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OPINIÓN/ El clima dentro de un Octógono: Hay algo que no termina de cuadrar

Escribe: Julio César Villafuerte

Si después de décadas de Niños, lluvias, sequías, huaicos e inundaciones seguimos llamando “extraordinario” a que la naturaleza haga lo que sabemos que puede hacer, quizá lo extraordinario ya no sea el clima.

El Perú tiene instituciones especializadas, profesionales experimentados, estaciones meteorológicas, radares, satélites, modelos, información oceánica, sistemas de alerta y décadas enfrentando lluvias, sequías, heladas, friajes e inundaciones.

Además, cada año sabemos aproximadamente cuándo comienza nuestra temporada de lluvias. Entonces, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué seguimos teniendo prácticamente los mismos problemas?

Quizá hemos estado buscando la respuesta en el lugar equivocado.

Nos preguntamos si falló el pronóstico, si El Niño llegó o no llegó, si la lluvia fue extraordinaria o si determinado modelo acertó. Pero pocas veces nos preguntamos algo anterior y posiblemente más importante: ¿está bien organizado el país para entender y gestionar su clima?

Hace unos días, revisando el denominado Octógono de Pérez López, utilizado para analizar organizaciones, encontré una idea interesante: una organización compleja no puede comprenderse observando separadamente sus partes. Hay que entender cómo interactúan estructura, estrategia, sistemas, capacidades, personas, misión y valores.

Entonces pensé: ¿Qué pasaría si colocáramos nuestra gestión del sistema climático peruano dentro de ese Octógono?

A nuestra manera de observarlos, estudiarlos, comunicarlos y, principalmente, convertir ese conocimiento en decisiones.

Quizá al Perú no le falta conocimiento climático. Quizá lo que nos falta es convertir muchas capacidades individuales en una verdadera capacidad nacional.

Tenemos meteorólogos, oceanógrafos, hidrólogos, glaciólogos, ingenieros, agrónomos y especialistas en gestión del riesgo. Tenemos SENAMHI,, CENEPRED, IMARPE, ENFEN, ANA, IGP, INDECI, COEN, universidades, Fuerzas Armadas, gobiernos regionales y locales, además de información producida por grandes centros internacionales.

Tenemos las piezas.

La pregunta es si funcionan como un sistema.

El Octógono permite observar una organización en varios niveles. Simplificando el ejercicio podríamos hablar de tres: hacer, saber y querer.

Tenemos el hacer: instituciones, normas, competencias, protocolos, pronósticos, boletines, alertas y procedimientos.

Tenemos el saber: conocimiento científico, especialistas, tecnología y una enorme cantidad de información.

Entonces llegamos probablemente al más difícil: el querer trabajar como sistema.

¿Compartimos realmente la información? ¿Integramos disciplinas? ¿Construimos diagnósticos comunes? ¿Escuchamos al territorio? ¿O cada institución observa correctamente su parcela mientras suponemos que, al juntar todos los informes, aparecerá mágicamente la imagen completa?

Porque una colección de especialistas no necesariamente constituye un sistema. Y esto resulta particularmente evidente cuando hablamos del clima peruano.

Durante años discutimos sobre la temperatura superficial del Pacífico, Niño 1+2, Niño 3.4, ondas Kelvin o probabilidades ENSO. Todo eso es importante.

Pero el clima peruano no termina en el Pacífico ecuatorial.

¿Qué está haciendo la Zona de Convergencia Intertropical? ¿Cómo se comporta el Anticiclón del Pacífico Sur? ¿Qué ocurre con la humedad proveniente de la Amazonía? ¿Qué sucede en los Andes? ¿Cómo responden los suelos, ríos, glaciares y ecosistemas?

Y después de integrar todo eso viene una pregunta mucho más importante: ¿Qué significa para las personas?

Podemos producir un excelente diagnóstico del océano y todavía no saber qué decisión debería tomar un alcalde, un agricultor, una empresa o una familia.

Allí aparece la misión.

¿La misión de un Sistema Climático Nacional debería ser pronosticar El Niño? Sería demasiado poco.

Debería ser comprender el sistema climático peruano y transformar conocimiento en decisiones que protejan a la población, reduzcan pérdidas y permitan aprovechar oportunidades.

Un ejemplo es revelador. Cuando se anuncian lluvias intensas hablamos inmediatamente de inundaciones, huaicos y daños. Correcto.

Pero ¿cuántas veces preguntamos cuánto de esa agua podemos captar, almacenar o infiltrar? ¿Cuánto podría alimentar acuíferos o reservarse para agricultura y consumo humano?

Durante algunos meses tememos tener demasiada agua y poco después comenzamos a preocuparnos porque nos falta.

Quizá el problema no sea solamente climático. También es organizacional.

Publicamos comunicados. Elaboramos mapas. Calculamos probabilidades. Actualizamos índices. Emitimos alertas.
Todo necesario.

Pero existe una pregunta incómodamente sencilla: ¿Quién tomó una mejor decisión gracias a esa información?

Si un alcalde recibe un pronóstico, pero no sabe qué quebrada debe intervenir primero, falta algo. Si un agricultor conoce la probabilidad de El Niño pero no sabe qué significa para su valle, falta algo. Si una empresa conoce el pronóstico estacional, pero desconoce cuáles de sus instalaciones son vulnerables, también falta algo.

Eso es pasar del dato a la decisión.

Y todavía falta el territorio.

Un Sistema Climático Nacional no puede funcionar solamente de arriba hacia abajo. También debe funcionar de abajo hacia arriba.

Una comunidad conoce dónde ingresó el río. Un agricultor observa su territorio. Un alcalde sabe qué camino queda aislado. Una empresa conoce dónde puede interrumpirse su operación.

El pronóstico debe bajar hacia el territorio, pero la realidad del territorio también debe subir hacia quienes pronostican y deciden.

Por eso considero necesario discutir una instancia permanente que articule nuestro Sistema Climático Nacional. No otra institución ni otra estructura burocrática.

Precisamente lo contrario: hacer que lo que ya tenemos funcione como sistema, alrededor de una misión común. Meteorología, oceanografía, hidrología, agricultura, infraestructura, gestión del riesgo, gobiernos, universidades, sector privado y población.

No para esperar al próximo Niño. Para trabajar todos los años.

Porque todos los años llueve. Todos los años tenemos sequías, heladas, friajes, incendios, inundaciones o deslizamientos. Y todos los años nuestro territorio vuelve a recordarnos que el clima peruano es mucho más grande que un solo fenómeno.

Quizá, entonces, llevamos demasiado tiempo preguntando: ¿Qué está pasando con el clima?

Cuando deberíamos preguntarnos: ¿Qué está pasando con nosotros frente al clima?

Porque la atmósfera, el océano, los Andes y la Amazonía sí funcionan como un sistema. No esperan reuniones de coordinación, no necesitan decretos y tampoco leen nuestros comunicados.

Los que todavía no conseguimos funcionar como sistema somos nosotros.

Y si después de décadas de Niños, lluvias, sequías, huaicos e inundaciones seguimos llamando “extraordinario” a que la naturaleza haga lo que sabemos que puede hacer, quizá lo extraordinario ya no sea el clima.

Lo extraordinario es nuestra capacidad para sorprendernos todos los años de lo mismo.

Digo yo.

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