DESTACADASOPINIÓN

OPINIÓN/ Cuando la fe intenta suplir a la gestión

Por: Alexandre Ridoutt Agnoli

 

Autoridades ausentes, ciudades abandonadas y una reacción tardía disfrazada de fervor cívico

 

Lo que décadas de incapacidad, desidia y mala administración no lograron corregir, hoy se pretende resolver con la eventual visita del Papa. Calles destruidas, veredas intransitables, servicios públicos precarios y ciudades abandonadas reaparecen súbitamente en la agenda pública, no por convicción de gestión ni por respeto al ciudadano, sino por la proximidad de un evento excepcional que expone ante el país y ante el mundo lo que se tolera a diario sin pudor ni responsabilidad.

Chiclayo no es una excepción ni una víctima circunstancial. Es un caso emblemático. Una ciudad que ha sido sistemáticamente descuidada por sus propias autoridades, normalizando el deterioro urbano, la precariedad de los servicios y la ausencia de planificación básica. Durante años, el abandono fue la regla y la improvisación el método. Hoy, ante el anuncio de una posible visita papal, ese abandono se vuelve incómodo, visible, imposible de disimular, y entonces recién entonces aparece la urgencia.

La narrativa oficial intenta presentar esta reacción tardía como entusiasmo cívico o como una supuesta preparación responsable. Sin embargo, la contradicción es demasiado evidente para ser ignorada. Las mismas autoridades que no supieron o que deliberadamente no quisieron administrar los recursos ordinarios que reciben año tras año, hoy acuden al Gobierno Central a solicitar más fondos, apelando a la imagen del país, al turismo y a la hospitalidad. No se trata de negar apoyo a una ciudad ni de cuestionar el valor simbólico de una visita papal. Se trata de una pregunta básica e incómoda: ¿por qué esas condiciones mínimas nunca fueron el estándar de gestión y solo se intentan garantizar ahora, mientras los chiclayanos llevan años conviviendo con el abandono?

La promoción apresurada de una “Ruta del Papa”, la súbita preocupación por el ornato urbano y el discurso de la hospitalidad revelan una verdad incómoda: en el Perú, la gestión pública sigue funcionando por estímulos externos, no por planificación, ni por estándares, ni por responsabilidad institucional. Las calles no se arreglan porque los ciudadanos lo merecen, sino porque alguien importante podría verlas. La limpieza no se refuerza por salud pública, sino por imagen. La transitabilidad no se prioriza como derecho, sino como protocolo.

En Chiclayo, lo que debió ser política pública sostenida se convierte en maquillaje de emergencia. Un esfuerzo cosmético destinado a ocultar por unos días años de incompetencia acumulada. La ciudad no mejora: se disfraza. Y ese disfraz no es fruto de la fe ni del compromiso cívico, sino del oportunismo político.

Pero este fenómeno no se agota en una alcaldía. Chiclayo es apenas un espejo de un patrón nacional profundamente arraigado. Malos alcaldes hoy buscan convertirse en gobernadores regionales; malos gobernadores regionales aspiran al sillón presidencial. No impulsados por resultados, sino por la normalización del fracaso y por una ciudadanía empujada a confundir cercanía con capacidad, presencia con gestión, espectáculo con liderazgo.

La escena se repite elección tras elección: candidatos subidos a un ómnibus o a una camioneta, vestidos con el polo de campaña, trasladados al mitin para el baile y la foto. Abrazos, sonrisas, degustaciones en mercados, promesas recicladas y discursos vacíos. El show reemplaza al balance de gestión. La coreografía sustituye a la rendición de cuentas. Y la población, cansada pero resignada, vuelve a caer en el mismo libreto.

Si la fe moviliza conciencias, bienvenida sea. Pero cuando se la utiliza para suplir la gestión y encubrir la incompetencia, el problema ya no es espiritual: es profundamente político

Esta dinámica no es accidental. Es el resultado de una baja cultura cívica alimentada por décadas de precariedad institucional, donde cumplir lo mínimo se celebra como logro extraordinario y donde la incompetencia no se sanciona: se recicla. Así, la mediocridad no solo persiste, sino que asciende.

El verdadero problema no es la visita del Papa. Es lo que deja al descubierto. Un Estado local que no planifica, no mantiene y no gestiona, pero que corre cuando hay cámaras, presión mediática o visitantes ilustres. Un sistema político que no corrige errores, sino que los encubre con eventos. Y una ciudadanía que, harta del abandono, termina aceptando el simulacro como si fuera gestión.

Si la fe moviliza conciencias, bienvenida sea. Pero cuando se la utiliza para suplir la gestión y encubrir la incompetencia, el problema ya no es espiritual: es profundamente político. Y mientras no se rompa este ciclo de abandono, maquillaje y repetición, Chiclayo, como tantas otras ciudades del país, seguirá ordenándose solo para la visita, la foto o el evento, y descomponiéndose apenas se apagan las cámaras.


Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores son de su absoluta responsabilidad. Güik respeta la libertad de expresión.


 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *