existe un pasajero mucho más peligroso que puede pasar todos los controles, instalarse cómodamente dentro del sistema y permanecer allí durante años: la burocracia incompetente
Gobernar no es quedar bien con todos. Es tomar decisiones, asumir riesgos y rodearse de quienes tengan el valor de decir la verdad. En aviación sabemos que antes de cada vuelo deben identificarse y gestionarse los riesgos. Un pasajero que representa una amenaza no puede simplemente ser ignorado: debe ser identificado antes de abordar.
Pero existe un pasajero mucho más peligroso que puede pasar todos los controles, instalarse cómodamente dentro del sistema y permanecer allí durante años: la burocracia incompetente, el nepotismo, el funcionario adulón y la corrupción enquistada en el Estado.
No requieren boleto. No pasan por rayos X ni por migraciones. No necesitan autorización para subir a bordo. Y, cuando el sistema cambia, simplemente se reciclan dentro del propio Estado, con una habilidad que les permite sobrevivir a cualquier control y mantenerse siempre a bordo.
Y, lo más grave, muchas veces nadie los baja del avión.
Uno de los grandes errores al iniciar una gestión es rodearse de personas que le dicen al gobernante, al alcalde, al director o al gerente lo que quiere escuchar, en lugar de decirle lo que necesita saber.
Un país no necesita funcionarios sumisos, adulones ni profesionales preocupados exclusivamente por conservar el cargo.
Necesita profesionales competentes, honestos, con ética, valores y carácter. Personas capaces de enfrentar la realidad, decir la verdad, aunque incomode y plantear soluciones, aunque estas tengan un costo político.
Porque gobernar no es quedar bien con todos. No se puede estar bien con Dios y con el diablo.
El poder tampoco es un escenario para alimentar egos, aparecer permanentemente frente a las cámaras o convertirse en un desfile de pavos reales buscando protagonismo mientras los problemas del país siguen acumulándose.
El Perú no está para perder el tiempo.
Cuando una institución permite que funcionarios sin la preparación necesaria adopten decisiones técnicas; cuando los proyectos avanzan dejando vacíos que después deben pagar los ciudadanos; cuando los cargos se asignan por amistad, cercanía o conveniencia política antes que por mérito y capacidad; o cuando nadie asume responsabilidad por las consecuencias de sus decisiones, el problema deja de ser solamente administrativo.
Se convierte en un problema de eficiencia, seguridad y, finalmente, de Estado. En aviación existe un principio elemental: una cadena de pequeñas deficiencias puede terminar provocando un accidente.
En la administración pública ocurre exactamente lo mismo.
Una decisión equivocada.
Una omisión.
Un informe ignorado.
Una contratación cuestionable.
Una supervisión que no se hizo.
Una advertencia que nadie quiso escuchar.
Cada una puede parecer insignificante por separado. Pero cuando se acumulan, pueden terminar produciendo una crisis que, cuando finalmente ocurre, todos dicen que nadie pudo prever.
Sí se podía prever.
Lo que muchas veces faltó fue alguien dispuesto a decirlo. Por eso, el Estado debería aplicar una regla que la aviación conoce muy bien: identificar los riesgos antes de que ocurra el accidente y no esperar a que ocurra para buscar responsables.
Y allí aparece otro problema: la soberbia.
Cuando quien gobierna o conduce una institución deja de escuchar, se rodea únicamente de quienes lo aplauden, rechaza las críticas, no reconoce sus errores y confunde lealtad con obediencia, comienza a perder algo mucho más importante que popularidad: la capacidad de corregir el rumbo.
Un buen funcionario no es el que siempre dice “SÍ”.
Es el que, cuando corresponde, tiene el valor de decir: “No, esto está mal.”
Y explica por qué.
El verdadero liderazgo no consiste en rodearse de personas que protejan al gobernante de la realidad, sino de profesionales capaces de confrontarlo con ella.
Porque quienes solamente buscan conservar el cargo terminan convirtiéndose en parte del problema.
Y cuando el gobernante lo permite, la responsabilidad deja de ser exclusivamente de quienes lo rodean. También es suya.
Todos sabemos, en mayor o menor medida, cuáles son los problemas del Perú y muchas de las soluciones que deben aplicarse.
Lo que falta no siempre es conocimiento.
Muchas veces falta coraje.
Coraje para decidir.
Coraje para corregir.
Coraje para enfrentar intereses.
Coraje para retirar a quienes no están capacitados.
Coraje para escuchar a quienes advierten los riesgos.
Y, sobre todo, coraje para entender que gobernar no significa disfrutar del poder, sino ejercerlo con responsabilidad, honestidad y sentido de Estado.
Porque el pasajero más peligroso no siempre es quien intenta abordar un avión.
A veces ya está sentado en la silla del Director
Mientras nadie tenga el valor de señalarlo por su nombre, el Estado seguirá volando a la deriva, expuesto a un riesgo que muchos conocen y que, sin embargo, prefieren ocultar.
EL PROBLEMA NO ES QUE NADIE LO VEA: ES QUE HAN DECIDIDO MIRAR HACIA OTRO LADO.