Aliarse al hegemón siempre sumará para un país como el Perú que quiere salir del triste atraso bicentenario. Es verdad que Washington tiene intereses y eso es tan cierto y legítimo como los que al Perú toca, o los que China tiene por estos lares.
La política exterior del Perú en el actual momento de su vida internacional, a mi juicio, se ha decidido por definirse esencialmente pragmática que no es lo mismo que empírica. La primera se sostiene en una enorme base en la realidad programática, la segunda en la realidad informal, casi como el azar. ¿Pero, qué significa que sea pragmática, entonces? Pues que nos dejamos de mirar al espejo como lo que no somos, para vernos en nuestra exacta dimensión, sin espejismos, es decir, como un país periférico o subdesarrollado, que es lo que somos, guste o no, para apostar por lo que queremos y nos merecemos ser, a la luz de nuestra referida única realidad, que no es otra cosa que la circunstancia de nuestra vida como Estado que somos, y que por supuesto podemos cambiar si acaso nos desatamos de las ataduras de siempre, esas que como imperdonable óbice, no han permito que hasta ahora seamos el país desarrollado que debimos ser.
Para ello, es imprescindible que, sin andar hacia atrás como el cangrejo, nos arranquemos de los prejuicios que han dominado en el frente interno peruano, para dar el paso hacia adelante, siempre pisando tierra, que permita hacer realidad los intereses nacionales, que son los intereses de todos los peruanos. El nuevo gobierno del Perú, no ha ocultado en ningún momento su firme intención de proyectar la política exterior del país hacia un estrechamiento de las relaciones bilaterales con Estados Unidos de América que no debe leerse como un distanciamiento de las vinculaciones que tenemos con China.
Así leerlo, entonces, es no comprender la naturaleza de las relaciones internacionales que es la ciencia de los fenómenos de la interacción internacional, en que las pugnas entre los actores son inevitables como pasa entre Estados Unidos y China, que no es ni debe ser vela de nuestro entierro. La apuesta peruana hacia los Estados Unidos no se hace por un tema ideológico como erradamente se cree. No. La razón es la afinidad estratégica y metodológica en los objetivos que se ha trazado el Perú en esta nueva etapa de su vida política nacional e internacional y eso a veces tampoco se entiende.
Así, pues, la justificación de la intensificación del estrechamiento bilateral con Washington me parece lo esperado por un asunto de coherencia que algunos no quieren ver o reconocer, pues si el gobierno del magnate neoyorquino Donald Trump, ha creado el Escudo de las Américas para combatir la criminalidad organizada transnacional, el narcotráfico, el terrorismo, etc., resultará, entonces, completamente coherente, lógico y sensato que el Perú también lo haga, a la luz de una última década, principalmente, impactada por la delincuencia dentro y fuera de sus fronteras nacionales.
Pero no es solo eso. Aliarse al hegemón siempre sumará para un país como el Perú que quiere salir del triste atraso bicentenario. Es verdad que Washington tiene intereses y eso es tan cierto y legítimo como los que al Perú toca, o los que China tiene por estos lares. Equilibrio internacional con realismo es lo que nos toca, sin perder de vista y sin escándalos, que nos hallamos en el espacio de influencia geopolítica estadounidense.