, para nosotros “Los Ausejo” era la temporada en el que más trabajábamos.
Comenzábamos las 6:30 am, ya que teníamos una panadería. La labor por realizar era hornear los pavos de todos los vecinos, cerca de 150 en un solo día. Mi papá y yo a punta de punzón y martillo marcábamos unas etiquetas de metal, enumerándolas del 1 al 150; con el ánimo de completar ese número.
Yo, a los 10 años, no me preocupaba por los regalos o juguetes, sino por cuánto de propina mi papá me daría. Con botas negras y disfrazado de papa Noel, salí a vender panetones, mi papá me galardonaba con un sol por cada panetón que vendía. Toda una mina de oro para mí. Cada vecino que pasaba no solo me regalaba una sonrisa, sino que terminaba probando y comprando un panetón. Sin embargo, ese día sucedió lo impensable, ya que nos quedaríamos sin pavo ¡Qué tragedia!
Pero como todas las historias, esta también tiene un inicio. Nuestra famosa panadería Bimbo tuvo sus comienzos por ahí en los años 50. Una empresa familiar que nació en el corazón de un gran empresario, mi bisabuelo César Ausejo Pintado, el primero en acuñar el nombre “César Ausejo”. Ya somos cinco generaciones usando el mismo nombre y apellido.
César Ausejo Pintado trabajó por muchos años para el Banco de la Nación, en ese entonces todo un gran éxito. Su hijo, es decir mi abuelo, César Ausejo Aranza, tenía una carrera militar por delante. Recién graduado del colegio Leoncio Prado se enamoró perdidamente de Alicia, una adolescente de apenas 15 años. Tan enamorado estaba que dejó el sueño de ser militar y -contra viento y marea- se casó con el amor de su vida.
Mi abuelo como otro gran emprendedor de la familia no solo comenzó a trabajar con su padre en el Banco de la Nación, sino que vendía todo lo que le llegaba a la mano, y, por si fuera poco, también trabajaba de taxista por las noches, amasando así una pequeña fortuna. Con la ayuda de su padre, decidió invertir y comprar la panadería Bimbo. Los dueños originales italianos eran parientes lejanos, gracias a ello se acordó una cifra justa en el precio.
Mi abuelo siempre me contaba que tener una panadería no era cosa fácil. Era uno de los pocos negocios, quizás el único, en el que al cerrar las puertas al público comienzas a trabajar toda la noche. Preparando la masa para el pan, esperando que la levadura obre su efecto y el pan crezca, para al final hornearlo. Nosotros teníamos un horno de ladrillo en el cual cabían 20 pavos, es decir, era grandísimo. Ya cuando el negocio pasó a manos de mi papá, él decidió conservar el horno de ladrillo, pero no nos daba abasto. Nuestra producción era de 5,000 panes al día, para un solo cliente. Fue por eso por lo que fuimos una de las primeras panaderías en comprar el horno ANLIN, el más grande que había en el mercado.
Nuestra producción de pan era tanta, que no teníamos coches suficientes para hornear los panes. Es por eso que todas las tardes, si pasabas por la puerta de nuestra casa, veías un coche lleno de pan caliente enfriándose para poder usar las latas de pan. Nunca olvidaré ese olor de pan recién salidito del horno, crocantito y calientito. Mi vicio era untar mantequilla y esperar que se derrita ¡Qué delicia!
Mi mundo desde pequeño fue el arte de preparar pan, jugar entre los costales de harina, ensuciarme y ensuciar a los demás. Ya cuando fui creciendo, aprendí a sumar y restar, a dar vuelto y a sonreír a los clientes, de ahí que mi tarea era dos horas al día en la caja. Mi trabajo consistía en cobrar y hacer todo lo posible para que el cliente compre algo más.
El valor del trabajo duro es uno de los más altos en nuestra familia. No recuerdo salir a jugar al parque con papá, o jugar al futbol. Pero si recuerdo nuestras amanecidas (de 2:00 – 5:00 am) cargando el pan y llevándolo a Comas. Recuerdo también probar los diferentes postres que pondríamos a la venta, o el sabor delicioso de las fresas untadas con crema chantilly. Las incontables tardes que nos tocaba embolsar panetones y ponerlos a la venta, en fin, tuve una niñez diferente, privilegiada y muy bendecida.
