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OPINIÓN/ La confusión climática cuesta caro

Escribe: Julio Villafuerte Osambela

El mayor riesgo es seguir creyendo que los desastres solo ocurren cuando decidimos ponerles nombre

Cada año, cuando llegan las lluvias intensas a distintas regiones del país, una frase aparece casi automáticamente en titulares, discursos políticos y conversaciones cotidianas: “Es por El Niño”. La explicación parece simple, directa y comprensible. Sin embargo, esa simplificación es también uno de los mayores problemas en la forma en que el Perú entiende y gestiona su clima.

El fenómeno conocido como El Niño–Oscilación del Sur (ENSO) (un sistema complejo de interacción entre el océano y la atmósfera en el Pacífico tropical) ciertamente tiene efectos importantes sobre el clima regional y global. Pero convertirlo en la explicación universal de cada lluvia intensa o cada desastre natural es científicamente incorrecto y, peor aún, políticamente peligroso.

Durante años, el debate público ha reducido el clima del país a una lógica de “evento extraordinario”. Si hay lluvias intensas, entonces debe ser El Niño. Si hay inundaciones, entonces se trata de un fenómeno anómalo. Esa narrativa, repetida constantemente por medios, autoridades y analistas, ha terminado por instalar una idea profundamente equivocada: que los grandes impactos climáticos en el Perú ocurren solo cuando aparece un evento ENSO.

La realidad es muy distinta.

El Perú tiene una de las geografías climáticas más complejas del planeta. La interacción entre la Amazonía, la cordillera de los Andes y el océano Pacífico produce una enorme diversidad de regímenes de lluvia. En gran parte del territorio (especialmente en la Amazonía y en los Andes en sus dos vertientes) las precipitaciones intensas forman parte del ciclo climático normal de cada año. La temporada de lluvias, que se extiende principalmente entre noviembre y marzo, es un proceso regular del sistema climático sudamericano.

Esto significa que, incluso en ausencia de ENSO, el país puede experimentar lluvias fuertes, crecidas de ríos, deslizamientos y huaicos. De hecho, muchos de los impactos que hoy se atribuyen automáticamente a El Niño son, en realidad, manifestaciones de la variabilidad climática natural de la región.

El problema se agrava con el uso mediático del llamado “Niño costero”, un término que surgió para describir episodios de calentamiento del mar frente a las costas de Perú y Ecuador que pueden intensificar las lluvias en la costa norte. Aunque el concepto tiene utilidad científica para describir ciertos eventos regionales, su uso en el discurso público ha terminado ampliando aún más la confusión. Hoy, en la práctica, casi cualquier lluvia intensa en la costa puede terminar etiquetada como “Niño”.

Cuando todo se llama El Niño, nada se entiende realmente.

Esta confusión no es solo un problema académico o semántico. Tiene consecuencias directas en la forma en que el país planifica, invierte y responde ante los riesgos climáticos.

Si las lluvias intensas son percibidas únicamente como un fenómeno extraordinario, entonces la prevención también se vuelve extraordinaria. Las acciones se activan cuando aparece la alarma mediática de un evento ENSO, pero se debilitan durante los años considerados “normales”. La gestión del riesgo termina subordinada a la expectativa de un fenómeno específico, en lugar de basarse en la comprensión del ciclo climático regular.

Fenómeno El Niño Global comenzó: ¿cuándo empezarán las fuertes lluvias y en qué regiones del Perú? | Senamhi | El Niño costero | PERU | GESTIÓN

El resultado es una paradoja conocida: cada temporada de lluvias produce daños similares, pero el país continúa tratándolos como si fueran sorpresas.

Ríos que se desbordan en zonas urbanas mal planificadas. Quebradas ocupadas por asentamientos humanos. Sistemas de drenaje insuficientes en ciudades que crecen sin planificación. Infraestructura vial construida sin considerar dinámicas hidrológicas básicas. En muchos casos, los desastres que se atribuyen al clima son, en realidad, el resultado de decisiones territoriales acumuladas durante décadas.

El clima, en este contexto, se convierte en un chivo expiatorio.

La ciencia climática ha avanzado enormemente en las últimas décadas. Instituciones peruanas como el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (SENAMHI) o la Dirección de Meteorología Aeronáutica y Espacial (DIRMA), generan información cada vez más detallada sobre patrones de precipitación, circulación atmosférica y variabilidad oceánica. Sin embargo, esa información rara vez logra traducirse en una narrativa pública clara y coherente.

El problema, por tanto, no es solo científico: es comunicacional.

El país necesita urgentemente una estrategia de comunicación climática que permita explicar, con claridad y sin simplificaciones peligrosas, cómo funciona realmente su sistema climático. Esto implica cambiar la narrativa dominante en al menos tres aspectos fundamentales.

Primero, reconocer que la temporada de lluvias es parte del funcionamiento normal del clima peruano. No es una anomalía. No es una sorpresa. Es un proceso recurrente que debe ser incorporado en la planificación territorial, urbana y agrícola.

Segundo, diferenciar claramente entre fenómenos climáticos globales (como ENSO) y procesos regionales o estacionales. No todo evento extremo tiene la misma causa ni la misma escala.

Y tercero, entender que los desastres no son “naturales”. Son el resultado de la interacción entre fenómenos físicos y sociedades vulnerables.

Esta distinción es crucial. Porque si los desastres se perciben únicamente como consecuencia de fenómenos climáticos extraordinarios, entonces la responsabilidad humana desaparece del análisis. Pero si se entiende que los impactos dependen también de decisiones sobre uso del suelo, infraestructura y planificación urbana, entonces la discusión cambia de lugar: pasa del clima a la gobernanza.

En otras palabras, el problema deja de ser solo meteorológico y se vuelve político.

Cambiar la forma en que el país habla sobre su clima no resolverá por sí solo los problemas de vulnerabilidad o infraestructura. Pero sí puede modificar la forma en que se perciben los riesgos y, por lo tanto, la forma en que se toman decisiones.

Las sociedades no reaccionan únicamente a los hechos; reaccionan a las historias que cuentan sobre esos hechos. Y durante demasiado tiempo, el Perú ha contado una historia climática incompleta.

Una historia donde las lluvias llegan siempre como sorpresa. Donde cada desastre necesita un nombre extraordinario. Donde la prevención comienza solo cuando aparece un fenómeno mediático.

Quizá ha llegado el momento de contar otra historia.

Una en la que las lluvias no sean vistas como anomalías ocasionales, sino como parte del ritmo natural del territorio. Una en la que la preparación no dependa de un evento específico, sino de la comprensión de un ciclo permanente. Y una en la que el país deje de preguntarse cada año si vendrá El Niño, para empezar a preguntarse algo mucho más importante: si realmente estamos preparados para nuestras propias lluvias.

Porque el mayor riesgo climático del Perú no es un fenómeno oceánico que aparece cada ciertos años.

El mayor riesgo es seguir creyendo que los desastres solo ocurren cuando decidimos ponerles nombre.

 

2 comentarios en «OPINIÓN/ La confusión climática cuesta caro»

  • Un trasfondo es malversar los recursos asignados para construir defensas ribereñas ya que el Estado destina partidas para construirlas, sin embargo, ahi si se emplea la debida informacion para saber si va a haber o no un posible desborde, como no va a haber «Licuan», esos recursos, ya que no aparecen como Saldos de Balance, para el siguiente año, porque si no lo hacen el MEF, les recorta el presupuesto porque no tienen capacidad de gasto.

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  • Buen articulo prevención es el nombre de lo que se necesita, una política de suelos planificar , integrar el sistema de monitoreo como los países desarrollados copiar de ellos, estudiar diversas herramientas modernas que se usan actualmente y convenios con ellos, de capacitación para nuestros meteorólogos y tener puntos 24 / 7 en todo el país para ver desarrollos climáticos año a año, institucionalizar hacerlo política nacional

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