OPINIÓN/ La cohesión pendiente: el desafío invisible del Perú
Escribe: Alberto Carpio Avila

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Un país fragmentado puede crecer durante algún tiempo. Pero solo un país cohesionado puede transformar ese crecimiento en un futuro compartido.
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Hay países cuya riqueza se mide en minerales, en puertos o en hectáreas cultivables. Otros se miden por su industria o por su capacidad tecnológica. Pero existe un tipo de riqueza más difícil de cuantificar y, al mismo tiempo, más decisiva para el destino de una nación: la cohesión social.
No aparece en las estadísticas de exportación ni en los balances fiscales. Sin embargo, determina silenciosamente qué tan lejos puede llegar un país cuando intenta transformarse.
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En el Perú, esa cohesión ha sido históricamente frágil.
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El país posee una geografía poderosa, recursos minerales que figuran entre los más importantes del planeta, una ubicación privilegiada frente al Pacífico y una economía que durante décadas ha mantenido una estabilidad macroeconómica apreciada por los mercados internacionales. Pero debajo de esas fortalezas, como un estigma impregnado en su alma, persiste una fractura que atraviesa siglos, instituciones, territorios y percepciones colectivas. Esa fractura es la que ha limitado su desarrollo, la que ha contribuido a la pérdida de guerras y territorios, la que ha generado ciclos de violencia, pobreza, infelicidad y división.
Esa fractura constituye, en buena medida, el núcleo del diagnóstico desarrollado por Francisco Durand en su libro El Perú fracturado, donde el país aparece descrito como una sociedad segmentada en múltiples planos: económico, político e institucional.
Durand observa que el Perú contemporáneo no se organiza como un sistema cohesionado, sino como un mosaico de espacios que interactúan de manera desigual. Existen sectores modernos integrados al mercado global, capaces de atraer inversión internacional y operar bajo reglas relativamente estables. Pero junto a ellos subsisten vastas zonas de informalidad económica, instituciones débiles y territorios donde el Estado aparece de manera intermitente o fragmentaria¹.
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Esta dualidad no es solo económica; es también institucional.
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Mientras ciertas áreas del Estado funcionan con estándares relativamente altos de profesionalización, particularmente aquellas vinculadas a la estabilidad macroeconómica, otras permanecen atrapadas en ciclos de improvisación política, baja capacidad administrativa y escasa continuidad en las políticas públicas.
El resultado es una paradoja que Durand describe con precisión: el Perú puede mostrar indicadores macroeconómicos sólidos y, al mismo tiempo, experimentar profundas crisis políticas y sociales.
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La cohesión, en ese contexto, aparece como la gran tarea pendiente.
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Pero entender por qué la cohesión es tan difícil de construir requiere mirar más allá de los indicadores económicos. Requiere comprender que el Perú no solo enfrenta desigualdades materiales, sino también desigualdades de confianza.
Parecería, incluso, que los peruanos encontramos con frecuencia nuevos motivos para dividirnos: la raza, la clase social, la religión, la procedencia, el origen, el idioma, las diferencias políticas, sociales o culturales.
En muchos países que lograron dar saltos tecnológicos e industriales, como Japón, Corea del Sur o Singapur, el desarrollo económico fue acompañado por una construcción gradual de consensos nacionales. No siempre fueron consensos perfectos ni exentos de conflictos, pero sí lo suficientemente sólidos como para permitir políticas de largo plazo.
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El Perú, en cambio, ha oscilado durante décadas entre proyectos inconclusos.
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Cada ciclo político suele comenzar con la promesa de una transformación estructural y terminar en medio de una crisis institucional que interrumpe el proceso anterior. Los proyectos de desarrollo se fragmentan, las reformas se superponen y las políticas públicas pierden continuidad.
En ese contexto, la economía puede crecer, pero el país no logra consolidar una visión compartida de futuro.
La fragmentación descrita por Durand se manifiesta también en la relación entre el Estado y la sociedad. Para amplios sectores de la población, el Estado aparece como una estructura distante, burocrática o incapaz de responder a necesidades básicas. Para otros sectores, el Estado se percibe como una institución capturada por intereses políticos o económicos que no representan al conjunto de la sociedad².
Esa percepción erosiona el elemento más importante de cualquier sistema institucional: la legitimidad.
Sin legitimidad, incluso las políticas técnicamente correctas encuentran resistencia. Las inversiones estratégicas enfrentan conflictos sociales. Las reformas institucionales se perciben como amenazas en lugar de oportunidades.
El resultado es una dinámica circular donde la desconfianza alimenta la fragmentación, y la fragmentación reproduce la desconfianza: un círculo vicioso que, con frecuencia, parece avanzar en una espiral descendente.
Sin embargo, la historia comparada muestra que la cohesión no es un punto de partida inevitable. Es una construcción política.
En las últimas décadas, el Perú ha comenzado a experimentar cambios que podrían, potencialmente, abrir una oportunidad para avanzar hacia un mayor grado de integración nacional. Uno de esos cambios es su creciente inserción en la economía del Pacífico.
La expansión del comercio con Asia, los acuerdos comerciales con economías avanzadas y la aparición de grandes proyectos logísticos, como el desarrollo del Puerto de Chancay, están reconfigurando la posición internacional del país.
Al mismo tiempo, potencias tecnológicas como Japón y Corea del Sur han incrementado su interés en el Perú, particularmente en sectores vinculados a la industria, la energía y la tecnología.
Estas dinámicas geopolíticas podrían abrir una nueva etapa de desarrollo económico.
Pero el impacto real de esa oportunidad dependerá de algo más profundo que la inversión extranjera.
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Dependerá de la capacidad del país para construir cohesión interna.
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