DESTACADASOPINIÓN

OPINIÓN/ Malos gobernantes, mala memoria y el voto que decide el país

Escribe:  Alexandre Ridoutt Agnoli

 

Cuando la impunidad compite en las urnas

Cada proceso electoral en el Perú repite un patrón inquietante: una avalancha de candidaturas que se presentan como renovación moral, salvación nacional o respuesta a la crisis, pese a que muchos de esos rostros ya ocuparon cargos públicos y dejaron tras de sí resultados desastrosos. No estamos ante una generación nueva ni ante una política regenerada, sino ante un reciclaje sistemático de quienes ya fallaron cuando tuvieron poder y responsabilidad.

Algunos fracasaron por abierta incompetencia, incapacidad de gestión o desconocimiento del Estado que pretendían conducir. Otros lo hicieron por prácticas corruptas, abuso del cargo, captura de instituciones o uso del poder público como plataforma personal. Los efectos están a la vista: servicios públicos deteriorados, obras inconclusas, desorden urbano, pérdida de confianza ciudadana y un Estado debilitado frente a intereses privados y mafiosos.

La justicia que no corrige, protege

Este problema no puede entenderse sin mencionar un factor decisivo: una justicia más cuestionada que la propia política. Durante años, fiscales y jueces han archivado, dilatado o neutralizado procesos relevantes, permitiendo que muchos responsables lleguen hoy a una nueva elección con expedientes dormidos y responsabilidades sin resolver. No por falta de normas, sino por falta de voluntad, independencia o coraje institucional.

Ese contexto explica por qué resulta legítimo cuestionar las verdaderas motivaciones de muchas candidaturas actuales. Cuando la rendición de cuentas no existe, el cargo público deja de ser un mandato ciudadano y se convierte en escudo personal.

 

No es la política la que hace a un candidato convertirse en ladrón; es la indiferencia del votante la que permite que un ladrón se convierta en político

No es paranoia ni exageración preguntarse si, para algunos ya sea quienes ya ocuparon cargos públicos con resultados desastrosos, quienes arrastran serios cuestionamientos o investigaciones, o los nuevos aventureros que irrumpen en la vida política en busca de impunidad postular al Congreso, al Senado o incluso a la Presidencia responde más al interés de asegurarse un escudo legal durante los próximos cinco años, bajo la figura de una impunidad mal llamada inmunidad, que al genuino propósito de servir al país.

El Estado como botín

El daño no es solo moral o simbólico. Cada vez que un mal gobernante vuelve al poder, el Estado vuelve a ser tratado como chacra personal: contratos dirigidos, cargos repartidos, decisiones tomadas en función de intereses particulares y no del bien común. El resultado es un país que no avanza, que repite errores y que normaliza el fracaso como si fuera parte del paisaje.

Lo más grave es que este ciclo no se sostiene solo desde arriba. Se sostiene también desde abajo, desde una ciudadanía cansada, resignada o desinformada, que termina votando por “lo conocido”, por el mal menor o por la promesa fácil. Así, la mediocridad se recicla y la impunidad se legitima.

Una reflexión necesaria para el votante

Votar no es un acto automático ni un gesto de protesta sin consecuencias. Es un acto de memoria, evaluación y responsabilidad colectiva.

QUIEN YA GOBERNÓ Y FRACASÓ NO SE REINVENTA CON UN ESLOGAN NUEVO.

 QUIEN DAÑÓ AL PAÍS NO SE ABSUELVE CON DISCURSOS MORALISTAS NI CON CAMPAÑAS EMOTIVAS.

La democracia no mejora por inercia. Mejora cuando el ciudadano exige trayectorias limpias, resultados verificables y coherencia entre lo que se dice hoy y lo que se hizo ayer. Elegir nuevamente a quienes ya demostraron incapacidad o desprecio por lo público no es reforma: es reincidencia.

El voto también educa

Así como el Estado educa cuando sanciona o tolera, el ciudadano educa cuando vota.

CADA VOTO A FAVOR DE UN MAL GOBERNANTE ENVÍA UN MENSAJE CLARO: QUE EL FRACASO NO SE CASTIGA, QUE LA CORRUPCIÓN SE PERDONA Y QUE LA MEMORIA ES CORTA.

CADA VOTO CRÍTICO, EN CAMBIO, ROMPE ESE CICLO Y OBLIGA A LA POLÍTICA A ELEVAR EL ESTÁNDAR.

El país no necesita salvadores reciclados ni candidatos blindados por la desmemoria. Necesita ciudadanos dispuestos a asumir que el futuro no se construye con fe, sino con juicio.

Porque no hay desarrollo posible sin reglas que se cumplan.

No hay democracia real sin rendición de cuentas.

Y no hay país viable cuando los peores vuelven a postular como si nada hubiera pasado.

La responsabilidad final no es solo de quienes aspiran al poder.
Es de quien, con su voto, decide si el pasado vuelve a gobernar el futuro.

Cada elección es un espejo. En él no solo se reflejan los candidatos, sino la tolerancia de una sociedad frente al abuso, la corrupción y el fracaso. El poder no corrompe por sí solo: lo habilita quien elige sin memoria ni exigencia.

POR ESO, ANTES DE VOTAR, CONVIENE RECORDAR QUE LA IMPUNIDAD NO EMPIEZA EN EL CARGO, EMPIEZA EN LA URNA.


Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores son de su absoluta responsabilidad. Güik respeta la libertad de expresión.


 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *