OPINIÓN/ Huaycos y crecidas: La repetición del daño y el costo de no aprender
Escribe: Alberto Carpio Ávila

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El problema no es la ausencia de obras, sino su carácter cíclico. Contener, limpiar y reconstruir son verbos necesarios, pero insuficientes cuando se transforman en la única gramática del Estado
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Cada temporada de lluvias, el país repite el mismo ritual. Los ríos crecen, los huaycos descienden y, tras el estruendo, llegan las respuestas conocidas: muros de contención levantados a contrarreloj, cauces dragados, puentes reconstruidos en el mismo punto donde ya colapsaron, lamentos en el campo y las ciudades. En el Perú, la gestión del agua sigue siendo, en esencia, una política de reacción. Se actúa cuando el daño ya ocurrió, no cuando aún podía evitarse.
Esta escena no es nueva, se repite religiosamente cada año, y ya tiene siglos. Aquí resulta pertinente recordar a Carlo M. Cipolla, quien explicó con lucidez incómoda cómo algunas sociedades tienden a repetir conductas que ya demostraron ser ineficientes, incluso cuando los costos son evidentes. No por falta de conocimiento técnico, sino por inercia institucional, miopía temporal y la falsa sensación de control que produce el simple hecho de “haber reaccionado”.
Durante el Virreinato, las crecidas del Rímac y los huaycos de la sierra central ya destruían caminos y acequias. La respuesta colonial fue casi siempre la misma: reconstruir en el mismo lugar, reforzar muros y confiar en que el siguiente evento no sería peor. Durante la República, ese reflejo no solo se heredó; peor aún, se convirtió en norma administrativa. Cambiaron las oficinas, no la lógica. Se confundió reacción con aprendizaje.
El problema no es la ausencia de obras, sino su carácter cíclico. Contener, limpiar y reconstruir son verbos necesarios, pero insuficientes cuando se transforman en la única gramática del Estado. Porque las inundaciones y los huaycos no son, y mucho menos, deben interpretarse como, enemigos externos: Es preciso comprender que las crecidas siempre estarán presentes cada nueva temporada. Lo que debe cambiar no es su existencia, sino nuestra forma de interpretarlas. No verlas solo como daño, sino como un beneficio potencial que no estamos aprovechando. Debemos visualizarlas como agua valiosa que podría aliviar la sobreexplotación de acuíferos y la pérdida progresiva de la capa freática.
Las crecidas son la respuesta física de un territorio al que se le negó una función básica: retener, infiltrar y desacelerar el agua. El agua que hoy destruye es la misma que ayer se desperdició; la que, no solo pudiendo, sino debiendo, ser utilizada para restaurar la napa freática, se dejó correr sin control hasta perderse en el mar.
Persistir en muros rígidos y dragados profundos suele agravar el problema. Se acelera el flujo, se erosiona el cauce y se traslada el riesgo aguas abajo. Cada defensa protege un punto y expone otro. Cada limpieza elimina sedimentos que, bien gestionados, podrían favorecer la recarga de acuíferos. Es el tipo de acción costosa y de bajo retorno social que Cipolla habría reconocido sin dificultad.
La alternativa existe y no es nueva. Prevenir no significa inacción; todo lo contrario, significa actuar antes y de otro modo. Implica aceptar que el agua debe entrar al subsuelo, no solo ser expulsada del paisaje. Desacelerarla con estructuras permeables en cabeceras y quebradas; infiltrar mediante balsas, zanjas, amunas, qochas y riberas vivas; restaurar cuencas con vegetación nativa y bofedales; regular para laminar avenidas, no solo para contenerlas; y gobernar con datos, monitoreo y memoria hidrológica.
Invertir de forma proactiva y preventiva no solo es muchísimo más barato que reconstruir una y otra vez: es infinitamente más beneficioso. Significa aprovechar el agua en lugar de perderla, recargar el suelo en lugar de erosionarlo y asegurar el futuro en lugar de hipotecarlo. Sus beneficios, además, se acumulan en el tiempo.
Persistir en la reacción es aceptar el daño como un costo estructural inevitable. El país enfrenta una decisión silenciosa: Seguir levantando muros cada año, más altos, más caros o reconstruir la memoria hídrica que amortigua los extremos. Las crecidas de los ríos y los huaycos no debemos verlos como un castigo; sino como un mensaje. Ignorarlo, es insistir en la derrota. Escucharlo, implica cambiar la pregunta: No “cómo contener el agua”, sino cómo permitirle cumplir su ciclo, beneficiándonos a nosotros y a las generaciones venideras y sin destruirnos.
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