El 24 de diciembre era el día de mayor trabajo. Ya sabíamos que nuestro día acabaría a las 2:00 am (atención al público) para comer y descansar gran parte del día siguiente. Una de mis labores favoritas era la degustación. Tenía la gran tarea de degustar el aderezo de todos los pavos y escoger al ganador ¿Cómo lo hacía? Tomaba tiempo, paciencia, pero sobre todo un paladar exquisito. Cada cinco horas salía un nuevo lote de pavos, podrían ser entre 40 a 70 dependiendo si eran pavos pequeños o si usábamos los dos hornos. Entre que los sacaban y les daban vuelta, yo me aparecía con un pedacito de pan y lo sumergía en las diferentes salsas. Siempre escogía uno o dos que eran los más ricos, aquellos eran acreedores a un panetón de la casa. Está de más decir que luego no me quedaban ganas de almorzar.
Mi hermana, Anita, estaba a cargo de llamar a los vecinos por teléfono e informarles que su pavo estaba listo para ser recogido. Nosotros le dábamos un pequeño papel con el número y la firma de mi papá o el sello de la panadería para que así puedan recogerlo sin problema. Recuerdo que esta Navidad en particular habíamos superado nuestra expectativa de pavos, y estábamos muy agotados. Todos olíamos a salsa de pavo.
Hasta el día de hoy no sabemos qué pasó con exactitud. Pero a las 10 de la noche se acercó una señora con el pedazo de papel correcto, nosotros le entregamos su pavo. Pero cerca de las 12:00 am vino otro señor con el mismo número y el mismo papel. Recuerdo que cuanto más cerca de la Navidad nos encontrábamos, más trajín y cansancio sentíamos. Lo único que queríamos era terminar y descansar.
Cuando el vecino Juan nos entregó su contraseña, busqué por todos lados el pavo. Para mi gran sorpresa figuraba que ya había sido entregado a las 10:00 pm. Miré a mi papá con una cara de sorpresa, sin saber qué hacer. Volvimos a buscar, volvimos a verificar, pero no encontramos el pavo. Juan se estaba impacientando y mi papá con mucha tristeza nos dijo que debíamos entregar nuestro pavo. Que el cliente siempre tiene la razón y que a pesar de que necesariamente no fue nuestro error, igual debíamos asumirlo. Después de conversar con el vecino, vimos a nuestro pavo partir, sin siquiera despedirse.
A pesar de todo, esa noche mamá se las ingenió para que pasemos una velada inolvidable. Ella siempre sonriente, alegre y muy positiva nos animó con sus dulces palabras y nos hizo recordar que siempre debemos estar agradecidos a Dios. Esa noche teníamos panetón, y todo lo que venía con el pavo (puré, ensalada, arroz árabe, etc.) así que la pasamos bien, todos juntos en familia.
Nunca olvidaremos aquel día que horneamos más de 150 pavos, todo un record empresarial de sacrificio y esfuerzo, pero perdimos el nuestro, en nuestra Navidad, atípica Navidad, de la familia del honorable César Ausejo, mi padre, quien nos enseñó que más importante que un pavo, era cumplir con la palabra empeñada a nuestros clientes. Tremenda lección que hasta hoy ha marcado nuestras vidas.
Lima, marzo de 2021

(Historia desarrollada en el taller de escritura creativa “Escrivida” del periodista y escritor Rolando Donayre Rios).  Inscripciones en este link: Inscríbete aquí o https://n9.cl/bwrts

César Ausejo Bueno es misionero cristiano, emprendedor y soñador, se graduó de la Universidad de las Naciones en Pittsburgh, USA. César domina el inglés como segundo idioma, así como el francés, el portugués y el lenguaje de señas. Sus habilidades de traducción le abrieron la puerta a conferencias internacionales. Es el Gerente General y fundador de World Connect, RAMAS, TodoKids y Mission Tours Perú.

 

 

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