LEYENDO LAS URNAS II

Escribe Aníbal Quiroga León

Profesor Principal PUCP. Jurista

Una vez más utilizo un título anterior para analizar un nuevo resultado electoral, harto complicado, tal como ya se ha visto, dicho y escrito profusamente en los últimos días. El resultado de la primera vuelta en el proceso electoral del 2021, profundamente afectado por la pandemia que nos asola tan despiadadamente, ha sido sin duda, para muchos, tan dramático como inesperado.
Ha habido un porcentaje histórico de ausentes, entre los fallecidos no depurados, los convalecientes del COVID 19, los medrosos de toda la vida y los actuales temerosos -con todo fundamento- de ser contaminados en el acto de votar. Y es que a la par que se daba la campaña electoral en primera vuelta, el índice de fallecidos por día subía dramáticamente de 250 por día, a 300, a 350 a 380, hasta superar largamente en los últimos días la penosa barrera de los 400 cada 24 horas. Se calcula que en el Perú de hoy cada 5 minutos fallece una persona por causa del COVID 19.
En estas circunstancias hemos votado. Ha sido muy bueno para el país que el proceso se haya llevado adelante, a troche o moche, sin que la terrible pandemia hubiese dado pretexto al retraso del calendario electoral, dejando adormecidas algunas apetencias políticas de una inconstitucional prolongación en el poder. Pero los resultados no podían haber sido menos traumáticos. Un históricamente elevado porcentaje de votos nulos y blancos y el menor porcentaje de votos de quienes han pasado al balotaje de la segunda vuelta: no más del 20% en el primer caso y no más del 14% en el segundo caso. Es decir, en la segunda vuelta deberemos optar entre quien ha obtenido el quinto de los votos válidos y el casi sétimo de los mismos votos válidos. En total entre las dos opciones: algo menos del 35% del electorado. Un muy magro resultado.
Esto se ha debido, en primer lugar, a la clara dispersión del voto: 19 candidaturas en lista, cada una con el afán de ganar en primera vuelta, como eran sus permanentes eslóganes de batalla. La realidad les ha dado la respuesta en la cara, algunos ni siquiera han podido superar la valla electoral y otros han obtenido tan pobre resultado que desde el 11 de abril no han vuelto a dirigirse a la opinión pública.
El alguna vez puntero Forsyth ha pagado los platos rotos de su juventud, el ser una propuesta inflada, con notoria inexperiencia y clamorosa carencia de recursos o de preparación. No ha salido de su máximo nivel que era la municipalidad distrital de La Victoria, a la que dejó trunca en su mandato como alcalde, para intentar dar el gran salto hacia la presidencia de la República.  Se ha dado de bruces, se ha caído estrepitosamente en el intento. El moradito ha quedado del color de su movimiento y -chamuscado como estaba- ha hecho el ridículo electoral, pasando tal vez la valla con congresistas que se cuentan con los dedos de una sola mano como premio consuelo.  Por eso, al interior de sus “huestes”, ya se oyen tambores de guerra y se anuncia “la noche de los cuchillos largos”. El candidato acciopopulista cayó víctima de su triunfalismo, su egocentrismo, su populismo -si cabe la redundancia-, su estrambótica propuesta del “retorno del Huáscar” tratando de amenguar -con tan ridícula ofensa histórica- la desventaja de tener una cónyuge chilena (lo que le otorga la posibilidad de ser también ciudadano chileno por matrimonio) y su permanente polarización. Las primeras encuestas lo encumbraron de tal modo que se creyó el surferito de la ola outsider que le llevaría directamente a la Casa de Pizarro, en primera vuelta, emulando a un Belaunde que no tuvo el gusto de conocer.  La realidad le dio con un sonoro palmo de narices. Hoy se lamenta, quejumbrosamente, con gran piconería, haber sido objeto de una “campaña sucia” de desprestigio y de no haber gozado de al “preferencia de los medios”.
El candidato de Podemos desperdició el caudal electoral obtenido en la votación de este Congreso corto y mocho, de hace poco más de un año, donde obtuvo la primera votación preferencial. Lo demostrado en el curso de este corto y pobre parlamento el no haber conectado con la mayoría de la población, su mensaje de bronquerito-achoradín de barrio y de saca pica a los demás, terminó pasándole irremisiblemente la factura frente a un proceso electoral en el que los electores no hicieron clic con él.  Simplemente no la vio.
Lo que no ha dejado de ser una sorpresa han sido las votaciones de RLA “Porky”, como él mismo se ha encargado en popularizar -y con ello popularizarse-, y HDS. En el caso de RLA, venía de un movimiento -solidaridad- exitoso a nivel municipal pero fracasado a nivel nacional y quemado por la salpicadura de los escándalos judiciales de su anterior líder y que en poco tiempo transmutó en “Renovación Nacional”, con cambio de colores, símbolo, liderazgo, lenguaje y discurso. En una corta campaña, una candidatura por la que se hubiese dado muy poco, por su movimiento y por el personaje, terminó cuajando en cierto sector del electorado que le hizo remontar las encuestas, hasta situarse en la foto final en un expectante tercer lugar, ganándole por una nariz a HDS y disputándose con éste el electorado de centro-derecha empresarial.
