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OPINIÓN/ El espejismo del Darién y la pedagogía cruel del poder

Escribe:  Alberto Carpio Avila,

Crnel. Fap

 

la pregunta que deja el Darién es contemporánea. Qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiese tenido enfrente a un país continental cohesionado, integrado por las repúblicas que conformaban el Virreinato del Perú,

 

Cuando la Corona española creó el Virreinato del Perú en 1542, dio forma a una de las unidades territoriales más vastas y estratégicas del mundo moderno. Desde Lima se articuló un espacio continental que concentraba minería, comercio, administración y poder político. En ese sistema, Panamá ocupó un lugar clave, no como centro decisorio, sino como corredor vital: por el istmo transitaban el oro y la plata del Perú rumbo a Portobelo y Sevilla. Durante casi dos siglos, Panamá vivió más vinculada a Lima que a cualquier otra capital, definida por su función imperial.

En 1717, la Corona española alteró ese equilibrio. Mediante la Real Cédula que creó el Virreinato de Nueva Granada, Panamá fue separada administrativamente del Perú. No fue un simple reajuste burocrático, sino una decisión estratégica: dividir una unidad territorial demasiado grande y articulada para ser gobernada como un solo cuerpo. España comprendió, tarde, que había creado un poder excesivo y optó por fragmentarlo.

Esa fragmentación no alteró la esencia del istmo. Panamá siguió siendo territorio de tránsito, nunca centro de decisión. Los imperios no protegen rutas: las administran. El Darién quedó marcado por una condición persistente: ser paso antes que sujeto.

A fines del siglo XIX, esa condición volvió a adquirir centralidad. En París, el nombre Darién flotaba como promesa. Ferdinand de Lesseps, artífice del Canal de Suez, impulsó un proyecto para unir el Atlántico y el Pacífico. En Europa se hablaba del canal como obra inevitable. Nadie aceptaba que la selva no era un vacío, sino una fuerza.

La realidad se impuso. Los ingenieros franceses regresaron enfermos y derrotados. El barro, la fiebre y la humedad resultaron letales. Cuando Lesseps murió en 1894, el canal inconcluso era una ruina anticipada. Panamá se convirtió en sinónimo de fracaso.

Pero el fracaso no extinguió la ambición. Ese año, Philippe Bunau-Varilla organizó la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá. No buscaba construir, sino vender. Los restos del canal se transformaron en mercancía política. Solo hacía falta un comprador con poder suficiente.

Ese comprador apareció tras la guerra de 1898. Estados Unidos comenzó a leer el mundo con una lógica distinta. La geografía se volvió militar. Controlar el paso entre océanos significaba controlar comercio, flotas y poder. El Darién pasó a ser un problema de dominación y de seguridad nacional.

En 1902, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Spooner, condicionando la compra de los derechos franceses a la anuencia de Colombia. El Tratado Herrán-Hay buscó cumplir ese requisito, pero el Congreso colombiano lo rechazó. No fue ingenuidad, sino dignidad tardía.

El rechazo activó una lógica que Henry Kissinger describiría después: cuando un aliado deja de ser funcional, se lo reemplaza. El tres de noviembre de mil novecientos tres, Panamá se independizó de Colombia con apoyo estadounidense. No hubo guerra. El poder se impuso a la legalidad.

Días después, el nuevo Estado fue reconocido. El Tratado Hay-Bunau Varilla concedió a Estados Unidos el control perpetuo de la Zona del Canal. Panamá no podía negociar en igualdad. Bunau-Varilla ―francés y vendedor del canal― firmó por ella.

Colombia perdió el istmo. Panamá obtuvo una independencia tutelada. Estados Unidos consiguió lo que buscaba.

La historia del Darién no terminó allí. La fragmentación colonial sobrevivió a la independencia como estructura mental. Las nuevas repúblicas heredaron banderas y también la incapacidad de actuar unidas.

Por eso, la pregunta que deja el Darién es contemporánea. Qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiese tenido enfrente a un país continental cohesionado, integrado por las repúblicas que conformaban el Virreinato del Perú, capaz de negociar en igualdad.

La respuesta no está en la moral, sino en la correlación de fuerzas. El poder no actúa según lo justo, sino según lo posible.

El Darién deja una advertencia clara. Ningún territorio estratégico se pierde de golpe. Se pierde cuando quienes lo poseen carecen de fuerza política, económica y regional para defenderlo juntos.

Ese es el punto donde la historia se convierte en diagnóstico y donde comienza la pregunta decisiva del presente: si América Latina seguirá siendo un conjunto de rutas administradas por otros, o si será capaz, finalmente, de pensarse y actuar como sujeto soberano.

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