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OPINIÓN/ Primero el Perú. Después, El Niño.

Escribe: Julio C. Villafuerte Osambela

debemos entender nuestra estacionalidad, nuestra atmósfera, nuestro océano cercano, nuestro territorio y nuestras vulnerabilidades. Después podremos determinar cuánto puede modificar todo aquello El Niño.

Durante años hemos aprendido a mirar el Pacífico como quien observa un semáforo. Si Niño 3.4 comienza a calentarse, aparece la luz amarilla. Si supera determinados umbrales, rápidamente algunos la convierten en roja. Y entonces comienza una secuencia que ya conocemos: El Niño será fuerte, las lluvias serán fuertes y debemos prepararnos para un desastre.

Pero quizás el problema no esté en El Niño.

Quizás esté en cómo explicamos lo que El Niño significa. Australia acaba de plantearlo con una claridad que deberíamos observar con atención en el Perú: Una señal fuerte de El Niño en la región Niño 3.4 no significa necesariamente impactos fuertes sobre el clima australiano. ENSO es solo uno de los diversos factores capaces de influir en sus condiciones meteorológicas y climáticas estacionales. Informaron.

No están minimizando El Niño. Todo lo contrario.

Lo están explicando.

¿Y por qué mirar a Australia, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Japón o el Reino Unido si sus climas son completamente diferentes al nuestro?

Precisamente por eso.

No estamos comparando las lluvias australianas con las de Piura ni los inviernos japoneses con los nuestros. Observamos cómo entidades científicas especializadas de países desarrollados enfrentan un problema común: cómo transformar una señal climática global en información comprensible y útil para su propia población.

No estamos comparando las lluvias australianas con las de Piura ni los inviernos japoneses con los nuestros. Observamos cómo entidades científicas especializadas de países desarrollados enfrentan un problema común: cómo transformar una señal climática global en información comprensible y útil para su propia población.

Y existe una coincidencia interesante.

Estados Unidos advierte que la intensidad de El Niño o La Niña no necesariamente corresponde con la intensidad del impacto esperado. El Reino Unido explica que ENSO modifica las probabilidades, pero una respuesta histórica típica no debe considerarse inevitable. Nueva Zelanda incluso comunica que ENSO explica menos del 25 % de la variabilidad interanual de la lluvia y temperatura estacional en la mayoría de sus localidades.

Japón observa océano y atmósfera y después traduce esa información hacia su propio pronóstico climático.

Distintos países. Distintos climas. Distintas geografías.

Pero una misma prudencia científica.

Una alerta no es un pronóstico

El calentamiento del océano es importantísimo. Puede constituir una alerta temprana de que el sistema climático está modificándose y, precisamente por eso, debe elevar nuestra vigilancia y preparación.

Pero alerta y pronóstico no significan lo mismo.

El océano puede encender la alerta. Después necesitamos observar qué hace la atmósfera.

¿Se debilitan los alisios? ¿Cómo cambia la presión? ¿Dónde se reorganiza la convección? ¿Qué sucede con la circulación de Walker? ¿Existe un acoplamiento océano-atmósfera sostenido?

Y luego viene una pregunta todavía más importante:

¿Cómo se traduce todo eso en nuestro territorio?

Australia tiene sus propios moduladores. Japón los suyos. Nueva Zelanda también.

¿Por qué el Perú tendría que ser más sencillo?

Tenemos el Pacífico central, pero también el Pacífico oriental. Tenemos Niño 3.4, pero también Niño 1+2. Tenemos el Anticiclón del Pacífico Sur, la ZCIT, la Alta de Bolivia, la humedad que llega desde la Amazonía, la MJO, los vientos costeros, el afloramiento, las ondas Kelvin, la corriente peruana o de Humboldt y las condiciones subsuperficiales del océano.

Y en medio de todo eso tenemos una cordillera que atraviesa el país y tres grandes dominios geográficos: costa, Andes y Amazonía.

Pretender explicar todo aquello mirando solamente Niño 3.4 sería pedirle demasiado a un índice climático.

Y además, tenemos estaciones

Hay algo todavía más elemental que parece desaparecer cada vez que aparece la palabra Niño: todos los años tenemos temporada de lluvias.

Con Niño, sin Niño, con Niño débil, moderado, fuerte o extraordinario. ENSO puede modificar esa temporada. Puede aumentar o disminuir probabilidades, redistribuir precipitaciones, modificar temperaturas y favorecer determinados extremos.

Pero modular el clima no significa fabricar nuestro clima.

Por eso deberíamos tener cuidado con una ecuación demasiado frecuente:

Niño 3.4 caliente = Niño fuerte = lluvias extraordinarias = desastre.

Son demasiados signos iguales para un sistema climático tan complejo.

Entre una anomalía del Pacífico y una inundación en una ciudad peruana ocurren muchas cosas: señal oceánica, respuesta atmosférica, teleconexiones, circulación regional, época del año, pronóstico meteorológico y, finalmente, el territorio.

Y todavía falta una variable decisiva: nuestra vulnerabilidad.

Una lluvia extraordinaria no tiene obligación de convertirse en un desastre extraordinario.

Eso depende también de dónde construimos, cómo funcionan nuestros drenajes, qué hacemos con las quebradas, cuánto conocemos nuestro territorio y cuánto nos preparamos antes de que empiece a llover.


Comunicar también es prevenir

Aquí aparece quizás la principal lección que podemos tomar de esos países. No necesitamos copiar su clima. Sería absurdo.

Necesitamos observar cómo explican la incertidumbre a su población.

No dicen simplemente: tenemos un Niño fuerte y esto ocurrirá. Explican qué están observando, qué significa esa señal, qué suele ocurrir históricamente, qué otros factores están interviniendo y, finalmente, qué dice el pronóstico para cada región.

Ese cambio parece pequeño.

Pero, No lo es.

Porque para un agricultor, un alcalde, un gobernador regional, un empresario o una familia resulta bastante más útil saber dónde podría llover, cuánto, cuándo y con qué probabilidad, que conocer solamente si Niño 3.4 alcanzó determinada anomalía.

La comunicación climática también forma parte de la gestión del riesgo.

Una señal mal explicada puede generar alarma innecesaria. Pero también puede producir algo mucho peor: que después de escuchar repetidamente advertencias generales, la población termine acostumbrándose a ellas y deje de prestar atención cuando realmente sea necesario hacerlo.

Por eso no se trata de hablar menos de El Niño. Se trata de explicarlo mejor.

En el Perú podríamos comenzar cada comunicación respondiendo preguntas bastante sencillas:

  ¿Qué estamos observando?

  ¿Qué podría modificar esa señal?

  ¿Qué está ocurriendo realmente en nuestra atmósfera y en nuestro océano cercano?

  ¿Y qué pronosticamos para Piura, Lambayeque, La Libertad, Lima, Cusco, Puno o Loreto, con qué probabilidad y para cuándo?

 

Eso transforma información climática en información útil para decidir.

El verdadero desafío

El calentamiento del Pacífico merece seguimiento, análisis y preparación. Precisamente porque constituye una advertencia debemos aprovechar el tiempo que nos proporciona.

Pero prepararnos ante una posibilidad no significa convertirla anticipadamente en certeza.

Otros países utilizan El Niño como una pieza fundamental para construir mejores pronósticos regionales. Nosotros tampoco deberíamos pedirle a un solo índice que nos diga anticipadamente cuánto lloverá en todo el Perú.

El océano advierte. La atmósfera responde. El pronóstico orienta. El territorio recibe el impacto. Y nuestra vulnerabilidad termina determinando cuánto nos afecta.

Por eso el verdadero desafío no consiste en anunciar primero si tendremos un Niño débil, moderado, fuerte o extraordinario.

El verdadero desafío es convertir esa información en decisiones antes de que empiece a llover.

Porque si conocemos el calentamiento del Pacífico con meses de anticipación, sabemos cuándo comienza nuestra temporada de lluvias y conocemos desde hace años cuáles son las quebradas, ciudades y poblaciones vulnerables, entonces después del desastre será cada vez más difícil seguir diciendo que la
naturaleza nos sorprendió.

El Niño importa, y mucho. Debemos vigilarlo, estudiarlo y prepararnos para sus posibles efectos. Pero no puede convertirse en el punto de partida y de llegada de toda nuestra explicación climática. Primero debemos entender nuestra estacionalidad, nuestra atmósfera, nuestro océano cercano, nuestro territorio y nuestras vulnerabilidades. Después podremos determinar cuánto puede modificar todo aquello El Niño.

Primero el Perú. Después, El Niño. Digo Yo.

 

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