EL BARRIO COMO CALDO DE CULTIVO NARRATIVO: COMENTARIO A «CUENTOS DE PLAYA»
Escribe: José Vadillo Vila (*)
Las vivencias propias y de los vecinos de Playa Rímac, en el Callao, sirven a Enrique Rodríguez Escudero como inspiración para su segundo libro de cuentos.
El periodista y escritor Enrique Rodríguez Escudero (1961) retorna a la ficción con su segundo volumen de historias cortas, «Cuentos de Playa», integrado por cinco relatos.
Su libro debut, «Ojitos redondos y otros cuentos» (2014), estaba conformado por historias dirigidas al público infantil, con moralejas. El autor partía de los recuerdos de la infancia y una escritura donde la ternura permeaba la descripción de los personajes y las acciones.
En su nuevo libro, «Cuentos de Playa», el narrador cambia de registro. Se trata de historias, en primer lugar, para un público de más edad, de adolescentes hasta el público adulto.
Cuatro de las cinco historias del libro demuestran el conocimiento del narrador de los códigos del barrio, de su idiosincrasia. Es decir, las vivencias de primera mano son el caldo de cultivo para este nuevo conjunto de ficciones.
Dos de las historias («Después de las diez» y «En el viejo vagón»), están ligadas con el título del conjunto, ya que están ambientadas en Playa Rímac, en el Callao, ubicado en el margen del río Rímac y bajo el susurro cotidiano de los aviones.
En ellas podemos percibir la dureza de crecer en una barriada, en un asentamiento humano en formación. Esos tiempos violentos particulares, donde los habitantes sufren el desdén de las autoridades y tienen que soportar el embate de los maleantes. Enrique Rodríguez, en un tono realista, lo narra todo ello desde la emoción.
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Playa Rímac, como muchos asentamientos humanos de Lima y el Callao, es una creación heroica de sus vecinos, quienes llegaron con sus sueños, esteras e hijos a transformar la ciudad y darle nuevos aires.
Me detengo, entonces, sobre el tema de los migrantes y de los limeños emergentes, que son la base de las historias de Rodríguez Escudero, para comprender más sobre la migración interna.
Nuestra mirada sobre Lima y las migraciones se actualiza constantemente. Si en el siglo pasado, el desaparecido investigador José Matos Mar revolucionó los estudios al analizar las grandes oleadas que transformaron la capital con las migraciones del campo a la ciudad, que se dieron en forma masiva desde la década de 1940. Este fenómeno se agudizó en la década de 1980, producto del periodo de violencia que inició el grupo terrorista Sendero Luminoso, que originó la migración masiva de miles de peruanos.
Posteriormente, las miradas sobre la migración interna se han ido enriqueciendo y diversificando. Por un lado, Rolando Arellano y otros investigadores han analizado las huellas de la identidad (social, económica, cultural) de los nuevos limeños.
De otro lado, los historiadores nos recuerdas que el «barrio de indios», en el actual Cercado de Lima, ya hablaban desde el virreinato de la presencia permanente y diversificada de poblaciones de origen andino en la capital.
En ese sentido, el historiador José Ragas ha recordado que las migraciones hacia la capital han sido constantes. Ragas, por ejemplo, en su libro «Lima chola» analiza las migraciones ocurridas entre 1850 a 1920, que también modificaron la ciudad y que no habían sido tomadas en consideración. Es decir, nuestra ciudad siempre fue chola, mestiza. No existía esa ciudad pura, de postal, sino que lo diga Taulichusco.
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Volvamos. Hay personajes y tratamientos que hilvanan los dos libros de cuentos de Rodríguez Escudero. Por un lado, tenemos a los personajes infantiles. Es a través de las miradas de ellos que comprendemos estas tragedias realistas con las que, seguramente, se identifican miles de peruanos que se establecieron en los alrededores de la gran Lima en busca de mejores oportunidades.
El otro elemento que comparten varios de los relatos de los dos libros de Enrique Rodríguez es la ternura. Estamos frente a un autor de verso sentido, como si para él, la etapa de la niñez y sus recuerdos, con sus juegos con los amigos del barrio y el amor familiar, fuera de lo más entrañable, sin desconocer las adversidades ni la dureza latente, como el filo de una navaja, en el contexto de la barriada.
Este camino narrativo es distinto frente al realismo sucio, el cual con la presencia abundante de lisuras, de violencia, se ha convertido en nuestra forma cotidiana de narrar lo urbano-marginal desde la literatura nacional de hogaño. Pero el autor de estas historias nos recuerda que hay otras formas más amigables de narrar el Perú construido desde los asentamientos humanos. También la ternura puede estar presente en estos espacios y sus personajes. No todo debe de ser abyecto.
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Pero el registro del autor va más allá del registro realista. En algunas de las historias del conjunto el absurdo y las creencias, los fetiches, lo real maravilloso, si se quiere, se hacen presentes.
El argumento de «La piedra», por ejemplo, puede tener relación directa con las creencias con las calaveras como guardianas del hogar. Hasta la década de los ochenta, en Lima era común visitar casas de hogares de la clases medias y populares, que tenían en su sala un altar con una calavera con sus velas.
En el cuento en ciernes, adelantaré, la protagonista, Virginia, da a la piedra las características del protector de la morada. Se vuelve su fetiche. Las parejas que tendrá a lo largo de su vida no entienden cómo una mujer preparada puede tener esas creencias. La literatura está construida de las lecturas, las vivencias y reflexiones de los autores sobre sus entornos. Y personajes como Virginia, obsesionados con sus creencias, hay muchos morando la ciudad.
De otro lado, considero que hay una huella ribeyriana en «Encuentro fatal» y «Adiós Marcabamba». A estas historias los une la relación entre fuerzas extrañas que no permiten a los personajes reaccionar. Siguen las órdenes de un ente o una persona, en vía directa a un cruel desenlace.
Adicionalmente, «Adiós Marcabamba» es el único relato donde el autor deja el espacio urbano capitalino por un espacio andino y rural. En este cuento la fuerza de las creencias, propias del realismo mágico andino, logran atrapar sin lógicas al afuerino.
Resumiendo, considero que «Cuentos de Playa» cumple en poner a Lima y el Callao no oficial, al barrio y las barriadas, con sus historias y creaciones heroicas en los estantes de las librerías. Es una tradición que sigue los pasos a escritores como Enrique Congrains, Oswaldo Reynoso o Cronwell Jara, entre otros. Cada uno con sus propias dinámicas, con la permanente exploración de los riesgos de la marginalidad y la luz de esperanza que siempre atraviesa los espacios más duros de nuestra realidad nacional.
Ficha:
Rodríguez Escudero, Enrique. «Cuentos de Playa» (Lima, edición de autor, 2025). Pp. 82.
(*) José Vadillo Vila es periodista, escritor y cantautor. Ha publicado los libros Historias a babor (2003), Hábitos insanos (2013), Apus musicales. Héroes de la canción andina peruana Vol. 1 (2018), El largo aliento de las historias apócrifas (2022) y Mostros (2024). Como cantautor tiene publicados los álbumes Elemental (2002) y Primera parada (2016). Fue redactor y editor en el Diario Oficial El Peruano y director del Gran Teatro Nacional. Es columnista de Güik.

