NUEVAMENTE CÉSAR HILDEBRANDT NOS SORPRENDE CON SU FINA Y MALÉVOLA IRONÍA

Escribe. Hugo García Salvatecci

Después de haber leído detenidamente el artículo del destacado periodista Umberto Jara sobre el accionar de César Hildebrandt y Nicolás Lúcar, decidí escribir el presente artículo para complementar lo señalado por Jara sobre Hildebrand. Sobre el Sr. Lúcar no habló: durante años dirigió una feroz campaña en contra mía sin permitir jamás que me pudiese defender. Muy pronto le pediré cuentas a pesar de los años transcurridos.

Hildebrandt nos da una muestra de su gran capacidad mental, puesta exclusivamente al servicio de sus intereses personales y no de los del país.

Nadie puede negar que César Hildebrandt posee una inteligencia superior y una cultura sólida. Son los requisitos indispensables para hacer gala de la “ironía”. Como señalaron el Romanticismo y Kierkegaard la ironía es una de las funciones más sofisticadas de una inteligencia superior. Erasmo destruyó la mentalidad de toda una época con el simple recurso de la “ironía”, y Voltaire con ella desacreditó todo el pensamiento de Leibniz.
Las alabanzas pueden ser bivalentes: pueden tener un sentido positivo para enaltecer al alabado, o por contraste pueden tener un efecto malévolamente negativo. Además, en política, como lo señalara Lenin, también se dan efectos comprometedores en la alabanza.
En la antigüedad desde Gorgias, Platón y Aristóteles se precisa, dentro de los argumentos denominados “ad hoiminem”, los efectos sumamente negativos que se tienen para destruir a una persona utilizando alabanzas desproporcionadas entre su contenido y el sujeto alabado, pero manteniendo las formalidades, por lo se requiere una gran capacidad irónica.
Al periodista Hildebrandt se le debe haber ofrecido un honorario sumamente generoso por la labor que debía desempeñar, lo que no es censurable pues está dentro de lo justo. César tiene la inteligencia más que suficiente para poder haber “cumplido” las cláusulas escritas u orales del contrato, sin caer en alabanzas “hiperbólicas”. Pero, había muchas declaraciones negativas ya hechas, lo que significaba romper con la coherencia mínima que debe tener un periodista y fundamentalmente un pensador.
Además, se tiene que proteger el futuro inmediato. César sabe perfectamente que tendrá que dar cuentas sobre lo dicho. Por ende, me parece que encontró su puerta de escape, utilizando elogios a todas luces desmedidos, como señalar que el Presidente Castillo tiene la inteligencia de Churchill, la simpatía de Kennedy y la elocuencia de Alan García. Su respuesta futura estará precisamente ahí: utilizó la ironía para poner de manifiesto, por oposición, las incapacidades manifiestas del Presidente Castillo. Con ello daría una lección de cómo ganar dinero, sin romper con su pasado ni comprometer su futuro.
Nuevamente, César Hildebrandt nos da una muestra de su gran capacidad mental, puesta exclusivamente al servicio de sus intereses personales y no de los del país.

 

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