OPINIÓN/ En Lima, la basura crece mientras los árboles desaparecen
Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

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Crecimiento sin ciudadanía, autoridad sin ciudad
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Transitar por Lima se ha convertido, para muchos, en un ejercicio cotidiano de resignación. Calles cubiertas de desperdicios, parques abandonados, avenidas y riberas convertidas en botaderos informales, veredas sin mantenimiento y pistas destruidas durante meses sin que ninguna autoridad reaccione. No es solo un problema de limpieza urbana ni puede explicarse únicamente por la ineficiencia del servicio municipal.
El problema es más profundo, más incómodo y estructural: Lima, como capital y vitrina del país, se ha transformado en el espejo de una crisis prolongada de educación cívica, autoestima colectiva, identidad urbana y respeto mutuo, agravada por autoridades ineptas cuando no abiertamente corruptas y por una cultura extendida de evasión de responsabilidades y deberes ciudadanos.
La basura no aparece sola. No cae del cielo. La basura la arroja la gente. La botella lanzada desde un bus, la bolsa abandonada en la esquina “porque alguien la recogerá”, el envoltorio tirado al suelo aun cuando hay un tacho a pocos metros, o el desmonte arrojado impunemente por una motocarga o un volquete. Nada de eso es un descuido ni un accidente: es una conducta repetida y tolerada. Es una forma explícita de desprecio por el espacio común. Quien ensucia su ciudad demuestra que no la siente como propia y, peor aún, que no siente ningún respeto por los demás ni por sí mismo.
El limeño, al igual que el migrante residente, en demasiados casos ha aprendido a convivir con la precariedad y a normalizarla. Se ha acostumbrado al desorden, al ruido permanente, a la agresividad vial, al uso compulsivo de la bocina como sustituto del diálogo, del respeto y de las normas.
Esta normalización no es inocua: revela una profunda falta de autoestima colectiva, la convicción resignada de que “así es Lima y no vale la pena cuidarla”. Si la ciudad ya está sucia, ¿qué importa una bolsa más? Si nadie respeta, ¿por qué debería hacerlo yo? De ese razonamiento nace y se perpetúa un círculo vicioso donde la indiferencia legitima el abandono y el abandono refuerza la indiferencia.
A ello se suma una pérdida profunda de identidad. Lima es una ciudad con historia milenaria, con patrimonio cultural y natural invaluable, pero esa riqueza no se traduce en orgullo ciudadano. Desde el aire, la capital no se ve verde ni integrada, sino predominantemente roja: ladrillo expuesto, construcciones inconclusas, barrios eternamente a medio hacer. No es solo pobreza: es viveza mal entendida. Se deja la casa sin tarrajear, sin pintar, sin terminar, para no declararla y así evadir impuestos. Luego se exige servicios, pistas, parques y seguridad. Se reclama al Estado mientras se le niega sistemáticamente los recursos para funcionar.
Por supuesto, las autoridades tienen una responsabilidad central. Municipios sin planificación, alcaldes improvisados, áreas verdes abandonadas, obras mal ejecutadas o nunca concluidas, pistas abiertas durante meses sin explicación y una corrupción tan cotidiana que ya ni siquiera escandaliza; al punto que algunos alcaldes y gobernadores regionales se presentan nuevamente a elecciones como si hubieran sido lo mejor de los últimos cien años, aun cuando dejan ciudades destruidas y sin servicios básicos dignos.
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Reducir el problema únicamente a las autoridades sería cómodo, insuficiente y, sobre todo, falso.
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El abandono de Lima y del resto de ciudades del país no es accidental: es el resultado de décadas de mala gestión, ausencia de visión y desprecio sistemático por el espacio público. Pero reducir el problema únicamente a las autoridades sería cómodo, insuficiente y, sobre todo, falso.
Existe una cultura profundamente arraigada de no pagar tributos, de evadir, de buscar siempre la forma de no cumplir. Se exige una ciudad limpia, ordenada y habitable, pero se rechaza cualquier obligación asociada a sostenerla. No hay ciudad posible cuando el ciudadano se asume únicamente como usuario y no como parte activa del sistema. No hay autoridad que funcione cuando la informalidad y la evasión son socialmente aceptadas.
En este contexto resulta particularmente reveladora la distancia entre cómo se presenta al Perú desde fuera y cómo se vive el país desde dentro. Artículos y programas como el de Andrés Oppenheimer, que proclaman a Perú como “EL PAÍS QUE TODA AMÉRICA LATINA DEBE TOMAR COMO EJEMPLO” en función de su estabilidad macroeconómica y sus indicadores de crecimiento, no son necesariamente falsos en términos estadísticos. Pero sí son profundamente incompletos y, en la práctica, engañosos cuando se los contrasta con la vida cotidiana del ciudadano común.
Porque ese crecimiento no ha construido ciudadanía, no ha fortalecido instituciones, no ha formado autoridades competentes ni ha generado respeto por lo común. Ha coexistido, sin mayor fricción ni corrección, con ciudades degradadas, servicios públicos precarios, informalidad normalizada y una erosión profunda y persistente del vínculo entre el Estado y la sociedad. Un modelo que puede exhibir cifras ordenadas hacia afuera, pero que convive internamente con el desorden, la precariedad y la renuncia colectiva a la idea de país como proyecto compartido.
Si el “Perú ejemplo” existe, no se refleja en su capital. Y si Lima sede del poder político, económico y administrativo se encuentra en este estado de abandono, desorden y deterioro, ¿qué se puede esperar del resto del país? La brecha entre el relato del éxito y la experiencia cotidiana del ciudadano común es la prueba más clara de un modelo que priorizó números sobre personas.
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Recuperar Lima y el país no será posible solo con ordenanzas, multas o campañas publicitarias vacías. Requiere educación desde la infancia…
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Sebastián Salazar Bondy llamó a esto “Lima la horrible” no como un gesto literario gratuito, sino como una denuncia contra la hipocresía, el desorden, la falta de identidad y el fracaso de una ciudad y un país que crecieron sin proyecto común. Décadas después, la descripción sigue vigente. La basura crece mientras los árboles desaparecen porque también desaparecieron la educación cívica, el respeto mutuo y la idea de ciudad y país como bien compartido.
Recuperar Lima y el país no será posible solo con ordenanzas, multas o campañas publicitarias vacías. Requiere educación desde la infancia, sanciones reales, autoridades honestas y competentes, y ciudadanos dispuestos a asumir que su ciudad es el reflejo directo de su propia conducta. Mientras sigamos creyendo que el problema es siempre “otro” el municipio, el vecino, el Estado y no nosotros mismos, Lima seguirá siendo una ciudad de la que muchos quieren escapar y pocos quieren cuidar.
Y no es casualidad: si el país contara con un buen sistema de transporte autopistas, trenes y con ciudades regionales dotadas de hospitales, servicios públicos de calidad y oportunidades reales, el éxodo desde la capital sería inmediato. Lima no está sobrepoblada por vocación; está saturada por el abandono histórico del resto del territorio y por un centralismo que convirtió a la capital en refugio obligado de quienes no encontraron futuro fuera de ella.
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No hay crecimiento que valga si no se traduce en dignidad urbana.
No hay modelo exitoso cuando el espacio público se trata como un basural.
Y no hay futuro posible para una ciudad y un país que ha perdido el respeto por sí mismo.
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