DESTACADASOPINIÓN

OPINIÓN/ Cuando la geología decide el poder

Escribe: Alberto Carpio A.

 

Chile y Perú sostienen una porción decisiva del cobre que electrificará el planeta. Argentina, Bolivia, Perú y Chile concentran el litio que alimentará las baterías del futuro. Perú y Brasil exhiben potencial relevante en tierras raras, níquel y grafito.

 

El narrador sabe que hay fuerzas silenciosas que gobiernan la historia con más constancia que los discursos y las banderas. Una de ellas es la geología: la historia humana es, en parte, la administración tardía de una herencia geológica. Las civilizaciones cambian, los imperios ascienden y declinan, pero los minerales permanecen, pacientes, esperando que alguien comprenda y aprecie su verdadero valor. En el siglo XXI, ese valor ya no se mide solo en toneladas exportadas, sino en capacidad de ordenar el mundo.

La transición energética, la electrificación masiva, la digitalización y la carrera tecnológica han convertido a ciertos minerales en lo que el carbón fue para la Revolución Industrial o el petróleo para el siglo XX. Cobre, litio, tierras raras, níquel, grafito: Sin ellos no hay redes eléctricas, ni baterías, ni vehículos eléctricos, ni inteligencia artificial, ni defensa moderna. Las grandes potencias lo saben. Y por eso miran al mismo lugar con una atención que ya no disimulan: Sudamérica. Ludwig von Mises lo resumió sin poesía: La historia no premia las buenas intenciones, sino la coordinación eficaz de la acción humana

Estados Unidos necesita diversificar suministros para no depender de China. China necesita asegurar flujos constantes para sostener su aparato industrial y tecnológico. La India, potencia emergente, busca evitar el error de llegar tarde a la carrera de los insumos críticos. Las tres compiten, negocian, presionan. No por ideología, sino por supervivencia estratégica. En ese tablero, Sudamérica ha dejado de ser un actor marginal: Es una pieza central

Pero el narrador observa una paradoja persistente. La región que concentra algunas de las mayores reservas mundiales de minerales críticos actúa como si fuera débil, como si no fuera consciente de la extraordinaria riqueza que posee. Exporta mucho, exporta lo fundamental, pero decide poco, casi no opina e influye menos aún. Los grandes errores históricos ocurren cuando se discute solo la superficie y se ignora el subsuelo. Sudamérica vende fragmentado, a precios bajos, lo que podría negociar a precios más justos si obrara como conjunto y actuara como equipo. Confunde soberanía con soledad: defiende la bandera, pero pierde margen de maniobra. Mientras tanto, quienes compran sí actúan cohesionados, con objetivos claros y horizontes de décadas, seguros de que la asimetría los favorece.

Chile y Perú sostienen una porción decisiva del cobre que electrificará el planeta. Argentina, Bolivia, Perú y Chile concentran el litio que alimentará las baterías del futuro. Perú y Brasil exhiben potencial relevante en tierras raras, níquel y grafito. Bolivia, por su parte, resguarda una de las mayores reservas de litio del mundo: un activo que aún no se traduce plenamente en poder por dificultades técnicas e institucionales, pero que constituye una reserva estratégica decisiva. No se trata de países pobres en recursos; se trata de países que no han actuado como bloque. Si negociaran juntos, si fijaran reglas comunes mínimas para evitar la competencia destructiva entre ellos y si desplegaran acciones coordinadas para capturar más valor en la cadena productiva, el mapa cambiaría.

Si esa cohesión existiera, las oportunidades serían profundas y concretas. En primer lugar, poder de negociación. No para imponer precios artificiales, sino para fijar condiciones mínimas: estándares ambientales comunes, participación local en la cadena de valor, transferencia tecnológica verificable, plazos razonables y estabilidad contractual sin sumisión. Ninguna potencia ni corporación puede prescindir de estos minerales; eso es poder, aunque todavía no se ejerza.

En segundo lugar, industrialización selectiva. Coordinados y unidos, los países sudamericanos podrían evitar la trampa clásica del extractivismo: autolimitarse a exportar concentrados e importar productos de alto valor. Podrían repartir funciones, procesamiento, finación, manufactura intermedia, y construir cadenas regionales. No todos harían todo, pero todos ganarían más que compitiendo entre sí por quién ofrece más barato.

En tercer lugar, autonomía estratégica. Cohesión no significa alinearse contra nadie, sino evitar depender de uno solo. Una región que negocia unida puede comerciar con Estados Unidos, China, India y Europa sin quedar atrapada por ninguno. Puede diversificar riesgos, resistir presiones y preservar margen de decisión. La neutralidad, en un mundo de potencias, solo es viable cuando se tiene peso colectivo: la neutralidad aislada es frágil; la neutralidad coordinada es viable, no para desafiar a las potencias, sino como mecanismo lógico de defensa para no ser doblegados ni arrastrados por ellas.

El narrador no ignora los obstáculos. Hay desconfianzas históricas, asimetrías económicas y ciclos políticos inestables. Bolivia ilustra el dilema: Poseer la reserva no garantiza el poder si no existe capacidad tecnológica y coordinación regional para convertirla en suministro confiable. Pero la historia enseña que las regiones no se cohesionan cuando todo es cómodo, sino cuando el costo de no hacerlo se vuelve evidente. Y ese costo ya se vislumbra: Contratos desiguales, dependencia tecnológica, pérdida de oportunidades industriales y fragmentación frente a un mundo cada vez más duro.

La geología ya hizo su parte. La historia ahora espera una decisión política. Si Sudamérica sigue negociando dividida, seguirá siendo indispensable, pero prescindible. Si aprende a coordinar, integrando plenamente a Bolivia como reserva estratégica del litio, puede convertirse en algo más raro y más temido: Un actor que no solo provee recursos, sino que condiciona el rumbo del poder global.

El narrador cierra con una certeza antigua. Los minerales no garantizan grandeza. La cohesión sí puede hacerlo. Y en este siglo, donde el poder se mide en insumos críticos y cadenas de suministro, la unidad ya no es un ideal romántico: Es una estrategia de supervivencia.


Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores son de su absoluta responsabilidad. Güik respeta la libertad de expresión.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *