“SI QUIEREN PLANTEAR NUEVA CONSTITUCIÓN LES SALDRÁ EL TIRO POR LA CULATA”

La constitución peruana de 1993, con válidos cuestionamientos de origen y producto de un golpe de Estado del presidente Fujimori, fue iniciada con la disolución del Congreso de la República.

A la fecha, más allá de su legitimidad por la fuerza de los hechos, su aplicación y plena vigencia ha sido ratificada no solo por el pleno respeto de sucesivos gobiernos y diversas composiciones del Tribunal Constitucional, sino por su absoluta vigencia en todos los aspectos del devenir democrático e institucional posterior a su promulgación.

Juan Carlos Eguren.

Por otro lado, cabe señalar que prácticamente sus 206 artículos han sido absolutamente validados, ya sea porque fueron modificados por los Congresos siguientes o interpretados por el Tribunal Constitucional, lo que le otorga total legitimidad y vigencia.

Dentro de las muchas definiciones de “Constitución”, una que goza de gran aceptación es la que la define como “un pacto social”. Aquello en la que la mayoría está de acuerdo pese a observaciones diversas de menor envergadura por parte de determinados sectores políticos y/o sociales. No es que se apruebe por unanimidad pero goza del consenso y respaldo general de la inmensa mayoría.

La pregunta actual es si nuestra Constitución dejó de ser de consenso y se requiere de un nuevo pacto social para derogarla y sustituirla por otra. Si creemos en las encuestas, sólo una minoría de compatriotas consideran indispensable derogarla y elegir una Asamblea Constituyente para parir otra nueva.

Los demócratas arraigados en preceptos fundamentales que datan originalmente del antiquísimo año 798 en el sentido que la voz del pueblo es la voz de Dios, no deberíamos temer a confrontar esta posibilidad siempre y cuando se plantee dentro del marco democrático establecido en la Constitución, la cual prevé los mecanismos (ya aplicados innumerables veces) para su modificación parcial o total como lo señala el Artículo 206 de la Carta Magna:

Toda reforma constitucional debe ser aprobada por el Congreso con mayoría absoluta del número legal de sus miembros, y ratificada mediante referéndum”. Puede omitirse el referéndum cuando el acuerdo del Congreso se obtiene en dos legislaturas ordinarias sucesivas con una votación favorable, en cada caso, superior a los dos tercios del número legal de congresistas”.

La iniciativa (solo propuesta) de reforma constitucional corresponde al Presidente de la República con aprobación del Consejo de Ministros, a los congresistas y a un número de ciudadanos equivalente al cero punto tres por ciento (0.3%) de la población electoral, con firmas comprobadas por la autoridad electoral.

¿Si el suelo está parejo por qué tanto alboroto? si algún mandatario, bancada congresal, partido o colectivo de la sociedad civil toma la iniciativa, esta es válida y respetable, mientras se promueva de acuerdo al estado constitucional de derecho y si se pretende hacerse festinando y desconociendo las normas, sencillamente será una mera bravuconada política sin destino alguno.

En el caso negado y bajo “interpretaciones auténticas” producto de la presión ejercida por violencia callejera irresistible, tendríamos los peruanos que pasar por tres etapas:

1- Que el Congreso acepte y convoque un referéndum para determinar si queremos o no una nueva constitución, con muy pocas posibilidades de éxito.

2- En el improbable caso que prospere el referéndum a favor de una nueva Constitución, la siguiente etapa sería convocar un proceso electoral para elegir los representantes de la Asamblea Constituyente, la que sin lugar a dudas no sería mayoritariamente de izquierda y/o antisistema.

A la luz del último proceso electoral, las izquierdas juntas no dejaron de ser una clara minoría de la representación congresal, con lo cual podríamos asumir con absoluta certeza que la “negada” nueva Constitución sólo sería el espejo maquillado de la actual.

En conclusión, si los partidos y la sociedad civil hacen su tarea modesta y mediocre como lo vienen haciendo, el riesgo se transforma en una oportunidad para decirles categóricamente a los radicales y antisistema de izquierda, que el pueblo no comparte sus anacrónicas y trasnochachas ideas fracasadas a lo largo y ancho de la historia, y los países devastados que creyeron en sus estúpidas utopías.

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