Cada vez que empiezan las lluvias intensas en el Perú, el debate público se reduce a una pregunta casi automática: ¿es o no es El Niño?
La discusión técnica importa. Un ENSO (El Niño – Oscilación Sur) plenamente acoplado implica alteraciones atmosféricas a escala del Pacífico ecuatorial; un calentamiento costero como el actual, puede ser más focalizado y estacional. Para los oceanógrafos y meteorólogos, la diferencia si es relevante.
Para las familias que pierden su vivienda y para los agricultores no.
Desde el punto de vista económico, la discusión semántica cambia poco cuando las pérdidas se repiten. El fenómeno natural no es el verdadero diferenciador. La vulnerabilidad sí lo es.
La comparación más útil para el Perú no está en Europa ni en Estados Unidos. Está en la costa del Pacífico suramericano.
Guayaquil y Piura comparten rasgos estructurales importantes.
Guayaquil, con cerca de 2,7 millones de habitantes en su área metropolitana, se ubica en la cuenca del río Guayas, uno de los sistemas fluviales más extensos de la región.
Piura, con alrededor de 2,0 millones de habitantes, depende del río Piura, históricamente desbordado en 1983, 1998 y 2017.
Ambas están cerca del Pacífico oriental. Ambas han sufrido eventos extremos asociados a calentamientos oceánicos con acoplamiento atmosférico. Ambas combinaron expansión urbana acelerada con presión social en zonas vulnerables. Ambas arrastran memoria histórica de desastres severos.
En 1997–1998, Ecuador y Perú enfrentaron uno de los eventos más intensos del siglo XX. En 2017, nuevamente ambos países registraron impactos significativos. La diferencia no radicó en que uno tuviera menos lluvia que el otro, sino en la trayectoria institucional posterior, el resultado, el desarrollo de Guayaquil en cifras, es superior a la primera ciudad fundada del Perú.
Tras sus crisis, Ecuador reforzó la coordinación entre el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología del Ecuador, el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada y los sistemas municipales de gestión de riesgo. Guayaquil invirtió en estaciones hidrometeorológicas, drenaje pluvial urbano y sistemas de bombeo, vinculando alertas técnicas con protocolos graduales de respuesta.
Eso no significa que Guayaquil haya eliminado el riesgo. Significa que el monitoreo está más integrado a la toma de decisiones.
En el Perú, el Niño Costero de 2017 dejó pérdidas superiores a los USD 3.000 millones. Piura volvió a mostrar lo que ya se sabía desde 1983: vulnerabilidad estructural frente al río, drenaje insuficiente y ocupación urbana persistente en zonas críticas.
Se han hecho obras desde entonces. Pero la pregunta estratégica no es cuánto se ha gastado, sino cuánto se ha transformado el sistema de decisión ante alertas tempranas.
No basta con medir. Hay que automatizar decisiones. Aquí emerge el punto central: no se trata solo de tener datos, sino de convertir datos en decisiones automáticas.
La evidencia internacional es consistente. Los sistemas de alerta temprana bien financiados y articulados pueden reducir entre 20% y 35% las pérdidas económicas en eventos severos. En escenarios moderados, la reducción puede acercarse al 50%.
Es decir, una proporción relevante del daño no es inevitable. Es mitigable.
Cuando una ciudad integra monitoreo en tiempo real de cuenca, estaciones automáticas, modelamiento hidrológico y protocolos con umbrales claros de activación, el impacto cambia de escala. No desaparece la inundación, pero disminuye la desorganización.
La prevención no elimina el fenómeno. Reduce la improvisación.
Sin embargo, la prevención enfrenta un obstáculo estructural: es menos visible que la reconstrucción.
Un puente reconstruido tras el desastre tiene ceremonia de inauguración. Un sistema de drenaje profundo no, una red de sensores hidrometeorológicos tampoco produce fotografías.
Desde el punto de vista fiscal, la inversión preventiva es más racional. Evita multiplicar gastos posteriores en reconstrucción, compensaciones y paralización económica. Pero desde el punto de vista político, el incentivo suele favorecer la reacción visible antes que la anticipación silenciosa. Y ahí aparece el factor más incómodo de todos.
¿Qué ocurriría si una lluvia piurana, de intensidad moderada (no histórica, no catastrófica) cayera durante varios días sobre Lima? (que es improbable).
Lima concentra más de 10 millones de habitantes y alrededor de un tercio del PBI nacional. Es una ciudad mayormente árida, cuya infraestructura pluvial es limitada porque su climatología promedio no exige sistemas extensivos de drenaje.
Si una lluvia sostenida colapsara vías principales, afectara distritos financieros o interrumpiera el transporte metropolitano, la reacción sería inmediata: sesiones permanentes del Ejecutivo, declaratorias rápidas de emergencia, cobertura mediática continua, presión directa del sector privado.
No porque el evento fuera técnicamente extremo. Sino porque su costo político y económico sería intolerable.
En cambio, cuando las inundaciones afectan recurrentemente a Piura, el país tiende a procesarlas como parte del ciclo climático del norte. La emergencia se vuelve estacional. La destrucción se normaliza.
Si Lima experimentara con frecuencia proporcional las inundaciones que sufre Piura, el sistema nacional de drenaje y alerta temprana tendría estándares mucho más exigentes desde hace décadas.
Volviendo a la comparación inicial, Guayaquil y Piura comparten historia climática. Comparten exposición al mismo océano. Comparten memoria de eventos severos.
Pero la diferencia no está en la interacción océano – atmosfera. Está en la gestión.
Ecuador entendió que no podía evitar el fenómeno, pero sí podía reducir la vulnerabilidad urbana. Mejoró su articulación técnica, fortaleció capacidades municipales y vinculó información a decisiones concretas.
Perú ha invertido, sí. Pero el debate público sigue atrapado en una pregunta preliminar: si estamos o no ante un Niño.
Mientras discutimos la etiqueta, el riesgo estructural se acumula.
El globalizado cambio climático añade incertidumbre adicional. Pero esa incertidumbre no explica la repetición del mismo patrón institucional. Piura tiene suficiente memoria histórica (1983, 1998, 2017) para justificar una política permanente de anticipación, no una estrategia episódica de respuesta.
La pregunta estratégica no es: ¿si este año el Pacífico alcanzará o no los umbrales clásicos del ENSO, o cuánto durará el calentamiento oceánico en el Niño 1+2?
La pregunta es otra: ¿hemos aprendido algo frente a ciudades comparables que comparten exposición climática similar?
El océano no distingue fronteras. La lluvia no tiene nacionalidad. Pero la inversión pública sí refleja prioridades.
NO es El Niño. Es cuánto estamos dispuestos a seguir perdiendo por no anticiparnos. Y mientras esa pérdida sea tolerable cuando ocurre lejos de la capital, seguirá siendo políticamente aceptable.
Buen artículo.!
Esclarecedor y muy buen análisis de la situación.