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OPINIÓN/ El sentido de un imperio

Escribe: César Campos R.

Con Trump no es posible hablar del imperio de los sentidos, sino del sentido de un imperio que, bajo su mando, se alza sobre cánones heterodoxos, pero de controversial efectividad.

Había que ser un redomado cínico o idiota para no advertir que la captura de Nicolás Maduro se produciría sí o sí por parte de las fuerzas especiales de los Estados Unidos, temprano o tarde este 2026. Todo el terreno abonado por las maniobras militares en el Caribe con la anuencia de Trinidad y Tobago (ubicada a solo 11 km de las costas de Venezuela) y las operaciones conjuntas con la aviación de Ecuador en el puerto de Manta a fin de combatir el narcotráfico (17 de diciembre), las revelaciones de los diálogos telefónicos entre Donald Trump y Maduro, en los cuales el primero instaba al segundo a dejar el mando supremo sin obtener un compromiso explícito, entre tantos otros elementos, revelaban que la intervención “quirúrgica” era ya irreversible.

Las dudas de fondo eran otras. Lo primero, si habría una resistencia bélica por parte de las fuerzas armadas chavistas capaz de contener la ofensiva norteamericana, provocarle un fracaso más estrepitoso que Bahía de Cochinos. Se comprueba que no fue así pues, de manera sospechosa, las baterías antiaéreas se abstuvieron de disparar un solo tiro. Además, se especula sobre la desactivación de los radares operados con asistencia rusa. Como bien compara Trump, la intervención de la guarida de Maduro fue en la línea de la realizada en 2011 a la de Osama Bin Laden durante la administración de Barack Obama, solo que esta culminó con la muerte del terrorista. No es un tema tangencial que el sátrapa venezolano conserve la vida y fuera trasladado a Nueva York para ser juzgado por delitos comunes.

Lo segundo es lo relativo al costo de la violación de principios internacionales sobre no intervención y respeto a la soberanía de los países. En casos como los de Venezuela, donde la mafia chavista se consolidó a espaldas del mayoritario respaldo popular y provocó un serio problema de seguridad regional por la masiva migración de sus ciudadanos, se empodera el principio de la realidad. Así ocurrió con Panamá en 1989, cuando EE. UU. lo invadió para capturar a Manuel Antonio Noriega y juzgarlo por narcotráfico, igual como hará con Maduro. Hubo entonces muchas rasgadas de vestiduras y proclamas antiimperialistas, pero a George Bush padre ni a algún miembro de su administración le interesaba quedarse en el istmo. Fueron por lo suyo y se retiraron.

Y lo tercero apunta a las diferencias con el espejo panameño, pues —como bien dice Andrés Oppenheimer— la acción contra Maduro debe llevar por título “operación militar impecable, plan político indescifrable”. En su conferencia de prensa de ayer, Trump deja en el limbo lo que ocurrirá en la era inmediata post-Maduro. Afirmó que el secretario de Estado, Marco Rubio, se ha comunicado con la vicepresidenta Delcy Rodríguez (a quien calificó de “buena mujer”), ninguneó a la premio Nobel de la Paz Corina Machado, sosteniendo que no todos la quieren en Venezuela, y que EE. UU. administrará el país hasta lograr una transición con paz y justicia, sin profundizar sobre el tema.

Con Trump no es posible hablar del imperio de los sentidos, sino del sentido de un imperio que, bajo su mando, se alza sobre cánones heterodoxos, pero de controversial efectividad.

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