OPINIÓN/ El tiempo es dinero
Escribe: Julio César Villafuerte

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La frase suele atribuirse a Benjamín Franklin y la economía la hizo prácticamente suya. Pero quizá los meteorólogos deberíamos comenzar a tomarla literalmente.
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Economistas y meteorólogos tenemos más cosas en común de las que parecen. Ninguno tiene una bola de cristal. Ambos intentamos anticiparnos a sistemas extraordinariamente complejos. Utilizamos observaciones, series históricas, modelos numéricos, ecuaciones, probabilidades y escenarios. Un economista analiza inflación, inversión, empleo, consumo o crecimiento. Un meteorólogo observa temperatura, presión, humedad, vientos, océano y circulación atmosférica.
Después hacemos prácticamente lo mismo: intentamos reducir la incertidumbre para que alguien pueda tomar una mejor decisión.
Un economista no necesita acertar exactamente cuánto crecerá el PBI dentro de seis meses para que su trabajo tenga valor. Necesita proporcionar información suficientemente buena para anticiparse.
Con la meteorología debería ocurrir lo mismo.
Pero imaginemos que intentáramos explicar toda la economía peruana observando únicamente la inflación.
Sería absurdo.
La inflación es importantísima, pero nadie sostendría que la economía peruana cabe dentro de ella.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué pretendemos explicar buena parte del clima peruano principalmente a través de El Niño?
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El Niño es importantísimo. Pero tampoco es todo el sistema.
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El último comunicado del ENFEN, del 14 de septiembre, mantiene la alerta de El Niño Costero. Para Niño 1+2 señala como mayor probabilidad una magnitud extraordinaria entre septiembre de 2026 y enero de 2027; para Niño 3.4 proyecta una magnitud muy fuerte.
Información relevante y necesaria.
Pero una cosa es pronosticar la evolución de El Niño y otra bastante más compleja es pronosticar el clima del Perú.
ENFEN es la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño. SENAMHI, por otro lado, produce los pronósticos meteorológicos y climáticos nacionales.
No existe contradicción. Son funciones complementarias.
El problema aparece cuando la conversación pública convierte el diagnóstico de una parte en el diagnóstico del sistema completo.
Porque el Perú no es solo Niño 1+2. Tampoco Niño 3.4.
Tenemos un océano relativamente frío frente a una costa tropical, los Andes atravesando el territorio y una gigantesca fuente de humedad amazónica. Allí interactúan la ZCIT, el Anticiclón del Pacífico Sur, la Alta de Bolivia, los alisios, la circulación amazónica, la MJO, las corrientes oceánicas y, naturalmente, el ENSO.
Nuestra historia demuestra por qué debemos observar el conjunto.
En 2015-2016 tuvimos uno de los eventos ENSO más intensos de las últimas décadas. Sin embargo, la respuesta de las precipitaciones sobre nuestra costa no fue comparable con 1982-83 o 1997-98.
Después llegó 2017.
El Pacífico central no presentaba un Niño comparable, pero el calentamiento frente a nuestras costas coincidió con una configuración atmosférica regional extremadamente favorable para producir precipitaciones.
La lección debería permanecer grabada: el océano proporciona condiciones, pero necesitamos comprender cómo responde la atmósfera para saber dónde, cuándo y cuánto puede llover.
Y todavía falta otra variable: la estación. Septiembre no es marzo.
Tener anomalías extraordinarias de temperatura del mar al comenzar la primavera no significa que mañana tendremos las lluvias propias del corazón del verano.
Por eso, además de preguntar qué magnitud alcanzará El Niño, deberíamos preguntarnos: ¿Qué capacidad tiene actualmente la atmósfera para transformar esas condiciones oceánicas en precipitaciones sobre el territorio peruano?
Podríamos intentar medirlo mediante un Índice de Respuesta Atmosférica para Precipitación —IRAP—, complementario a los índices oceánicos existentes.
No necesitamos otro indicador para decirnos cuánto se calentó el océano. Necesitamos integrar ZCIT, humedad, vientos, convección, circulación amazónica y estacionalidad para conocer si la atmósfera está organizada para convertir esas condiciones en lluvia.
Pero falta la otra mitad del problema: ¿Cuánto vale saberlo?
Aquí volvamos con los economistas.
En economía se cuantifican costos, beneficios, riesgos, pérdidas y retornos. En meteorología todavía solemos medir estaciones instaladas, pronósticos emitidos, avisos publicados o porcentaje de acierto.
Son indicadores necesarios.
Pero deberíamos agregar otro: ¿Cuánto dinero permitió ahorrar esa información?
Podríamos denominarlo Valor Económico de la Acción Meteorológica —VEAM—y medido en tres dimensiones.
Un VEAM económico, asociado a pérdidas evitadas en agricultura, transporte, energía, pesca, comercio o seguros.
Un VEAM fiscal, que mida cuánto ahorra el Estado utilizando anticipadamente información meteorológica en lugar de gastar después en emergencia, rehabilitación y reconstrucción.
Y un VEAM social, expresado en población protegida, servicios esenciales preservados, jornadas laborales o clases no perdidas y, fundamentalmente, vidas protegidas.
Entonces cambia nuestra manera de entender la meteorología.
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Una estación cuesta. Un radar cuesta. Un modelo numérico cuesta. Formar meteorólogos cuesta.
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Pero no tenerlos, tener información insuficiente o no utilizarla oportunamente también cuesta.
Y ese número casi nunca aparece en el presupuesto.
Quizá por eso resulta difícil justificar mayores inversiones en meteorología: sabemos cuánto cuesta instalar una estación, pero pocas veces demostramos cuánto puede ahorrar el país gracias a la información que produce.
La cadena debería ser sencilla:
OBSERVACIÓN → PRONÓSTICO → DECISIÓN → ACCIÓN → PÉRDIDA EVITADA.
Si contamos solamente estaciones y pronósticos, estamos midiendo el comienzo de la cadena, no su resultado.
Necesitamos un ENFEN fuerte estudiando El Niño y un SENAMHI fortalecido vigilando y pronosticando nuestra atmósfera y clima, junto con las instituciones que observan océanos, ríos y riesgos.
Pero alguien debe mirar el tablero completo.
Porque mientras discutimos si El Niño será moderado, fuerte, muy fuerte o extraordinario, un alcalde necesita respuestas bastante más concretas:
¿Va a llover en mi distrito? ¿Cuándo? ¿Cuánto? ¿Qué debo hacer hoy?
Y una pregunta que debería interesar particularmente al Ministerio de Economía y Finanzas: ¿Cuánto nos costará no hacerlo?
Ahí se encuentran finalmente economía y meteorología.
Las dos trabajan con incertidumbres. Las dos construyen escenarios. Y las dos adquieren verdadero valor cuando su información modifica una decisión.
El Niño importa. Muchísimo.
Pero es solamente una pieza del sistema climático.
Quizá sea momento de dejar de preguntarnos únicamente cuánto cuesta observar y pronosticar el clima.
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Porque pronosticar cuesta. Pero no anticiparse cuesta muchísimo más.
Digo yo.
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