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OPINIÓN/ El veto ruso: una victoria política inesperada para Marruecos

Escribe: Ricardo Sánchez Serra

La razón es sencilla. La votación dejó al descubierto una realidad que durante años muchos intentaron evitar: el modelo político sobre el que descansaba la MINURSO estaba agotado.

A primera vista, el veto ruso a la resolución impulsada por Estados Unidos sobre el Sáhara parecía una mala noticia. Sin embargo, una mirada más profunda revela una paradoja interesante: aunque la propuesta norteamericana era favorable a Rabat, el veto terminó produciendo un efecto político incluso más beneficioso para la posición marroquí.

La razón es sencilla. La votación dejó al descubierto una realidad que durante años muchos intentaron evitar: el modelo político sobre el que descansaba la MINURSO estaba agotado.

Cuando la MINURSO fue creada en 1991, su principal objetivo era organizar un referéndum de autodeterminación. Treinta y cinco años después, ese objetivo nunca pudo concretarse. No por falta de reuniones, resoluciones o enviados especiales, sino porque jamás existió un acuerdo sobre aspectos esenciales. Nunca hubo consenso sobre quiénes tenían derecho a votar y tampoco se resolvió de manera definitiva el problema del censo de las poblaciones de los campamentos de Tinduf, por intransigencia de los terroristas del Polisario y Argelia.

Sin una definición clara del cuerpo electoral, el referéndum permaneció durante décadas como una fórmula teórica más que como un proyecto viable. Conviene recordar, además, que la autodeterminación no se identifica necesariamente con la celebración de un referéndum. La experiencia internacional demuestra que dicho principio ha adoptado diversas modalidades de aplicación, según las circunstancias históricas y políticas de cada territorio. Las Islas Cook y Niue establecieron fórmulas de libre asociación con Nueva Zelanda; los Estados Federados de Micronesia, las Islas Marshall y Palaos hicieron lo propio con Estados Unidos.

Estos precedentes evidencian que el derecho internacional no ha consagrado una única vía para ejercer la autodeterminación. Desde esta perspectiva, la iniciativa marroquí de autonomía puede entenderse como una propuesta compatible con la evolución contemporánea de las soluciones políticas negociadas, orientadas a garantizar el autogobierno, la estabilidad y el desarrollo.

La cuestión ya no es si la autodeterminación debe ejercerse, sino cuál es la forma más viable, estable y consensuada de materializarla en el siglo XXI.

Por ello, el debate de Nueva York tuvo una importancia histórica. El veto ruso impidió la aprobación de una resolución concreta, pero no pudo impedir que quedara al descubierto el agotamiento de un proceso concebido para una realidad geopolítica que ya no existe.

La intervención del embajador marroquí Omar Hilale contribuyó decisivamente a ese cambio de enfoque. Con firmeza y habilidad diplomática, desmontó los argumentos presentados por el representante argelino y puso en evidencia una contradicción fundamental: Argelia insiste en presentarse como observador, pero interviene activamente en las deliberaciones, promueve determinadas posiciones, combate otras e intenta influir en el curso de las decisiones del Consejo de Seguridad.

Para muchos observadores, aquella intervención terminó reforzando precisamente la tesis marroquí -la realidad- de que Argelia es un actor central del conflicto y no un simple espectador.
Pero si algo explica el fortalecimiento progresivo de la posición marroquí es la evolución de la realidad sobre el terreno.

Mientras el proceso político permanecía estancado, Marruecos apostó por el desarrollo de sus provincias del sur mediante grandes inversiones en infraestructura, carreteras, puertos, energías renovables, agua, pesca, educación y servicios públicos. Diversos programas de desarrollo han movilizado recursos considerables y han transformado significativamente ciudades como El Aaiún y Dajla.

Esa realidad tiene consecuencias diplomáticas. Hoy el apoyo al plan marroquí de autonomía no se basa únicamente en consideraciones políticas o estratégicas. También responde a la percepción de que existe un proyecto de desarrollo tangible y una visión de estabilidad para la región.

Hace tres años, cuando intervine ante la Cuarta Comisión de las Naciones Unidas, sostuve que la MINURSO debía ser replanteada. Mi propuesta era simple: si el referéndum había dejado de ser una perspectiva realista debido a la imposibilidad de acordar un censo y un cuerpo electoral, entonces la misión debía concentrarse en la función que efectivamente cumplía, esto es, preservar el alto el fuego mediante la presencia de los Cascos Azules.

Los acontecimientos recientes parecen confirmar esa reflexión. La verdadera discusión ya no gira alrededor de un referéndum que nunca logró materializarse. La pregunta que se plantea ahora es cuál debe ser el papel futuro de la ONU en el acompañamiento de una solución política duradera y realista.

Por eso el veto ruso podría terminar siendo recordado como un punto de inflexión. No porque cambiara inmediatamente la situación jurídica del conflicto, sino porque obligó a la comunidad internacional a enfrentar una pregunta que durante décadas permaneció sin respuesta: ¿qué sentido tiene mantener indefinidamente una misión concebida para organizar un referéndum cuya realización nunca fue posible?

La resolución estadounidense podía representar una victoria para Marruecos. Pero el debate provocado por el veto ruso quizá resulte aún más trascendente. Porque aceleró la toma de conciencia de que el viejo paradigma se aproxima a su fin y de que el futuro del expediente pasa cada vez más por una solución política pragmática, respaldada por la realidad sobre el terreno y por un creciente apoyo internacional.

En ese escenario, Marruecos llega mejor preparado que nunca, sostenido por la fuerza de los hechos, por el creciente respaldo internacional a su iniciativa de autonomía y por una realidad geopolítica difícil de ignorar.

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