Creo que es un buen hábito democrático dar cien días de tolerancia a un nuevo gobierno.
El gobierno de Keiko Fujimori no los ha tenido pero eso era fácilmente predecible. Keiko jugaba, desde el principio, con gran parte del estadio en contra y su barra era relativamente pequeña (sólo obtuvo la quinta parte del voto en la primera vuelta, el resto -que le permitió ganar en segunda ronda- fue prestado, con diversos grados de entusiasmo).
Nunca debió olvidarlo y, ahora, debe recordarlo. Ipsos acaba de registrar que la presidente mantiene el 40% de respaldo de la población. Resulta, sin embargo, que hace unos días ha salido una encuesta contratada por Bloomberg (que La República ha festejado) que evalúa a los presidentes latinoamericanos y que le asigna a Fujimori 28% de aprobación. No tengo mayor información técnica sobre esta encuesta pero no huele bien tanta diferencia.
En fin, parece que Keiko todavía tiene aire, pero no su gabinete y menos el Congreso, cuya aprobación es muy inferior a la de Fujimori.
Es más, en un dato sumamente importante, la encuesta de Ipsos establece que, a estas alturas, más de tres cuartas partes de los entrevistados piensan que el Congreso debería tener una actitud de cooperación con el gobierno y sólo un 15% opina que debería conducirse como oposición frontal. Queda claro en cualquier caso que la percepción social frente al gobierno y al parlamento está en curva descendente. Manejable aún pero no por mucho más tiempo.
El médico que operó a León XIV acaba de afirmar que no hay problema con su viaje de noviembre. Sin duda, la presidente habrá orado para que sea así. Ojalá se confirme en la semana la visita del Papa (no lo hizo en el Angelus). Sin duda el pontífice traerá consigo un soplo de paz que apagará un poco el fuego de la confrontación política.
Pero va claro que el gabinete debe experimentar una profunda reforma, comenzando por la PCM. Galarreta no da para más y ha fallado en demasiadas cosas visibles (y también en las invisibles) en menos de noventa días. Carece del talento y del oficio que requiere un primer ministro. Si se tratara de buscar un nombre que reúna ambas cosas, que tenga la edad óptima y que dé amplitud al Consejo de Ministros, creo que Humberto Abanto (o alguien como él) podría ser una buena opción. Otro podría ser, Luis Carranza, que muchos pensamos que lo iba a ser desde el 28 de julio. El problema es que cada vez es más importante el perfil político del primer ministro y Carranza, que quizá lo tenga, está muy posicionado como un gran economista.
Por otro lado, otros ministros han incurrido en posturas cuestionables, en indudables fallas operativas e incluso en serios problemas de comunicación y deberían desprenderse del fajín. Carlos Espá es uno de ellos, su excesivo (y obsesivo) alineamiento con EUA, con Trump, con Rubio y hasta con Navarro, creo que no ha gustado mucho a la población, que no entiende por qué se tiene que poner en juego la presencia de inversión china, con discursos aspaventosos además, cuando falta tan poco para las elecciones de medio término en Estados Unidos, en las que Trump se arriesga a una derrota altamente probable que podría convertirlo en “pato cojo” mucho antes de lo previsto.
La política exterior, por definición, debe ser prudente y discreta. Cuando deja de serlo se abandona la diplomacia y Espá nos está exponiendo a ese peligro. La designación de Alvarito como embajador en Estados Unidos puede ser la gota que derrame el vaso. El marqués (por herencia) Vargas Llosa no ha tenido mejor idea para comenzar su nuevo encargo que mostrarse aun más genuflexo que su jefe.
Otro que debería estar alistando maletas es César Astudillo, ministro del Interior. Parece obvio que está habiendo mayor éxito en la captura de delincuentes e incluso de bandas, pero si al día siguiente de cada operativo certero, la criminalidad responde con asesinatos aleves, no hay ni habrá la sensación de avance en la seguridad ciudadana, que el país reclama.
Los límites comunicativos de Astudillo son tremendos y la oposición comienza a hacer un festín con ellos. Es mejor que el ministro haga mutis por el foro, con una salida digna y oportuna. Supongo que Roberto Chiabra, que tanto ha estudiado el tema y cuya competencia táctica nadie puede discutir, estaría dispuesto a contribuir en este asunto.
José Antonio Chang, ministro de Educación, también está en la lista de los prescindibles. Dio una pésima imagen al nombrar a la excongresista Tania Ramírez como representante del ministerio ante la Derrama Magisterial (con una dieta de 22 mil soles mensuales) después de haber compartido tres viajes al extranjero con ella, decisión que se vio obligado a revertir.
Tampoco ha demostrado particular energía para el cargo. La edad no perdona y alguien como Paul Neira sería mucho más adecuado para el despacho.
Rafael Belaúnde nunca dio la talla para ministro de Defensa y ha metido la pata más de una vez. Convocar a un mando retirado, con autoridad, firmeza y talento (Otto Guibovich tal vez) le vendría muy bien al gobierno.
Una pregunta: ¿Quién es el ministro de Transportes y Comunicaciones? Un perfecto desconocido que se llama José Angello Tangherlini Casal, que no ha hecho nada que se sepa desde que asumió y que carece de absoluta experiencia sectorial.
El MTC maneja la parte del león del presupuesto público y se requiere un perfil técnico de vuelo, así como de competencia en el manejo administrativo específico. Sigo pensando en Pedro Isique (que es un gran amigo mío por cierto) como una alternativa real y viable.
Los cambios urgen y quizá los “cien días” den el espacio adecuado para hacerlos. En cambio, Luis Dyer en Salud, Mauricio Arnillas en Vivienda y Marco Vinelli en Desarrollo Agrario son, hasta ahora, ejemplos de gestión pertinente, aunque Dyer debido a su talento administrativo pueda -y quizá deba- rotar de cartera, una vez que concluya el reordenamiento planificado en Salud.
Ahora, el verdadero dilema, el ser o no ser: ¿Será Fujimori capaz de reestructurar su gobierno o está atada a compromisos ignotos?
La oposición no está mejor que el gobierno y el camino al despeñadero sigue construyéndose con entusiasmo, bajo conducción de los fantasmas del Movadef y Sendero Luminoso. El respeto a mayorías y minorías y el debate eficiente y no obstructivo parecen ser los grandes ausentes en la gestión congresal. Intentemos que aparezcan pronto porque la otra opción es el desastre.