¿Estamos actuando con la anticipación necesaria o, una vez más, empezamos a discutir un fenómeno cuando este ya forma parte de nuestra realidad?
La comisión que el Gobierno acaba de crear para estudiar, durante los próximos seis meses, cómo la inteligencia artificial transformará el empleo en el Perú puede ser una oportunidad importante. Pero también plantea una pregunta inevitable: ¿Estamos actuando con la anticipación necesaria o, una vez más, empezamos a discutir un fenómeno cuando este ya forma parte de nuestra realidad?
La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología asociada exclusivamente a grandes empresas o laboratorios especializados. Ya está presente en oficinas, centros de atención al cliente, estudios de diseño, áreas contables y despachos profesionales. Redacta textos, analiza información, procesa datos, genera diseños y responde consultas. Actividades que hasta hace algunos años requerían exclusivamente la intervención humana hoy pueden realizarse, al menos parcialmente, con herramientas de inteligencia artificial.
El desafío, por tanto, no consiste únicamente en determinar qué empleos podrían desaparecer o transformarse. La pregunta más importante es qué ocurrirá con las personas que deberán adaptarse a ese nuevo escenario y, especialmente, con quienes tienen menos posibilidades de acceder a capacitación, tecnología y nuevas oportunidades laborales.
Esta preocupación adquiere una dimensión particular en el Perú. Una economía con un elevado nivel de informalidad laboral enfrenta el proceso de transformación tecnológica desde una posición distinta a la de los países donde predominan empleos formales y sistemas de protección social más desarrollados. Para muchos trabajadores informales, perder una fuente de ingresos o quedar desplazados de una actividad no significa solamente cambiar de puesto: puede significar quedar temporalmente fuera de cualquier mecanismo de protección o capacitación.
Por eso, hablar de inteligencia artificial no debería limitarse a productividad, competitividad o innovación. También debe hablarse de formación, reconversión laboral, protección social y nuevas oportunidades. El debate tampoco debería reducirse a dos posiciones enfrentadas: quienes ven la automatización principalmente como una oportunidad y quienes la consideran fundamentalmente una amenaza. El país necesita una discusión más amplia, capaz de reconocer ambas dimensiones.
La tecnología puede aumentar la productividad y generar nuevas actividades, pero también puede modificar ocupaciones existentes y exigir capacidades diferentes. El verdadero desafío de las políticas públicas consiste en lograr que los beneficios de esa transformación alcancen a un número cada vez mayor de trabajadores y que quienes deban cambiar de actividad tengan posibilidades reales de hacerlo.
Por ello, el país necesita algo más que un diagnóstico. Se requieren políticas concretas: actualizar los contenidos de la educación escolar, técnica y universitaria de acuerdo con las nuevas demandas; crear programas efectivos de reconversión laboral para trabajadores adultos; fortalecer las capacidades digitales de quienes se encuentran fuera del mercado formal; establecer reglas adecuadas para las nuevas formas de trabajo vinculadas a plataformas digitales; y desarrollar estudios basados en información de la realidad peruana.
También será fundamental que la discusión incorpore a trabajadores, empresas, instituciones educativas, especialistas y representantes del Estado. Las decisiones sobre el futuro del empleo no deberían construirse únicamente desde los escritorios de las instituciones públicas, sino incorporando la experiencia de quienes ya están viviendo esta transformación.
Seis meses pueden parecer poco tiempo frente a un desafío de esta magnitud. Sin embargo, pueden ser suficientes para establecer una hoja de ruta si el objetivo no es producir simplemente otro documento técnico, sino identificar prioridades y convertirlas en acciones concretas.
La inteligencia artificial seguirá avanzando independientemente de la velocidad con la que el Perú tome sus decisiones. El verdadero desafío no es detener el cambio tecnológico, sino prepararnos para gestionarlo. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial modificará el empleo, porque ese proceso ya está en marcha. La pregunta es si el Perú será capaz de aprovechar sus oportunidades, reducir sus riesgos y evitar que la transformación tecnológica termine ampliando las desigualdades que el país todavía no ha logrado resolver.