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OPINIÓN/ La historia del vuelo a La Habana: la operación que casi nadie conoció.

Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

 

Y aunque para la opinión pública fue apenas una nota al margen de la crisis de la residencia del embajador japonés que culminó con éxito en la operación de rescate Chavín de Huántar, para quienes estuvimos al mando de las dos aeronaves significó algo más: la certeza de haber respondido con eficacia

 

Luego de ver la película Chavín de Huántar: el rescate del siglo, regresó a mi memoria un episodio que permaneció en reserva durante muchos años y que, con el paso del tiempo, ya forma parte de la historia. Vale la pena contarlo.

La operación empezó un domingo 02 de marzo de 1997, exactamente a las 5:00 a.m., con una llamada telefónica para activar a la tripulación de alerta del Fokker F-28 para un supuesto vuelo al Cusco a las 8:00 a.m. Era lo de siempre: una llamada temprana, instrucciones escuetas y la sensación habitual de que se trataba de otro vuelo VIP, ya fuera con el presidente o con algún funcionario de alto rango del gobierno.

Lo que no sabíamos era que terminaríamos aterrizando en Santo Domingo casi 24 horas después, a las 8:30 de la mañana del día siguiente, con toda la prensa extranjera que seguía minuto a minuto las incidencias desde las afueras de la residencia del embajador japonés aún tomada por el MRTA viajando a bordo del mismo avión.

Nuestro periplo en el F-28 comenzó a las 7:30 p.m., partiendo desde la rampa del Grupo Aéreo N.º 8, con escalas técnicas en Iquitos y en Barquisimeto, Venezuela con las únicas instrucciones que al arribar a Santo Domingo debíamos esperar instrucciones. El B-737/500 Fuerza Aérea 001, que transportaría al señor presidente Fujimori despegaría el día siguiente en vuelo directo desde Lima, aterrizando en Santo Domingo alrededor de las 2:30 p.m.

Aproximadamente a las 4:30 p.m., la tripulación del FAP 001, al llegar al hotel, nos encontró a los pilotos del F-28 como era previsible en un soleado día caribeño metidos en la piscina, sin imaginar aún lo que se avecinaba. Fue en ese momento que nos informaron que el presidente deseaba una reunión con las dos tripulaciones en su habitación a las 7:30 p.m. Ahí comprendimos que el vuelo había mutado en algo mucho más delicado.

Cuando entramos a la habitación y el presidente Fujimori nos recibió con ese estilo frío, reservado, casi impenetrable que siempre tuvo.

Sin rodeos, nos explicó la operación:

  • El F-28 es decir, nosotros que transportábamos a la prensa extranjera que cubría la crisis de la embajada debíamos aterrizar en La Habana alrededor de las 8:30 de la mañana, unos minutos antes que el FAP 001.

  • Una vez estacionados en rampa y con los pasajeros abajo, la prensa debía presenciar la aproximación y aterrizaje del avión presidencial, lo que formaba parte de un guion cuidadosamente diseñado.

El detalle clave en el planeamiento era este: ni la prensa extranjera ni la tripulación auxiliar debía saber que el destino final era La Habana.

Por lo tanto, en el briefing de seguridad y bienvenida a bordo teníamos que anunciar como siguiente destino: Cancún.

Así despegamos, rumbo a Cuba, con todos a bordo convencidos de que íbamos a México.

La parte anecdótica la puso el piloto al mando. En la aproximación final, y con la pista ya a la vista, tomó el micrófono y anunció con total naturalidad:

“Señores pasajeros, bienvenidos a La Habana.”

 

En ese instante se desató un desconcierto monumental.

Los pasajeros extranjeros, en su gran mayoría, se sintieron engañados; algunos posiblemente secuestrados, otros furiosos, y todos profundamente desconcertados. Las reclamaciones y la indignación fueron inmediatas: nadie entendía qué hacían en Cuba si habían sido embarcados con rumbo a Cancún.

Una vez parqueados, a poca distancia de la zona VIP del aeropuerto se apreciaba un intenso movimiento protocolar, clara señal de que esperaban la llegada del avión presidencial del Perú.

Ese día, luego de completar los servicios a ambos aviones y quedar listos para despegar a la primera orden del presidente, permanecimos inamovibles en el aeropuerto José Martí, a la espera de que el encuentro entre el presidente Fujimori y Fidel Castro alcanzara los objetivos previstos.

Alrededor de las 6:30 p.m., vimos llegar al presidente Fujimori acompañado de Fidel Castro, quien lo acompañó hasta la escalinata del avión para despedirlo. En ese momento, los pilotos del B737-500 solicitaron el permiso correspondiente y, aprovechando la ocasión, descendieron de la aeronave para tomarse una foto con Fidel, quien accedió con total cordialidad.

Pocos minutos después, el avión presidencial despegó en vuelo directo hacia Lima, fue un momento ampliamente cubierto por la prensa extranjera. Acto seguido, abordamos el F-28 para iniciar el periplo de retorno a Lima, con escalas técnicas nuevamente en Barquisimeto, Venezuela, e Iquitos, hasta finalmente arribar a Lima a las 8:30 a.m. del día siguiente.

La ejecución de la misión tuvo un epílogo formal: el 4 de marzo de 1997, el presidente Fujimori hizo llegar a la Fuerza Aérea una carta de felicitación para las tripulaciones de ambos aviones por el “eficiente desempeño en el transcurso de la importante misión”, cuyo objetivo según el propio mensaje había sido facilitar los encuentros del Presidente del Perú con los mandatarios de República Dominicana y de Cuba, encuentros que “permitieron alcanzar los objetivos previstos”.

Era la confirmación oficial del éxito de la misión. Aquella operación, tan insólita como espontánea para nosotros, había respondido en realidad a una estrategia política cuidadosamente calculada.

Al final, lo que comenzó como un llamado rutinario a las cinco de la mañana terminó convirtiéndose en una operación diplomática de precisión milimétrica. Para nosotros, tripulantes del F-28 y del B-737/500 FAP 001, fue una misión inesperada, exigente y, por momentos, desconcertante; pero desempeñada con la profesionalidad a la que estábamos acostumbrados y que exigía cada vuelo VIP que realizábamos. Años después, resulta evidente que aquella maniobra, diseñada lejos de los radares públicos y ejecutada casi en silencio, contribuyó a los objetivos políticos del país en uno de los momentos más tensos de su historia reciente.

Y aunque para la opinión pública fue apenas una nota al margen de la crisis de la residencia del embajador japonés que culminó con éxito en la operación de rescate Chavín de Huántar, para quienes estuvimos al mando de las dos aeronaves significó algo más: la certeza de haber respondido con eficacia, disciplina y discreción a una misión que casi nadie conoció, pero que debía salir bien.

“Y salió bien.”

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