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OPINIÓN/ De Potosí al cobre: la persistencia del modelo extractivo

Escribe: Alberto Carpio Avila

una pregunta abierta que aún resuena en la historia del Perú: si la riqueza mineral seguirá siendo únicamente un recurso que se extrae de la tierra, o si algún día se convertirá en el fundamento de una economía verdaderamente transformadora.

En las galerías oscuras del Cerro Rico de Potosí, en el antiguo Virreinato del Perú, nació una de las primeras economías verdaderamente globales. La plata que emergía de aquella montaña atravesaba océanos, financiaba imperios y guerras, alimentaba redes comerciales y conectaba continentes que hasta entonces habían permanecido relativamente aislados entre sí. La montaña andina parecía contener una riqueza capaz de sostener el mundo.

Pero el modelo económico que se consolidó en torno a esa riqueza tenía una característica fundamental: la extracción de recursos naturales como eje central del sistema productivo.

Cinco siglos después, pareciera que los peruanos no hemos aprendido la lección, esa estructura económica sigue proyectando una sombra larga sobre la historia del Perú.

El virreinato organizó su economía alrededor de la minería de plata. Cuando el ciclo de la plata comenzó a declinar en el siglo XVIII, el sistema colonial ya estaba profundamente estructurado para exportar materias primas. La independencia política del siglo XIX no alteró de inmediato esa lógica económica.

Potosí amplia la producción de sus minerales con cobre, estaño y oro

El Perú republicano heredó, en gran medida, la estructura extractiva del virreinato.

Durante el siglo XIX, la riqueza mineral de los Andes fue sustituida temporalmente por otra fuente de ingresos extraordinaria: el guano. Las islas frente a la costa peruana contenían enormes depósitos de excremento de aves marinas, un fertilizante altamente demandado por la agricultura europea.

Durante varias décadas, el guano generó ingresos fiscales gigantescos para el Estado peruano.

El país parecía nuevamente bendecido por la abundancia de un recurso natural extraordinario.

Sin embargo, el patrón económico se repitió.

Gran parte de esos ingresos fue utilizada para financiar gastos públicos, pagar deudas externas y sostener un aparato estatal que crecía rápidamente, pero que no siempre invertía de manera sostenida en la construcción de una base productiva diversificada.

Cuando los depósitos de guano comenzaron a agotarse y los precios internacionales cayeron, la economía peruana enfrentó una crisis profunda.

La historia parecía repetir la paradoja que ya había afectado al Imperio español siglos antes.

En el siglo XX, el eje extractivo volvió a desplazarse hacia otros recursos: vegetales como el caucho y minerales como el zinc, el plomo, el estaño y, más recientemente, el cobre y el oro. El Perú posee algunas de las mayores reservas minerales del planeta, y la minería continúa siendo uno de los pilares fundamentales de su economía.

Producir cobre en el Perú es ahora más costoso

Las exportaciones mineras representan una proporción significativa de los ingresos del país.

Las cifras son impresionantes. Minas gigantescas operan en los Andes, utilizando tecnologías modernas y produciendo volúmenes de mineral que abastecen a industrias de todo el mundo. El cobre peruano, por ejemplo, es esencial para la fabricación de cables eléctricos, infraestructura energética, electrónica y tecnologías asociadas a la transición energética global.

Una vez más, los Andes alimentan el funcionamiento de la economía mundial.

Pero la pregunta que surge inevitablemente es si el patrón económico ha cambiado realmente desde los tiempos de Potosí.

Muchos economistas sostienen que el verdadero desafío histórico del Perú es transformar su extraordinaria riqueza mineral en un proceso sostenido de desarrollo productivo e industrial. La minería genera ingresos importantes, pero por sí sola no crea una economía industrial compleja.

Las economías más prósperas del mundo no se caracterizan únicamente por la extracción de recursos naturales, sino por su capacidad de transformarlos mediante tecnología, industria y conocimiento.

La diferencia entre riqueza natural y desarrollo económico radica precisamente en ese proceso de transformación.

Los minerales pueden financiar infraestructura, educación, innovación tecnológica y diversificación industrial. Pero si los ingresos generados por esos recursos se consumen sin crear nuevas capacidades productivas, el país corre el riesgo de permanecer atrapado en un ciclo extractivo.

Este dilema no es exclusivo del Perú.

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Numerosos países ricos en petróleo, gas o minerales enfrentan desafíos similares. La abundancia de recursos puede generar ingresos inmediatos, pero también puede dificultar la diversificación económica si no existe una estrategia clara de desarrollo a largo plazo.

Los economistas modernos describen este fenómeno como «la maldición de los recursos naturales».

Sin embargo, la historia peruana demuestra que este fenómeno no es nuevo.

Las vetas del Cerro Rico de Potosí, los depósitos de guano del siglo XIX, la riqueza del caucho de nuestra selva y las actuales reservas de cobre y otros minerales forman parte de una misma continuidad histórica: la relación compleja entre abundancia natural y desarrollo económico.

Los Andes han sido extraordinariamente generosos.

La verdadera pregunta es si las sociedades que habitan estas montañas han logrado, o lograrán, transformar esa riqueza en una base económica capaz de sostener prosperidad duradera.

La montaña de Potosí no solo cambió el curso de la historia mundial.

También dejó una pregunta abierta que aún resuena en la historia del Perú: si la riqueza mineral seguirá siendo únicamente un recurso que se extrae de la tierra, o si algún día se convertirá en el fundamento de una economía verdaderamente transformadora.

 

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