El futuro será, más probablemente, multipolar que unipolar, con un dólar aún fuerte, pero ya no incuestionable.
Desde la posguerra, el dólar estadounidense ha desempeñado un rol central en el sistema financiero internacional. Establecido como moneda de reserva global bajo los acuerdos de Bretton Woods en 1944, el dólar ha servido como unidad de cuenta, medio de pago internacional y depósito de valor para bancos centrales, gobiernos y actores privados. No obstante, desde inicios de este siglo diversos indicios apuntan a una lenta pero persistente tendencia hacia la desdolarización, impulsada por factores geopolíticos, tecnológicos y estructurales que amenazan con redefinir el orden monetario global.
Una de las razones para este fenómeno han sido las graves crisis financieras internacionales, fomentadas por los disfuncionamientos de la economía norteamericana. La crisis de los subprimes, que tuvo su epicentro en el mercado inmobiliario y bancario de EE.UU., generó una recesión global profunda y puso en evidencia las fallas estructurales del sistema financiero basado en el dólar. A pesar de que el dólar se fortaleció momentáneamente como refugio durante la crisis, las millonarias pérdidas hicieron actuaron como catalizador para que muchos países comenzaran a cuestionar la estabilidad de un sistema tan dependiente de las políticas monetarias y fiscales de Washington.
Asimismo, más del 58% de las reservas internacionales están denominadas en dólares estadounidenses, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI) a cierre de 2024. Esta cifra representa una disminución constante desde el 71% registrado en 1999. Aunque el dólar sigue siendo la principal divisa de reserva, el descenso es significativo y coincide con un aumento de las reservas en otras monedas como el euro (20%), el renminbi chino (2.6%) y el yen japonés (5.5%). De allí que Estados con altas reservas, como China con más de 3 billones de dólares en reservas, comiencen a buscar formas de protegerse frente a una eventual depreciación del dólar.
Uno de los factores que explican esta tendencia es el uso cada vez más frecuente del dólar como instrumento de poder geopolítico. Las sanciones económicas impuestas por EE.UU. — particularmente a Rusia, Irán, Venezuela y recientemente a entidades chinas— han consolidado los organismos supranacionales como los BRIC’s+, ASEAN, Alianza del Pacífico o Mercosur incentivado a muchos Estados a buscar mecanismos alternativos que los blinden frente a la extraterritorialidad del sistema financiero. Tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, el congelamiento de más de 300 mil millones de dólares en reservas del Banco Central de Rusia aceleró este proceso. En respuesta, Moscú ha promovido el uso del rublo en sus exportaciones de gas y petróleo, especialmente con países amigos.
En paralelo, China ha intensificado su estrategia de internacionalización del yuan. A través de acuerdos bilaterales de swap con más de 40 bancos centrales, plataformas como el Cross-Border Interbank Payment System (CIPS) —una alternativa al sistema SWIFT—, y el uso del yuan en contratos energéticos con países como Arabia Saudita, Rusia e Irán, Beijing busca erosionar la hegemonía del dólar. Por su parte, Rusia ha creado el SPFS (Sistema para la Transferencia de Mensajes Financieros) como alternativa al sistema SWIFT, especialmente en respuesta a su exclusión del sistema financiero internacional debido a las sanciones occidentales.
En 2023, más del 25% del comercio bilateral entre China y Rusia se liquidó en yuanes, frente a apenas el 2% en 2013. Asimismo, el lanzamiento del yuan digital (e-CNY) plantea un nuevo frente en la carrera por el control monetario en la era digital. A esto se suman los acuerdos para facilitar el comercio en monedas locales y la liquidación de pagos comerciales bilaterales, prescindiendo del dólar como moneda de intercambio. China y Egipto están dando el paso y otros seguirán en ese camino.
Sin embargo, a pesar de estos movimientos, la desdolarización enfrenta obstáculos estructurales. El tamaño, liquidez y profundidad de los mercados financieros denominados en dólares siguen siendo inigualables. El bono del Tesoro de EE.UU., a pesar de las preocupaciones sobre el déficit fiscal, sigue siendo considerado el activo más seguro y líquido del mundo. Además, el dólar representa aún el 88% de todas las transacciones de cambio (Forex), según el Banco de Pagos Internacionales (BIS). La red de instituciones financieras, contratos y sistemas de pago anclados al dólar otorga cierta fortaleza que no puede ser desmontada fácilmente.
El avance de las monedas digitales emitidas por bancos centrales (CBDCs) también podría redefinir la dinámica monetaria global. Al menos 130 países exploran actualmente sus propias CBDCs, y varios —incluidos China, Brasil e India— ya se encuentran en etapas avanzadas de implementación. Aunque en teoría estas monedas podrían facilitar pagos transfronterizos sin pasar por el dólar, su interoperabilidad, gobernanza y aceptación internacional aún están por resolverse.
En ese contexto, la desdolarización no implica un colapso repentino del dólar, sino una erosión paulatina de su centralidad e influencia. Este proceso responde tanto a decisiones estratégicas de actores estatales como a transformaciones tecnológicas que redefinen el funcionamiento de las finanzas globales. Si bien el dólar conserva una posición dominante, el sistema financiero internacional camina hacia una mayor fragmentación y competencia monetaria, donde múltiples divisas podrían coexistir. El futuro será, más probablemente, multipolar que unipolar, con un dólar aún fuerte, pero ya no incuestionable.
(*)Jurista, Internacionalista, catedrático y analista político.