OPINIÓN/ Reflexiones de un peruano mayor ante las elecciones
Escribe: Eco. José Soto Lazo

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Votar a los 60 es votar con memoria, con cicatrices, pero también con dignidad. Es entender que la democracia es imperfecta, pero que cualquier alternativa diferente siempre ha sido peor.
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Permítanme nuevamente escribir desde un punto de vista personal. A mi edad he votado en más de una decena de elecciones presidenciales. He visto pasar gobiernos militares y democráticos, he marcado cédulas esperanzado y decepcionado, he celebrado triunfos que se convirtieron en tragedias. Y ahora, cuando me preparo para las elecciones de abril de 2026, me encuentro reflexionando sobre lo que significa votar cuando ya has vivido tanto.
Lo primero que siento es una mezcla extraña de responsabilidad y escepticismo. La responsabilidad viene de haber luchado por este derecho. Recuerdo cuando votar era un privilegio que podía ser suspendido, cuando la democracia no era algo garantizado. Por eso, aunque esté cansado, sé que no puedo darme el lujo de no participar.
El escepticismo viene de la experiencia. He visto presidentes destituidos, renunciados, presos, prófugos. He visto promesas de campaña evaporarse al día siguiente de la juramentación. He aprendido a desconfiar de los discursos grandilocuentes y las soluciones mágicas. A esta edad, uno ya no se deja deslumbrar fácilmente.
Lo que más me preocupa es la cantidad abrumadora de opciones. Cuando veo que hay más de 35 partidos en carrera, no siento que tengo más democracia, sino más confusión. ¿Cómo investigar a todos? ¿Cómo distinguir entre un proyecto serio y una aventura electoral? A mi edad, ya no tengo la energía ni el tiempo para estudiar cada propuesta con el detalle que merecería.
Mis amigos y familiares me preguntan por quién votar. Esperan que mi experiencia les dé alguna guía, alguna claridad. Pero lo único que puedo decirles es que voten con conciencia, que lean lo que puedan, que desconfíen de las promesas imposibles. Es un consejo pobre, lo sé, pero es el más honesto que tengo.
He sobrevivido a la hiperinflación de los ochenta, al terrorismo, a la pandemia y a las crisis políticas que parecían el fin del mundo y que sin embargo superamos. Eso me da cierta perspectiva: el Perú ha pasado por cosas peores y ha seguido adelante. Pero también me da tristeza ver que, después de tantos años, seguimos tropezando con las mismas piedras.
Quienes votarán por primera vez en estas elecciones, tienen una energía y una esperanza que a lo mejor ya no siento con la misma intensidad. Ellos creen que su voto puede cambiar el rumbo del país. Yo no quiero quitarles esa ilusión, aunque mi propia experiencia me ha enseñado a moderar las expectativas.
Lo que sí he aprendido es que la democracia no es un evento cada cinco años, es un proceso continuo. El problema no es solo a quién elegimos, sino cómo nos mantenemos vigilantes después. Luego de los 60 años, entiendo que votar es apenas el primer paso, y que lo que viene después —exigir, fiscalizar, participar— es igualmente importante.
El 12 de abril volveré a hacer fila, marcaré mi voto con la misma seriedad de siempre, y saldré con la esperanza moderada de que, esta vez, quizás las cosas puedan ser un poco mejores. No espero milagros. Solo espero que el país que deje a mis nietos tenga al menos las mismas oportunidades que yo tuve, y ojalá algunas más.
Votar a los 60 es votar con memoria, con cicatrices, pero también con dignidad. Es entender que la democracia es imperfecta, pero que cualquier alternativa diferente siempre ha sido peor.
Votar a los 60 años significa llevar a la mesa de votación todo lo vivido. Cada marca en la cédula lleva el peso de los recuerdos: las veces que nos ilusionamos y nos decepcionaron, las veces que acertamos y nos equivocamos, las crisis que sobrevivimos y las oportunidades que perdimos. Son cicatrices políticas que nos han enseñado a ser cautelosos, pero que no nos han quitado la dignidad de seguir intentando.
A esta edad, uno entiende que la democracia no es perfecta. Es lenta, ruidosa, frustrante, y muchas veces elige mal. Pero también he vivido lo suficiente para saber que cuando no hubo democracia, hubo algo mucho peor. Por eso, aunque la democracia me canse y me decepcione, sigo prefiriéndola mil veces. Al menos me permite quejarme, exigir y volver a intentar cada cierto tiempo.
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