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OPINIÓN/ Un país que ya no confía

Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

El deterioro ético y profesional que está empujando al Perú hacia una crisis de legitimidad

El Perú atraviesa una de las etapas más delicadas de su historia reciente. No necesariamente por una guerra, una crisis económica o una catástrofe natural, sino por algo quizás más peligroso: el deterioro progresivo de la confianza ciudadana en sus propias instituciones.

Hoy, millones de peruanos sienten que las entidades llamadas a garantizar equilibrio, seguridad, transparencia, legalidad y estabilidad han perdido la capacidad de transmitir credibilidad. Y cuando un país desconfía de sus organismos electorales, de sus instituciones públicas, de sus órganos de control, de su sistema político, de su sistema de justicia y hasta de la imparcialidad de quienes deben garantizar la legalidad, la crisis dejó de ser únicamente política. Se transformó en una crisis moral e institucional.

El problema no es solo quién gobierna. El problema es que la ciudadanía percibe que muchas decisiones fundamentales están concentradas en pequeños grupos de poder alejados de la realidad del país, protegidos por formalismos legales, pero desconectados de la legitimidad y de la responsabilidad ética que exige una democracia.

La legalidad, por sí sola, ya no basta cuando la población deja de confiar.

Porque una resolución puede ser legal y, aun así, generar dudas legítimas.

Una decisión puede ajustarse al procedimiento y, sin embargo, dejar una sensación profunda de injusticia o manipulación.

Y una institución puede pretender mantener su estructura intacta mientras pierde lentamente aquello que realmente sostiene a un Estado:

La credibilidad

El Perú enfrenta hoy un desgaste institucional acumulado durante años. La improvisación, la incapacidad moral y profesional de muchas autoridades y funcionarios para asumir responsabilidades, las contradicciones públicas, la falta de transparencia y la percepción de impunidad han erosionado peligrosamente la relación entre el ciudadano y el Estado.

Y lo más preocupante es que muchos parecen no comprender la magnitud del daño.

Una democracia no se destruye solamente con golpes de Estado. También puede debilitarse lentamente cuando las instituciones dejan de inspirar confianza, cuando la población siente que no existe igualdad de trato y cuando el ciudadano percibe que su voz vale menos que los intereses de esos pequeños grupos enquistados en el poder.

La historia demuestra que ningún país puede sostenerse indefinidamente sobre la desconfianza colectiva. Porque cuando las personas dejan de creer en sus instituciones, aparecen la frustración, la polarización, el resentimiento y el riesgo de ruptura social.

El Perú necesita recuperar algo más importante que la estabilidad política:

Se necesita recuperar autoridad profesional y moral

Eso exige transparencia real, rendición de cuentas, respeto al ciudadano y funcionarios capaces de comprender que el poder no es un privilegio personal ni una protección corporativa, sino una responsabilidad histórica frente a toda la nación.

También exige ciudadanos vigilantes, críticos y conscientes de que defender la democracia no significa obedecer ciegamente a las instituciones, sino exigir que estas estén a la altura de la confianza que reclaman.

Porque el verdadero peligro para un país comienza cuando la población ya no sabe en quién creer.

Y lamentablemente, ese es el Perú en el que vivimos hoy: un país con el que nos hemos mal acostumbrado a convivir.

Un país donde la mediocridad ya no genera escándalo, la corrupción dejó de sorprender y la incapacidad profesional terminó infiltrándose en gran parte del aparato estatal.

Hemos normalizado autoridades sin preparación, funcionarios sin independencia y organismos que muchas veces parecen responder más a intereses políticos, ideológicos o económicos que al deber de proteger al ciudadano y al Estado.

El resultado es un país atrapado en una crisis permanente de credibilidad, donde cada decisión pública genera sospecha, cada proceso importante despierta desconfianza y cada institución parece arrastrar su propia pérdida de legitimidad. Así, el deterioro institucional deja de ser un problema aislado y se convierte en una forma de gobierno.

La estabilidad institucional no puede construirse sobre la desconfianza ciudadana. De nada sirve priorizar el calendario electoral o llegar apresuradamente a una proclamación presidencial el 28 de julio si el país inicia, inmediatamente después, un nuevo periodo de inestabilidad, confrontación y crisis de legitimidad.

Un país puede tener un presidente proclamado legalmente y, aun así, enfrentar una profunda crisis política y social si una parte significativa de la población siente que las autoridades electorales actuaron con pasividad, parcialidad, falta de transparencia o complicidad frente a irregularidades que nunca fueron aclaradas de manera convincente.

Porque en democracia no basta con cumplir una fecha. La verdadera estabilidad nace de la confianza pública, de la transparencia del proceso y de la certeza de que la ley fue aplicada con imparcialidad y sin favorecer intereses políticos, ideológicos o de poder.

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