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OPINIÓN/ Escribir en tiempos difíciles en el Perú

 

Escribe: Eco. José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

Cerca de la mitad del electorado aún no decide su voto, mientras que el voto blanco y viciado lidera las preferencias en encuestas recientes. Es la expresión más clara del desencanto: una ciudadanía que no encuentra en quién creer.

Escribir me hace profundamente feliz. No es una felicidad ruidosa ni efímera: es la felicidad tranquila de quien encuentra su lugar en el mundo. Cuando me siento frente a la computadora y las ideas empiezan a ordenarse, siento que algo dentro de mí respira con alivio. Las palabras me permiten pensar con más claridad, sentir con más honestidad y comprender con más profundidad. Escribir no es solo un hábito; es una necesidad, casi una forma de sobrevivir al ruido de los tiempos que corren.

En ese silencio creativo encuentro lo que el mundo exterior pocas veces ofrece: orden, coherencia, sentido. Cada párrafo que construyo es una pequeña victoria personal. Cada idea que logro expresar me recuerda que las palabras todavía importan, que pueden iluminar lo que la confusión oscurece y nombrar lo que el miedo prefiere callar. Por eso escribo con alegría, con convicción, con gratitud.

Y sin embargo, esa misma alegría se enturbia cuando dirijo la mirada hacia la realidad política del Perú. A menos de dos meses de unas elecciones generales sin precedentes, el país muestra un rostro que cuesta mirar sin tristeza.

El panorama es desalentador. En apenas diez años, el Perú ha tenido ocho presidentes. No es una cifra menor: es el retrato de un sistema político que no ha podido estabilizarse, de instituciones que se quiebran con facilidad y de una ciudadanía que ha aprendido a vivir en la incertidumbre como si fuera algo normal. El Congreso registra un 93% de desaprobación ciudadana, una cifra que no necesita mayor comentario. 

El 12 de abril, más de 27 millones de peruanos irán a las urnas para elegir presidente entre 36 candidatos, en lo que los propios organismos electorales han calificado como el proceso más complejo de la historia. Lejos de ser una señal de salud democrática, esa fragmentación extrema refleja la debilidad de los partidos políticos, la ausencia de liderazgos sólidos y la proliferación de organizaciones creadas no para servir al país, sino para servirse de él. Cerca de la mitad del electorado aún no decide su voto, mientras que el voto blanco y viciado lidera las preferencias en encuestas recientes. Es la expresión más clara del desencanto: una ciudadanía que no encuentra en quién creer.

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