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OPINIÓN/ Elecciones 2026: entre la esperanza y el desencanto

Escribe:  Eco. José Soto Lazo

 

El voto sigue siendo un deber cívico irrenunciable, pero también una carga emocional cuando la experiencia acumulada nos recuerda que demasiadas veces depositamos expectativas en proyectos que terminaron defraudándonos.

Permítanme esta vez escribir a modo de una reflexión muy sincera. Las elecciones presidenciales de 2026 se acercan y, como muchos peruanos, me descubro atrapado en una mezcla incómoda de esperanza y escepticismo. El voto sigue siendo un deber cívico irrenunciable, pero también una carga emocional cuando la experiencia acumulada nos recuerda que demasiadas veces depositamos expectativas en proyectos que terminaron defraudándonos. No es apatía lo que siento, sino cansancio ante un sistema que parece repetir sus errores con alarmante normalidad.

El panorama político actual ofrece pocas razones para el optimismo. Cuesta encontrar propuestas que superen el nivel del eslogan o la consigna vacía. Predominan los mismos rostros, reciclados una y otra vez, con discursos que prometen combatir la corrupción mientras nuevos escándalos brotan casi a diario. Esta contradicción permanente erosiona la confianza ciudadana y confirma la impresión de que, para buena parte de la clase política, el acceso al poder es un fin en sí mismo y no un medio para construir un proyecto de país.

La fragmentación política es, a mi juicio, uno de los males más graves que enfrentamos. Todo indica que tendremos una oferta electoral atomizada, con decenas de candidatos incapaces de articular una visión nacional mínima. Cada uno parece hablarle a su propio nicho: intereses regionales, agendas sectoriales o grupos económicos específicos. En ese contexto, los problemas estructurales del Perú —la informalidad crónica, la desigualdad persistente, la inseguridad, el deterioro de la salud y la educación— quedan relegados a menciones superficiales, sin diagnósticos serios ni rutas claras de solución.

Ante este escenario, la pregunta se vuelve incómoda pero inevitable: ¿votaré por convicción o por descarte? La experiencia reciente nos ha acostumbrado a elegir al “menos malo”, a conformarnos con candidatos que, al menos, no acumulen denuncias graves o procesos fiscales abiertos. Hemos normalizado una vara tan baja que ya no exigimos liderazgo ni visión, sino apenas un mínimo de decencia y estabilidad.

Me preocupa, además, la profunda fractura social que atraviesa al país. Lima frente a las regiones; la costa frente a la sierra y la selva; quienes acceden a servicios básicos frente a millones que viven en la precariedad. Esta división no es nueva, pero se ha intensificado peligrosamente. Lo más grave es que muchos actores políticos no buscan cerrar estas brechas, sino explotarlas deliberadamente, alimentando resentimientos y miedos para ganar adhesiones rápidas.

A ello se suma el impacto corrosivo de la desinformación. Las redes sociales se han convertido en espacios donde la emoción reemplaza al análisis y donde las propuestas simplistas, carentes de sustento técnico, se viralizan con facilidad. En ese entorno saturado de ruido, tomar una decisión informada se vuelve un verdadero desafío para el ciudadano común.

Pese a todo, me resisto a caer en el cinismo absoluto. Renunciar a la participación democrática solo deja el campo libre a los peores actores. Creo, más bien, que el cambio difícilmente vendrá desde la cúspide del poder si no existe una ciudadanía más exigente, más vigilante y más involucrada en los espacios locales donde la política tiene efectos concretos y cotidianos.

Las elecciones de 2026 no serán una solución mágica para los problemas del Perú. Ninguna elección lo es. Pero sí representan una oportunidad para reflexionar sobre el rumbo que queremos seguir, aun sabiendo que será imperfecto. Mi conclusión es clara: votaré, pero sin ingenuidad. Elegiré, pero no delegaré mi responsabilidad ciudadana. Exigiré, fiscalizaré y participaré, porque, con todos sus defectos y frustraciones, la democracia sigue siendo la mejor herramienta que tenemos para evitar que otros decidan por nosotros.

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