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OPINIÓN/ El bosque y El Niño

Escribe: Julio César Villafuerte

Hay una vieja advertencia que parece escrita para la meteorología peruana: el árbol no nos deja ver el bosque.

Tenemos modelos cada vez más sofisticados, satélites, boyas oceánicas, supercomputadoras, índices y pronósticos probabilísticos. Seguimos Niño 1+2, Niño 3.4, ONI, ICEN y cada décima de grado que aparece en el Pacífico.

Sabemos dónde está el agua caliente y cómo se mueve debajo de la superficie. Paradójicamente, mientras más observamos El Niño, corremos el riesgo de observar menos al Perú.

Actualmente existe una importante reserva de agua cálida debajo de la superficie del Pacífico ecuatorial. Existe energía almacenada. Pero esa es solamente una parte del problema. Porque una pregunta es cuánto calor existe en el océano y otra muy diferente es qué hará nuestro sistema climático con
esa energía.

Frente a nuestras costas ocurre algo interesante. A pesar del calentamiento ecuatorial, todavía encontramos cierta resistencia. El Anticiclón del Pacífico Sur continúa activo y los vientos costeros favorecen el afloramiento, permitiendo que aguas más frías asciendan hacia la superficie.

Primera lección: un Pacífico caliente no significa automáticamente una costa peruana igualmente caliente. Y mucho menos lluvias extraordinarias.

Miremos otro árbol: la Zona de Convergencia Intertropical, la gran franja de nubes y lluvias tropicales. Durante septiembre continúa principalmente al norte del ecuador. ¿Es extraño? No necesariamente. Es compatible con esta época del año. La pregunta importante es cómo se moverá durante octubre, noviembre y diciembre.

Estamos en primavera y el sistema climático comienza lentamente a cambiar. Mientras observamos obsesivamente el Pacífico, al otro lado de los Andes ocurre otro proceso: la Amazonía comienza su transición hacia la temporada húmeda. Pero tener humedad allí tampoco significa que llegará automáticamente hacia los Andes. Importa cuánto vapor de agua existe y, principalmente, hacia dónde lo transportan los vientos.

Aquí aparece otro actor: la Alta de Bolivia, una circulación atmosférica característica del verano sudamericano que ayuda a generar condiciones favorables para transportar humedad hacia los Andes. En septiembre esa maquinaria todavía no tiene por qué funcionar como lo hará en diciembre, enero o febrero.

Dicho sencillamente: no podemos pedirle a septiembre que se comporte como
enero.

También está la MJO, una oscilación atmosférica tropical capaz de favorecer o reducir las lluvias durante algunas semanas. Puede intensificar determinados episodios cuando las condiciones son favorables, pero no reemplaza a las estaciones.

Miremos ahora hacia el sur. La Antártida y los grandes vientos que circulan alrededor de ella también forman parte del bosque. Sus cambios pueden modificar la circulación del Pacífico Sur y eventualmente influir sobre nuestro anticiclón.

El clima no funciona mediante interruptores independientes. Funciona como un sistema.

Y allí puede encontrarse nuestro verdadero problema conceptual. Hemos convertido a El Niño en protagonista cuando debería ser uno de los actores. Importantísimo, sin duda. Pero no actúa solo.

Y cuando la realidad no coincide exactamente con lo esperado aparece una explicación casi perfecta: “es que cada Niño es diferente”.

Y es verdad. Cada Niño es diferente.

Pero precisamente por eso resulta contradictorio utilizarlo como explicación dominante de un país climáticamente tan complejo como el Perú. Si sabemos de antemano que ningún Niño se comportará exactamente como el anterior, ¿Por qué seguimos esperando que un solo fenómeno explique dónde, cuándo y cuánto lloverá?

La diferencia entre los Niños no debería convertirse en una excusa posterior. Debería ser una razón previa para mirar todo el sistema. Y aquí aparece otro problema: tenemos que dejar de hacer meteorología mirando por el espejo retrovisor.

Ocurre una lluvia intensa, una quebrada se activa, un río aumenta su caudal o una ciudad se inunda y entonces aparecen las explicaciones: fue El Niño, fue el Niño Costero, fue el ENSO, fue el calentamiento del mar o, como quieran llamarlo.

Explicar después es relativamente fácil. Pero explicar después del evento no es pronosticar.

El verdadero valor de la meteorología está antes: identificar dónde están aumentando las condiciones de riesgo, qué variables están cambiando, qué territorio comienza a ser vulnerable y qué decisiones deberían adoptarse antes de que caiga la primera lluvia fuerte.

Porque para una autoridad la pregunta importante no debería ser solamente: “¿tenemos Niño?”. Debería ser mucho más operativa: ¿Dónde puede llover, cuándo podría hacerlo, con qué intensidad aproximada y qué debo vigilar desde hoy?

Allí necesitamos cambiar también nuestra gestión. Las autoridades regionales y locales no pueden convertirse en simples receptoras de boletines nacionales. Tienen que ser más operativas y vigilantes.

Conocer sus quebradas, ríos, drenajes, puntos críticos, reservorios, carreteras y zonas vulnerables. Contrastar diariamente los pronósticos con lo que realmente está ocurriendo en su territorio.

La vigilancia meteorológica debe bajar al terreno.

No necesitamos esperar una lluvia extraordinaria para descubrir nuevamente dónde se inunda una ciudad. Tampoco esperar que se active una quebrada para recordar que estaba ocupada, ni que aumente un río para comenzar a  revisar sus puntos críticos.

Pronosticar también significa prepararse. ¿Qué tendría que ocurrir entonces para preocuparnos realmente por las próximas lluvias?

No bastaría con que Niño 3.4 aumentara algunas décimas. Sería más importante observar varias señales simultáneamente: debilitamiento de los vientos costeros y del afloramiento, calentamiento sostenido junto al litoral, acercamiento de la ZCIT hacia el ecuador, mayor humedad amazónica y cambios de los vientos que favorezcan su transporte hacia los Andes.

Entonces tendríamos varias piezas comenzando a alinearse.

Y tampoco producirían la misma respuesta en todo el país. La costa norte dependerá mucho de la temperatura del mar, los vientos y la ubicación de las zonas de lluvia tropical. Los Andes dependerán más de la humedad amazónica, los vientos en altura y nuestra enorme cordillera. La selva tiene su
propia dinámica.

El problema no es estudiar El Niño. Debemos hacerlo y cada vez mejor. El problema comienza cuando El Niño sustituye al sistema climático peruano en nuestra manera de analizar, comunicar y decidir.

Una señal aislada puede decir poco. Varias señales persistentes comienzan a contar otra historia.

El océano ya dispone de energía. La gran pregunta es si la atmósfera peruana le abrirá la puerta.

Quizás sea momento de dejar de preguntarnos solamente qué tan fuerte será El Niño y comenzar a preguntar algo mucho más útil: ¿Dónde puede llover con mayor impacto y qué estamos haciendo hoy
para anticiparnos?

Porque explicar la lluvia cuando ya cayó es sencillo. El reto de la meteorología, y de las autoridades, es llegar antes que ella.

Después de todo, decir que “cada Niño es diferente” debería obligarnos a estudiar mejor el bosque, no servirnos para explicar después por qué seguimos mirando solamente el árbol.

Digo Yo.

 

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