DESTACADASOPINIÓN

OPINIÓN/LA NORMALIDAD SINIESTRA

Por: César Campos R.

 

A propósito de quienes se horrorizan por la inestabilidad política del Perú y se preguntan cómo ha sido posible contar ocho presidentes solo en una década, he recordado en diversos foros y entrevistas el curso errático de nuestra vida republicana, copada de incidentes alucinantes que grafican nuestro divorcio absoluto de los más elementales principios de la democracia.

Es una larga lista de acontecimientos que se inicia precisamente con la proclamación de la independencia y prosigue con la guerra de los caudillos, quienes se suceden de manera sistemática tras enfrentarse armas en mano y a caballo durante el siglo XIX.

Período en el cual el honorable ciudadano y jurista chiclayano Justo Figuerola (portador provisional de la jefatura del Estado en virtud de su condición de presidente de la Corte Suprema durante la trama insurreccional de Ignacio de Vivanco contra el gobierno el año 1843) tuvo el coraje de arrojar la banda presidencial desde el balcón de su casa ante una turba que se lo exigía. Período donde también un bandolero (por lo menos confeso), “el negro” León Escobar, tomó Palacio unas cuantas horas y posó en el sillón de Pizarro.

No menos terrible fue lo ocurrido en marzo de 1931, cuando el comandante Luis M. Sánchez Cerro (quien había dado un golpe de Estado a Augusto B. Leguía en agosto del año anterior) renunció ante la presión popular y entregó el mando a una “junta de notables” presidida por el titular de la Arquidiócesis católica de Lima, monseñor Mariano Holguín, el cual, de inmediato, lo trasladó al presidente de la Corte Suprema, Ricardo Elías, el mismo que en menos de una semana fue conminado a traspasarlo al insurrecto teniente coronel del Ejército Gustavo “el zorro” Jiménez, quien —finalmente— lo entregó a una Junta de Gobierno encabezada por el caudillo apurimeño David Samanez Ocampo. Cinco presidentes en 11 días.

Samanez Ocampo se distingue por la virtud de haber impulsado un nuevo estatuto electoral y la creación del Jurado Nacional de Elecciones, estableciendo el voto directo y la representación de las minorías. Sin embargo, nada desestimuló las diversas interrupciones de los ciclos de vida democrática, la última de las cuales la intentó perpetrar Pedro Castillo Terrones el 7 de diciembre del 2022.

Hoy los golpes los dan las extrañas coaliciones parlamentarias carentes de identidad política, provenientes de partidos-taxi y motivadas por intereses subterráneos que les garantizan sostener el viejo clientelismo. Y no es que los peruanos elegimos mal a esos congresistas o ejercemos un voto no informado. Es lo que un perverso y enturbiado sistema político-electoral arroja como estándar de una ficción democrática.

Es conocida la frase de nuestro poeta Martín Adán cuando fue consultada su impresión acerca del golpe militar de Manuel Odría contra el gobierno constitucional de José L. Bustamante, el 27 de octubre de 1948: “hemos vuelto a la normalidad”. La caída de José Jerí y la asunción de José María Balcázar es una nueva forma de volver a la normalidad, tan siniestra y deplorable como las anteriores.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *