América Latina camina sobre tierras movedizas, presionada para elegir entre Estados Unidos y China. No le conviene alinearse con conflictos geográficamente lejanos, pero con consecuencias económicas y políticas.
El Gobierno peruano decidió romper relaciones diplomáticas con Irán invocando la escalada de violencia en Oriente Medio, las restricciones a la navegación por el estrecho de Ormuz, la falta de cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica y las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen iraní. Son hechos graves que merecen una condena inequívoca. Pero condenar no significa romper.
La decisión peruana es excesiva, convierte una posición política legítima en el descarte del principal instrumento para promover una solución pacífica como es ala diplomacia.
Las relaciones diplomáticas no se mantienen solo con los gobiernos amigos ni expresan aprobación de sus conductas. Sirven, sobre todo durante las crisis, para conservar canales de comunicación, proteger intereses nacionales y contribuir a la negociación.
Estamos ante una condena selectiva. Si toda intervención armada, violación del derecho internacional o acción que agrave un conflicto condujera a la ruptura, el Perú tendría que aplicar el mismo criterio a Rusia por la invasión de Ucrania, a Israel por Gaza y a Estados Unidos por sus ataques contra Irán. No lo ha hecho. La medida fefleja, objetivamente, un alineamiento con Washington que lesiona nuestra neutralidad como país.
La Unión Europea ha condenado y sancionado a Irán, pero mantiene abiertos los canales diplomáticos. Brasil, México y Colombia han pedido el cese del fuego y el retorno a la negociación. El Perú se ha adelantado unilateralmente con una respuesta extrema. Con ello no obliga ni desacredita a los demás países latinoamericanos, pero dificulta la construcción de una posición regional concertada y reduce su propia capacidad para participar en ella.
Este episodio revela un problema mayor. América Latina camina sobre tierras movedizas, presionada para elegir entre Estados Unidos y China. No le conviene alinearse con conflictos geográficamente lejanos, pero con consecuencias económicas y políticas. La región necesita autonomía de juicio para condenar con la misma regla a todos los responsables de la violencia bélica y autonomía política para actuar como bloque.
Una autonomía que se sostenga en la integración más profunda. Aislados, nuestros países terminarán adaptándose a los intereses de las grandes potencias. Concertados, pueden defender la paz, la libertad de navegación y el derecho internacional sin convertirse en extensión diplomática de ningún poder. El Perú debió consultar y promover una respuesta latinoamericana antes de una decisión que afectaría su posición dentro de la región.
¿Es posible rectificar?
Sí. El Gobierno debería comenzar con un comunicado complementario que condene expresamente toda acción que agrave la guerra, incluyendo las operaciones estadounidenses, y que reafirme que el Perú no respalda ninguna salida militar. Después debería proponer consultas urgentes en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños para promover un pronunciamiento común: cese de hostilidades, respeto al derecho internacional, cooperación con los organismos multilaterales y apertura de negociaciones.
En una segunda etapa, el Perú podría explorar, con discreción y mediante terceros, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Irán. La conservación de los vínculos consulares facilita esa posibilidad, aunque la normalización requeriría la voluntad de ambos Estados. Rectificar no significa absolver ni aprobar al régimen iraní, significa promover y recuperar una voz más fuerte que es la regional.
La política exterior exige prudencia, gradualidad y coherencia para manejar una crisis tan delicada. El nuevo gobierno tendrá que comprender que alinearse no es dirigir y que romper no es pacificar.
El Perú no debe escoger entre potencias, debe escoger a América Latina, su integración, su autonomía y sobre todo su derecho a contribuir a la paz con voz propia. Para ello el Perú debe sumar, nunca dividir.