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OPINIÓN/ La guerra que no se declara

Escribe: Alberto Carpio Ávila

el verdadero peligro no reside en la guerra que todos temen. Sino en la guerra que nadie declara… y que, sin embargo, parece haber comenzado.

El narrador sabe que las guerras más peligrosas no siempre comienzan con una declaración formal ni con el cruce visible de ejércitos. A veces se instalan de manera gradual, casi imperceptible, como una tensión que se vuelve rutina. El mundo contemporáneo parece haberse deslizado hacia ese territorio ambiguo: un espacio donde no hay paz plena, pero tampoco guerra abierta entre las grandes potencias.

En la superficie, los conflictos aparecen fragmentados. Ucrania arde en el este de Europa; Gaza concentra la atención en Oriente Medio; el Mar Rojo se vuelve una ruta incierta; Asia observa con cautela los movimientos en torno a Taiwán. Cada uno de estos escenarios tiene sus causas inmediatas, sus actores locales, sus historias particulares. Sin embargo, el narrador percibe un hilo común que los conecta: todos son puntos de fricción en un sistema internacional que ha dejado de ser unipolar y aún no ha encontrado un nuevo equilibrio.

Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera del planeta, pero ya no opera en un entorno donde sus decisiones se imponen sin resistencia. Rusia desafía ese orden en Europa del Este; China lo hace en el terreno económico y tecnológico; Irán, con recursos más limitados, ejerce influencia a través de redes regionales. No se trata de una alianza formal entre estos actores, sino de una convergencia de intereses frente a un mismo fenómeno: la redistribución del poder global.

En este contexto, la guerra adopta formas menos visibles. Estados Unidos comparte inteligencia con Ucrania, proporcionando información que permite anticipar movimientos y ejecutar operaciones con precisión. Rusia, por su parte, mantiene vínculos estratégicos con Irán y otros actores regionales, en una dinámica donde la información, la tecnología y el asesoramiento sustituyen muchas veces a la intervención directa. Ninguna de estas acciones constituye, por sí sola, una declaración de guerra entre potencias. Pero juntas configuran un sistema de confrontación indirecta que recuerda, en su lógica, a los conflictos por delegación del siglo XX.

El narrador observa que esta forma de guerra tiene una característica particular: todos los actores buscan influir sin cruzar el umbral que convertiría la tensión en una confrontación abierta. La prudencia no nace de la moderación, sino del cálculo. Las potencias saben que un enfrentamiento directo entre ellas tendría consecuencias impredecibles, especialmente en un mundo donde las armas nucleares siguen siendo un factor determinante.

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El mundo asiste a una proliferación de escenarios intermedios

Esa conciencia introduce un límite, pero no elimina el conflicto, solo lo desplaza.

En lugar de grandes batallas entre Estados, el mundo asiste a una proliferación de escenarios intermedios: ataques selectivos, sanciones económicas, operaciones encubiertas, campañas de desinformación y, sobre todo, intercambio de inteligencia. La información se ha convertido en un instrumento central del poder, porque permite alterar el curso de los acontecimientos sin necesidad de desplegar fuerzas masivas.

El narrador recuerda que, en 2007, en Múnich, Vladímir Putin cuestionó abiertamente el orden internacional surgido tras la Guerra Fría. Denunció la unipolaridad, criticó la expansión de la OTAN y advirtió sobre un sistema que, desde la perspectiva rusa, no ofrecía garantías de equilibrio. En aquel momento, sus palabras fueron interpretadas por muchos como una señal de incomodidad, no como el anuncio de una transformación estructural. Sin embargo, con el paso de los años, ese discurso ha adquirido una dimensión distinta: no como una profecía exacta, sino como la expresión temprana de una fractura que hoy resulta evidente.

El mundo actual parece confirmar, al menos en parte, aquella intuición: el poder ya no se concentra en un solo centro, y la competencia entre actores se intensifica en múltiples frentes. Pero esa multipolaridad no ha traído estabilidad. Al contrario, ha generado un sistema más complejo, donde las reglas son interpretadas de manera distinta por cada potencia y donde los conflictos tienden a expandirse sin resolverse completamente.

En Oriente Medio, esta dinámica se manifiesta con particular claridad. Israel enfrenta amenazas provenientes de actores vinculados a Irán; Estados Unidos responde a ataques contra sus intereses en la región; Irán, a su vez, actúa a través de aliados que le permiten proyectar influencia sin exponerse directamente. No hay una guerra formal entre Estados Unidos e Irán, pero sí una red de enfrentamientos indirectos que mantienen la región en un estado de tensión constante.

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Cada ataque, cada error de cálculo, cada escalada local contiene el riesgo de desencadenar una reacción en cadena

El narrador comprende que esta forma de conflicto tiene una consecuencia inquietante: la normalización de la inestabilidad. Cuando la guerra no se declara, se vuelve más difícil identificar sus límites. Los actores pueden intensificar sus acciones sin asumir plenamente las responsabilidades de una guerra abierta. La ambigüedad se convierte en estrategia.

Y, sin embargo, esa misma ambigüedad es frágil. Cada ataque, cada error de cálculo, cada escalada local contiene el riesgo de desencadenar una reacción en cadena que supere los controles establecidos. La historia muestra que los sistemas internacionales no siempre colapsan por decisiones deliberadas; a veces lo hacen por acumulación de tensiones que nadie logra contener a tiempo.

El narrador concluye que el mundo no se encuentra en una guerra total, pero tampoco en una paz estable. Se mueve en un espacio intermedio, donde la confrontación es permanente y la escalada es siempre posible. Es un equilibrio precario, sostenido más por el temor a las consecuencias que por la existencia de reglas compartidas.

En ese equilibrio, las grandes potencias siguen evitando el enfrentamiento directo.

No obstante, están cada vez están más cerca de él.

Y el verdadero peligro no reside en la guerra que todos temen.

Sino en la guerra que nadie declara… y que, sin embargo, parece haber comenzado.

 

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