HDS tampoco cuajó del todo con sus ideas modernistas y pose intelectual, que además gusta subrayar permanentemente, posicionándose en un cuarto lugar a muy poco de RLA, con el que se ha disputado, mutatis mutandi, casi el mismo espectro electoral. Pero lo que esto deja como lección, no cabe duda, es que una alianza electoral entre KFH, RFA y HDS -quienes disputan casi el mismo electorado- habría sacado adelante una muy clara fórmula ganadora. El gran problema en el Perú es saber quién cede el paso, quién cede la silla, quién en nombre de la patria y de la nación que juran defender, amar y llevarse hasta el sacrificio por ella, sería el buena gente que cedería el paso ante el otro. Como eso no ha sido posible, y en este festival de egos, protagonismos, ambiciones y disputas encarnizadas, cada uno ha jalado su hueso para su esquina, ahí están los resultados: ninguno ha ganado, dos se han quedado totalmente fuera y solo una ha pasado, en clara desventaja, al repechaje frente a una propuesta de la izquierda más radical que hasta ahora haya tenido las posibilidades de hacerse con el poder en el Perú por la vía electoral. Muera Sansón con los filisteos. Y, el último, que apague la luz.
¿Podrá KFH remontar ese anti voto predominantemente caviar-intelectualoide de clase media para hacerse del resultado final? ¿El explícito apoyo de Mario Vargas Llosa, y de su hijo y portaestandarte Alvaro, será suficiente para remontarlo en un mundo mediático, del internet y de la masificación de las redes hasta el paroxismo? El pronóstico luce muy reservado y sombrío. Ya los del Lápiz se relamen los labios con las mieles de una victoria que creen ganada, casi cantando victoria, anunciando estridentemente -si logran alzarse con la segunda vuelta- el cierre ipso facto del Congreso, el cese automático del Tribunal Constitucional, el licenciamiento de los congresistas electos y la llamada a una Asamblea Constituyente popular, todo lo cual, a más inri, no se encuentra previsto en norma alguna de la Constitución. ¿Lo lograrán hacer? Salvo que para ello exista un apoyo explícito de las FFAA y de la PNP y rayemos, mucho más claramente que con Vizcarra, en un claro Golpe de Estado, en principio sería de imposible realización. Pero que la lucha política va a ser -no cabe duda- más encarnizada tirando cada vez con más violencia de la patria hecha jirones, y nuestra crisis política -en medio de esta peste del Siglo XXI que constituye la pandemia del COVID 19 y la gran afectación económica y social que nos está ahogando-    será mucho más profunda, fratricida y de pronóstico -más que reservado- claramente sombrío.
Es verdad que nos aqueja una muy grave crisis de salubridad pública y privada. Es verdad que hemos quemado nuestras reservas económicas y que nuestra estructura económica se ha afectado grandemente retrasándonos casi 20 años sobre el atraso que ya llevábamos a cuestas. Es verdad que no tenemos vacunas en una cantidad mínimamente decente. Pero también es verdad que somos el país con más muertos por millón de habitantes en todo el mundo y el que peor ha manejado su economía en medio de la crisis sanitaria en todo el orbe. ¿Quién es el verdadero responsable de esto, de que nuestra situación política esté como esté y que los resultados electorales nos hayan puesto, literalmente, al borde de un abismo, Vargas Llosa dixit? Vizcarra, sin duda alguna, el recientemente -y con toda justicia- inhabilitado ex presidente de la República, a quien la democracia y la Constitución le pasaban por el costado, quien junto con sus aúlicos ayayeros -los rentados y los ad honórem- se dieron maña para sojuzgar a las instituciones democráticas y constitucionales en la búsqueda de un mero lucimiento personal y el fetiche de un culto graficado en las encuestas.
No queda duda de que el innecesario e inconstitucional cierre del Congreso, aquel aciago 30 de septiembre de 2019, fue el germen y nacimiento (y así lo dijimos desde GUIK) de toda la ulterior crisis política de la que no terminamos de salir, y cuyo resultado es el mapa político-social que se nos presenta ante la segunda vuelta. El haber gobernado solo, sin Congreso que le haga contrapeso, a punta de decretos de urgencia desnaturalizados en su esencia gracias a un mero oficio del Ministerio de Justicia, el cohonestar aquello por una mayoría discutible en el Tribunal Constitucional, la instalación de un Congreso corto, mocho y temporal que terminó por desarmar al Estado al tiempo de enfrentarse al padre de la criatura al que terminó, como una especie de Saturno inverso, fagocitando en un segundo pedido de vacancia y que -luego de la crisis generada por el interregno semanal de Merino- terminó entronizando a un -a todas luces- improvisado Sagasti en la presidencia de la República, en medio de la mayor crisis de salubridad y económica y con un proceso electoral a la vuelta de la esquina en el año del Bicentenario ha generado un cóctel explosivo. Peor, imposible.
La historia, esa que es tan cara a Vizcarra, y a la que ha perseguido -y persigue- con tanta vehemencia, le ubicará en el sitio que verdaderamente le corresponde: un nefasto político, con un lamentable y muy personalísimo accionar, opaco, mediano y nada transparente, de honestidad más que discutible, poco democrático y sin respeto a la Constitución, que blandía la mentira a flor de los labios como lenguaje cotidiano con la ciudadanía, y en el que impostura marcaba el rasgo más fuerte de su personalidad. No por nada, el periodista Carlos Paredes le recordó el apodo: el lagarto. El caso Swing, los audios aleccionando a testigos de una investigación fiscal, el silencio de algunos ministros a cambio de prebendas y, sobre todo, la obra maestra del “vacunagate” en que se puso por delante de toda la ciudadanía a la que era su deber proteger, autoseñalándose como un émulo de Carrión en la búsqueda de la vacuna milagrosa, lo describen con entera justicia. El camino de la censura y el oprobio.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.