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OPINIÓN/ El país del niño permanente

Escribe: Julio Villafuerte

 

El Perú necesita avanzar hacia una comunicación climática más madura y estructurada. El país no vive pendiente de un fenómeno episódico; vive dentro de un sistema estacional robusto y complejo

 

En el Perú hemos simplificado demasiado el debate climático. Cada vez que se anuncian lluvias intensas, crecidas de ríos o sequías prolongadas, la explicación aparece con rapidez casi automática: “es el Niño”. El fenómeno recurrente se ha convertido en el protagonista permanente del relato climático nacional. Parece que cada alteración del tiempo necesita llevar su nombre. Sin embargo, el sistema atmosférico no funciona como un titular ni responde a una lógica episódica simplificada. Es más complejo, más estructural y, sobre todo, profundamente estacional.

El sistema El Niño–Oscilación del Sur (ENSO) es un fenómeno global claramente definido por la ciencia internacional. Se identifica cuando ocurre un calentamiento persistente del Pacífico ecuatorial central, acompañado de cambios en la circulación atmosférica tropical. No cualquier aumento de temperatura en el mar califica como ENSO. Existen criterios técnicos claros, umbrales medibles y metodologías estandarizadas. La comunidad científica internacional no utiliza el término de manera flexible o retórica; lo hace bajo parámetros estrictos que distinguen variabilidad natural de eventos formalmente establecidos.

En el Perú, además, el foco suele ponerse en otra región del Pacífico: el llamado Niño 1+2, frente a la costa norte. Allí se monitorean las anomalías térmicas superficiales que pueden afectar directamente a Tumbes, Piura o Lambayeque. Ese seguimiento fue asumido hace algunos años por la Comisión Multisectorial ENFEN, cuya función inicial era precisamente darle seguimiento al ENSO y evaluar sus posibles impactos nacionales. Con el tiempo, también han incluido la emisión de alertas ante posibles calentamientos costeros que incrementen el riesgo de lluvias intensas. No obstante, su función se suscribe al área de su competencia técnica.

Ese trabajo es necesario y cumple un rol preventivo. La costa norte es particularmente sensible a variaciones térmicas en el mar adyacente. Cuando la superficie oceánica se calienta más de lo normal, aumenta la evaporación, se fortalece la convección y las lluvias pueden intensificarse. La relación física entre calentamiento superficial y mayor actividad convectiva está bien documentada. Pero reconocer esa relación no implica convertirla en la explicación absoluta del régimen de lluvias del país.

El problema comienza cuando el análisis del Niño 1+2 deja de ser una herramienta técnica regional para convertirse en el centro del discurso climático nacional. La lluvia en el Perú no nace de una anomalía térmica puntual. Nace de la estacionalidad.

El país posee una dinámica climática propia, determinada por su ubicación tropical, su compleja topografía y la interacción permanente entre océano y continente. Cada año, la temporada lluviosa responde al desplazamiento estacional de la Zona de Convergencia Intertropical (ZCIT), a la circulación atmosférica amazónica, a los vientos alisios, a la configuración del Anticiclón del Pacífico Sur (APS) y a múltiples interacciones entre la Amazonía, los Andes y el litoral. Esa estructura no es ocasional; es recurrente y constituye el esqueleto del clima peruano.

Sobre esa base estructural pueden actuar moduladores interanuales como ENSO o los calentamientos y enfriamientos costeros. Pueden intensificar o debilitar el patrón estacional. Pueden alterar su duración o su distribución espacial. Pero no lo crean desde cero. No sustituyen la arquitectura climática fundamental. Confundir modulador con generador es conceptualmente incorrecto y conduce a interpretaciones incompletas.

Un elemento clave que pocas veces ocupa espacio en el debate público es la Corriente Peruana, también conocida como Corriente Humboldt. Se trata de una corriente fría que fluye de sur a norte a lo largo del litoral de Chile y Perú. Transporta aguas profundas ricas en nutrientes hacia la superficie mediante procesos de surgencia. Esa dinámica oceánica no solo sostiene una de las pesquerías más importantes del planeta; también cumple una función climática estructural.

Las aguas frías enfrían la atmósfera baja, aumentan la estabilidad y limitan la formación de nubes convectivas en el litoral. En términos simples, la corriente actúa como un regulador térmico natural. Si se intensifica, el mar superficial tiende a mantenerse frío y la atmósfera se estabiliza. Si se debilita, el mar puede calentarse con mayor facilidad y aumentar la inestabilidad. Sin su influencia persistente, el clima costero peruano sería radicalmente distinto, posiblemente más húmedo y tropical, similar al de otras costas del Atlántico suramericano.

Sin embargo, rara vez se escucha en conferencias o comunicados públicos una explicación articulada sobre cómo interactúan todas estas variables. El discurso suele reducirse a la presencia o ausencia de “Niño”. Esa simplificación puede resultar comunicacionalmente eficaz, pero empobrece la comprensión pública y también limita la discusión técnica.

No se trata de negar el impacto de los calentamientos costeros ni de descalificar el monitoreo especializado. Se trata de jerarquizar los niveles de análisis. Primero comprender la estación. Luego evaluar cómo los fenómenos interanuales la modulan.

La gestión del riesgo climático exige distinguir con claridad entre estructura y anomalía. Si se sobredimensiona la anomalía, se pierde perspectiva sobre el funcionamiento normal del sistema. Y si se pierde esa perspectiva, la planificación hídrica, agrícola y territorial se vuelve reactiva en lugar de estratégica. Se preparan respuestas para el evento excepcional, pero se descuida el entendimiento del ciclo recurrente.

Aquí aparece un punto institucional relevante. El monitoreo de anomalías oceánicas es una tarea específica y valiosa. Pero el análisis integral del tiempo y del clima (que incluye estacionalidad, variabilidad intraestacional, dinámica amazónico-andina e interacción océano-atmósfera) exige una conducción técnica más amplia y menos fragmentada.

Cuando una sola comisión concentra la narrativa pública del clima, el debate inevitablemente se reduce a su objeto de estudio. Y el objeto de estudio del Niño 3.4 o del Niño 1+2 es, por definición, parcial y regional. Esto puede generar una percepción distorsionada: que el clima del país depende casi exclusivamente de la temperatura superficial del mar frente a la costa norte.

El Perú necesita avanzar hacia una comunicación climática más madura y estructurada. El país no vive pendiente de un fenómeno episódico; vive dentro de un sistema estacional robusto y complejo. Las lluvias retornan cada año porque la dinámica tropical así lo determina. Algunas temporadas serán más intensas y otras más débiles. Los moduladores existen y son relevantes, pero no reemplazan la estructura.

Si queremos políticas públicas sólidas y sostenibles, debemos priorizar el entendimiento de esa base estructural. Eso implica fortalecer el análisis integral del sistema atmosférico, reordenar la jerarquía del discurso técnico y evitar que la explicación climática dependa de un solo indicador oceánico.

Tal vez el debate no sea si necesitamos más alertas del Niño. Tal vez la pregunta de fondo sea si necesitamos la comprensión integral del sistema climático nacional.

Porque el clima del Perú no es un fenómeno aislado ni un eslogan repetido cada temporada. Es una dinámica estacional compleja, donde interactúan océano, atmósfera y territorio.

Cuando el país entienda esa diferencia, también entenderá que la ciencia climática no necesita protagonismos individuales ni simplificaciones narrativas, sino estructura, integración y visión estratégica. Y que, quizá, algunas instituciones o comisiones deben evolucionar cuando el enfoque que representan ya no reflejan la complejidad del sistema que intentan explicar.

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