Esta mañana uno puede abrir el teléfono y encontrar diez versiones de prácticamente la misma noticia: el Pacífico se está calentando, aumenta determinada probabilidad, podría desarrollarse El Niño, alguna imagen muestra colores cada vez más intensos y alguien advierte que debemos estar atentos.
Cerramos el teléfono y queda una pregunta bastante sencilla: ¿Y ahora qué hacemos con esa información?Porque probablemente mañana encontraremos otras diez publicaciones diciendo algo parecido.
No cuestiono la información científica. Al contrario. Los grandes centros internacionales realizan un extraordinario trabajo observando el océano y la atmósfera, procesando millones de datos y construyendo escenarios. El problema aparece cuando convertimos sus informes en nuestro producto final, en lugar de utilizarlos como el punto de partida.
Traducir un comunicado internacional no es interpretar el clima del Perú.
Y mostrar un mapa del Pacífico tampoco nos dice necesariamente qué ocurrirá en Piura, Lambayeque, La Libertad, Áncash, Lima, Cusco o en cualquier región declarada en emergencia.
Allí está, creo, uno de nuestros principales problemas de comunicación climática.
Tenemos una enorme cantidad de información, pero todavía nos falta convertirla en conocimiento útil para cada territorio.
Cuando una institución internacional publica que aumenta la probabilidad de determinadas condiciones en el Pacífico, quienes conocemos nuestra realidad deberíamos continuar el análisis: ¿Cómo están los vientos? ¿Dónde se encuentra la ZCIT? ¿Qué está haciendo el Anticiclón del Pacífico Sur? ¿Cómo se comporta el transporte de humedad desde la Amazonía? ¿Qué ocurre frente a nuestras costas? ¿Cómo están los ríos, reservorios, el hielo de la cordillera y suelos?
Y después viene la pregunta realmente importante: ¿Qué efectos podría tener todo eso aquí? Porque conocer el fenómeno es importante. Conocer sus posibles consecuencias en nuestro territorio es muchísimo más útil.
Sin embargo, en medios tradicionales, programas de Internet, redes sociales, podcasts y diferentes espacios de opinión parece existir una competencia por anunciar quién encontró primero el mapa más rojo, la temperatura más alta o el pronóstico más preocupante.
Quizá pensamos que la calma por el conocimiento no vende, decir “todavía existen varios escenarios” genera menos atención que anunciar un Niño extraordinario.
Puede ser. Pero quizá estamos confundiendo audiencia con primicia.
La verdadera primicia no tendría que ser la de descubrir antes que los demás que existe un calentamiento en el Pacífico. Esa información está disponible prácticamente para todo el mundo.
Primicia sería descubrir qué distrito podría inundarse antes de que se inunde.
Primicia sería mostrar qué quebrada debería intervenirse antes de las lluvias.
Primicia sería identificar dónde un puente tiene insuficiente capacidad hidráulica, dónde falta drenaje o qué población necesita preparar una ruta de evacuación.
Y existe otra primicia de la que casi nadie habla.
El agua que podríamos captar.
Me resulta curioso escuchar durante meses que debemos preocuparnos porque podría venir demasiada agua y, poco después, escuchar que debemos preocuparnos porque nos falta agua.
Algo no estamos conectando.
Si sabemos que todos los años tendremos una temporada de lluvias, independientemente de que exista o no El Niño, deberíamos estar preguntándonos desde ahora:
¿Cuánta agua podemos almacenar?,
¿Cuánta podemos infiltrar?, ¿Cuánta puede alimentar nuestros acuíferos?,
¿Cuánta podemos reservar paraagricultura o consumo humano?
Mientras algunos compiten por pronosticar cuánta agua podría caer, quizá alguien debería comenzar a calcular cuánta estamos preparados para recibir.
Esa información sí me gustaría encontrar mañana cuando abra el teléfono. La lluvia, además, no debería ser presentada automáticamente como una amenaza. La lluvia es parte de nuestro sistema climático y resulta indispensable para el país.
El problema aparece cuando encuentra quebradas ocupadas, drenajes inexistentes, cauces reducidos, infraestructura vulnerable o poblaciones que no fueron preparadas.
La misma agua que destruye cuando no sabemos administrarla puede convertirse en reserva cuando sabemos manejarla.
Entonces nuestra comunicación climática también debería evolucionar.
No necesitamos menos información sobre El Niño. Necesitamos más información sobre el Perú.
Necesitamos que los especialistas no terminemos nuestro trabajo repitiendo el porcentaje publicado por una institución internacional. Nuestra verdadera responsabilidad empieza precisamente allí.
¿Qué significa ese porcentaje para nuestro territorio?
¿Qué otros componentes del sistema climático debemos observar?
¿Qué lugares podrían recibir más lluvia?
¿Qué sectores serían más vulnerables?
¿Y qué podemos hacer hoy?
Esa debería ser nuestra contribución.
Y los diferentes espacios de comunicación —televisión, radio, prensa, plataformas digitales, redes sociales, podcasts y programas de Internet— tienen una extraordinaria oportunidad.
Pueden competir por algo bastante más interesante que el miedo: la productividad.
Imagino titulares diferentes:
“Estos distritos todavía pueden reducir su riesgo antes del verano”.
“Estas cuencas podrían almacenar más agua durante la temporada de lluvias”.
“Estas carreteras necesitan intervención antes de diciembre”.
Eso también genera atención.
La diferencia es que además genera decisiones.
No propongo minimizar ningún riesgo. Si las condiciones indican peligro, hay que decirlo claramente. Pero advertir no significa asustar y comunicar incertidumbre tampoco significa desconocimiento.
A veces la respuesta científicamente más responsable es reconocer que todavía existen diferentes posibilidades y continuar observando.
El Perú necesita información científica internacional, naturalmente. Pero también necesita especialistas capaces de convertirla en conocimiento nacional, regional y, finalmente, local.
Porque los grandes centros mundiales pueden decirnos qué está ocurriendo en el Pacífico.
Pero difícilmente van a decirle a un alcalde peruano qué quebrada debe limpiar, qué drenaje recuperar, qué carretera proteger o dónde podría almacenar el agua que llegará durante los próximos meses.
Tal vez entonces deberíamos comenzar a medir de otra manera quién comunica mejor el clima.
No necesariamente quien anuncia primero el fenómeno, quien encuentra el mapa más rojo o quien utiliza el adjetivo más alarmante.
Sino quien consigue explicar antes que los demás qué significa, dónde podría impactar y, sobre todo, qué podemos hacer al respecto.
Porque repetir lo que dicen los grandes centros internacionales es informar. Interpretarlo para nuestra realidad es agregar valor.
Y allí está la diferencia.
Si sabemos que va a llover, la noticia no debería terminar en cuánto lloverá. La verdadera primicia sería descubrir dónde esa lluvia puede convertirse en desastre y actuar antes; pero también dónde esa misma agua puede captarse, almacenarse y convertirse en desarrollo.
“Porque repetir lo que dicen los grandes centros internacionales es informar. Interpretarlo para nuestra realidad es agregar valor.”