Si no se ejercita la democracia, se atrofia. Cuando la participación disminuye, el sistema se debilita.
A veces me pregunto, como muchos peruanos, si realmente vale la pena ir a votar. Después de tantos escándalos, de presidentes que no terminan sus mandatos, de promesas que se evaporan apenas termina la campaña, la frustración pesa. No es difícil entender por qué más de uno siente la tentación de quedarse en casa el día de las elecciones. Yo mismo la he sentido. Sin embargo, cada vez que reflexiono con calma, llego a la misma conclusión: precisamente cuando el desencanto es mayor, más necesario se vuelve participar.
He comprendido que no votar no castiga a nadie. No es una protesta efectiva. Es, más bien, una renuncia silenciosa. Cuando me abstengo, simplemente permito que otros decidan por mí. Y quienes nunca faltan a las urnas suelen ser los grupos más organizados, aquellos que tienen intereses definidos y estrategias claras. Si los ciudadanos comunes nos retiramos, perdemos el único espacio concreto donde nuestra voz cuenta de verdad: la elección de quienes nos gobiernan.
La experiencia del 2021 sigue fresca en mi memoria. Recuerdo esa segunda vuelta marcada por el miedo y el rechazo. Muchísima gente terminó votando no por convicción, sino para evitar lo que consideraba un mal mayor. Fue un voto defensivo, cargado de angustia. El resultado fue un gobierno débil desde su origen, cuestionado, sin respaldo sólido. Aquello no surgió de la nada. En gran medida fue consecuencia de no haber asumido con responsabilidad la primera vuelta, cuando aún existían más ealternativas.
Esa es la lección principal: el verdadero poder ciudadano se ejerce desde el inicio del proceso. Es en la primera vuelta donde realmente se define el rumbo. Si dejamos que otros filtren las opciones, después no podemos sorprendernos cuando el menú final no nos satisface. No participar temprano es hipotecar el futuro.
Escucho con frecuencia la frase: “ningún candidato me representa” y entiendo ese sentimiento. Yo también lo he experimentado. Pero la democracia ofrece mecanismos incluso para expresar el desencanto. El voto en blanco o el voto nulo no son indiferencia; son mensajes políticos medibles. En cambio, la ausencia no deja huella. Es silencio estadístico. Y el silencio no incomoda a nadie.
Si no se ejercita la democracia, se atrofia. Cuando la participación disminuye, el sistema se debilita. Y en esos vacíos siempre aparecen quienes prometen soluciones simples a problemas complejos, incluso a costa de libertades. La historia, en el Perú y fuera de él, lo demuestra.
A veces creemos que la política es algo lejano, ajeno a nuestra vida cotidiana. Pero no es así. Las decisiones que se toman desde el poder afectan la educación de nuestros hijos, la atención en los hospitales, las oportunidades de empleo, la estabilidad económica. No participar no nos protege de esas decisiones; solo nos excluye de influir en ellas.
Por eso, aunque el entusiasmo no siempre me acompañe, sé que iré a votar. Tal vez marque la cédula con dudas, quizá sin una ilusión desbordante. Pero lo haré convencido de que la alternativa a una democracia imperfecta no es una democracia mejor por arte de magia, sino el riesgo de perderla. Para mí, votar no es un acto de fe ciega. Es un acto de responsabilidad con mi conciencia, con mi país y con quienes vendrán después
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