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OPINIÓN/ La corrupción nos robó la esperanza

Escribe: Eco. José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

La honestidad no garantiza el éxito, pero la corrupción sí garantiza el fracaso. Tras años de indignación, desencanto y desgaste moral, quizá estemos listos para asumir una verdad sencilla pero exigente: el Perú merece mucho más

Por primera vez en décadas, muchos peruanos experimentamos una sensación casi desconocida: la de tener en Palacio de Gobierno a alguien que no parece haber llegado para solucionar los problemas. Tras un desfile inacabable de presidentes investigados, procesados, prófugos o encarcelados por corrupción, la simple idea de honestidad en el poder nos resulta extraña, casi incómoda. Y esa rareza dice más de nosotros como país que del propio gobernante.

La historia reciente del Perú se lee como un largo inventario de la deshonra que marcaron un quiebre moral muy profundo. Con el tiempo, nos acostumbramos a asumir que quien llegaba al poder lo hacía para robar. La pregunta dejó de ser “si” y pasó a ser “cuánto”. Normalizamos la corrupción como parte del sistema, como un peaje inevitable de la política peruana.

Por eso, cuando finalmente aparece alguien que aparentemente no roba, la reacción es ambigua. Hay alivio, sin duda: un respiro colectivo al saber que el erario público no está siendo saqueado desde el despacho presidencial. Pero también hay incredulidad, incluso desconfianza. Nos hemos vuelto tan cínicos que la honestidad nos parece sospechosa, como si escondiera algo detrás.

Esta paradoja revela una verdad incómoda: la corrupción no solo nos robó dinero, nos robó la esperanza. Nos convenció de que el Perú no podía ser distinto, de que exigir honestidad era ingenuo, de que “todos los políticos son iguales”. Cuando alguien rompe ese molde, no sabemos bien cómo reaccionar, porque el cinismo se volvió una forma de defensa colectiva.

Sin embargo, conviene decirlo con claridad: la honestidad, aunque imprescindible, no basta. Un presidente puede ser intachable en lo ético y aun así gobernar mal. Puede carecer de visión, de capacidad de gestión, de liderazgo o de habilidad para construir consensos. La ética es la base, no el techo. Es el punto de partida mínimo, no la meta final de un buen gobierno.

Este momento nos obliga, entonces, a revisar nuestras propias expectativas como ciudadanos. ¿Nos conformamos con que no nos roben? ¿O exigimos también competencia, rumbo y resultados concretos? La honestidad debería ser el estándar elemental, no una virtud excepcional que celebramos con asombro.

También cabe una pregunta más incómoda: ¿cómo llegamos al punto en que la honestidad se volvió extraordinaria? ¿Qué toleramos como sociedad para que la corrupción se normalizara? Cada vez que justificamos el “robó, pero hizo obra”, cada vez que votamos por el “menos malo”, cada vez que nos resignamos al cinismo, contribuimos a sostener ese sistema.

Tener hoy a una persona honesta debería recordarnos lo que siempre debió ser normal. Es una oportunidad para recalibrar nuestros estándares y exigir no solo probidad, sino también eficacia y liderazgo. Es el momento de preguntarnos si, después de tantos escándalos, hemos aprendido algo.

La honestidad no garantiza el éxito, pero la corrupción sí garantiza el fracaso. Tras años de indignación, desencanto y desgaste moral, quizá estemos listos para asumir una verdad sencilla pero exigente: el Perú merece mucho más que simplemente no ser robado. Merece ser bien gobernado. Y ese debe ser, de una vez por todas, nuestro nuevo piso, no nuestro techo.

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