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OPINIÓN/ El Niño tiene padrinos

Escribe Julio César Villafuerte

 

La prevención de desastres no puede convertirse en un negocio del miedo. Y la ciencia no debería necesitar una fotografía junto al SENAMHI para demostrar que es ciencia.

Cuando el sector privado presenta escenarios climáticos ante las más altas autoridades del Estado, debemos preguntarnos quién los valida, quién toma las decisiones y, sobre todo, quién responde cuando los pronósticos fallan. Porque colaborar con el Estado no significa sustituir su responsabilidad científica.

La participación del sector privado en la prevención de los desastres es bienvenida. El Perú necesita sumar esfuerzos, conocimientos, tecnología y recursos para enfrentar una temporada de lluvias que, con o sin El Niño, volverá a poner a prueba nuestra capacidad de respuesta. Sin embargo, hay una diferencia entre contribuir a solucionar los problemas del país y pretender convertirse en referente científico de las decisiones del Estado.

Y esa diferencia merece una explicación.

En las reuniones sobre la prevención de El Niño 2026-2027 participan autoridades, instituciones científicas y representantes del sector privado. Algunos presentan herramientas tecnológicas, simulaciones de inundaciones y escenarios climáticos. Hasta allí, todo parece razonable.

El problema comienza cuando una empresa privada presenta información meteorológica ante las más altas autoridades del país, acompañada por el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (SENAMHI), sin que necesariamente quede claro quién produjo, verificó y respalda científicamente cada conclusión.

Porque estar sentado al lado del SENAMHI no significa tener su misma responsabilidad. Y mucho menos que la institución haya validado todo lo que allí se expone.

¿Quién responde cuando se equivocan?

Aquí encontramos una diferencia que no deberíamos pasar por alto. Una empresa privada puede elaborar pronósticos, presentar escenarios extremos y ofrecer herramientas para prevenir sus posibles consecuencias. Si se equivoca, podría enfrentar cuestionamientos profesionales, comerciales o responsabilidades legales según corresponda.

Pero cuando se equivoca el SENAMHI, la situación es diferente. Se cuestiona a la institución, a sus especialistas, a las autoridades y, finalmente, al propio Gobierno.

¿Por qué? Porque el SENAMHI tiene responsabilidades públicas que no desaparecen cuando comparte una mesa con representantes empresariales.

Entonces, ¿es razonable que información privada termine influyendo en decisiones públicas sin que exista una evaluación independiente de su calidad y confiabilidad?

¿Quién responde si un escenario exagera el peligro y motiva inversiones innecesarias? ¿Y quién responde si minimiza una amenaza y las autoridades dejan de prepararse?

La responsabilidad no puede ser pública cuando algo sale mal y privada cuando se trata de recibir reconocimiento por un acierto.

El peligro de vender escenarios

Existe otra situación que merece atención.

Algunas empresas dedicadas a la meteorología también comercializan tecnología, sistemas de monitoreo, servicios de consultoría o herramientas de evaluación de riesgos. No existe nada incorrecto en ello. Por el contrario, la innovación privada puede contribuir significativamente a mejorar nuestra capacidad de anticipación.

Pero aparece un potencial conflicto de intereses cuando quien describe el peligro también tiene interés económico en ofrecer la solución.

Imaginemos una empresa que anuncia lluvias extraordinarias y, simultáneamente, propone equipos o servicios para enfrentarlas.

¿Estamos ante una necesidad científicamente demostrada o ante un escenario utilizado para justificar una oportunidad comercial?

No podemos presumir malas intenciones. Pero tampoco podemos permitir que el temor a un desastre sustituya la evaluación técnica.

Un mapa lleno de colores intensos puede impresionar a cualquier autoridad. Una simulación de inundación puede resultar espectacular. Pero una simulación no es necesariamente un pronóstico, y un pronóstico no constituye por sí solo una evaluación de impactos.

Para pasar de una imagen a una decisión pública necesitamos conocer las probabilidades, los datos utilizados, las incertidumbres, la localización, el horizonte temporal y la vulnerabilidad de las poblaciones.

Y, por supuesto, verificar posteriormente si aquello que se anunció realmente ocurrió.

¿Por qué unos sí y otros no?

Si existen diversas empresas, universidades y centros especializados con capacidades para aportar información meteorológica, ¿por qué determinadas organizaciones obtienen espacios privilegiados para presentar sus conclusiones ante las autoridades?

La pregunta no pretende descalificar a nadie.

El sector privado tiene derecho a organizarse y seleccionar a sus representantes. Sin embargo, representar a un grupo empresarial no significa representar científicamente a todas las instituciones y especialistas del país.

La experiencia meteorológica no se adquiere por invitación, por presencia mediática ni por aparecer en una fotografía oficial.

Se demuestra mediante profesionales calificados, observaciones, metodologías, investigación, capacidad operativa y, especialmente, pronósticos evaluados.

Y aquí tampoco podemos otorgarle al SENAMHI un cheque en blanco. Su condición de organismo oficial no lo hace infalible. Sus pronósticos también deben ser contrastados, medidos y corregidos cuando corresponda.

La ciencia no necesita privilegios institucionales ni comerciales. Necesita evidencias.

El Niño no puede convertirse en una marca comercial

Fenómeno El Niño en Perú: expertos explican qué esperar en los próximos meses y sus riesgos

Durante años hemos escuchado explicaciones que atribuyen a El Niño prácticamente todas las lluvias, inundaciones y alteraciones del clima peruano.

Parecería que nuestro país solamente tuviera dos estaciones: cuando viene El Niño y cuando estamos esperando que llegue.

Olvidamos que tenemos una temporada de lluvias, una Amazonía que aporta humedad, una cordillera que modifica la circulación atmosférica, un océano que intercambia energía con la atmósfera y múltiples fenómenos que interactúan permanentemente.

El Niño puede intensificar o modificar determinados patrones climáticos, pero no trabaja solo. Por eso, anunciar temperaturas oceánicas elevadas no basta para establecer dónde, cuándo y cuánto lloverá en una localidad.

Y mucho menos para determinar automáticamente qué obras debemos construir o qué equipos debemos comprar.

La prevención debe partir de los peligros reales, la exposición de la población y las vulnerabilidades acumuladas durante décadas.

De lo contrario, podríamos terminar comprando sofisticados sistemas para observar problemas que conocemos desde hace años, mientras seguimos sin resolver las causas que convierten una lluvia en desastre.

La ciencia no se terceriza

La Presidencia de la República necesita recibir la mejor información disponible, provenga del Estado, la universidad o el sector privado.

Pero esa información debe llegar debidamente identificada, sustentada y evaluada. Las discrepancias científicas deben exponerse con claridad, no ocultarse detrás de presentaciones conjuntas que puedan transmitir una coincidencia inexistente.

El SENAMHI debe conservar su independencia técnica y sus competencias oficiales. Las empresas privadas deben declarar sus intereses y demostrar la calidad de sus productos. Y quienes toman decisiones deben conocer exactamente qué información están utilizando y quién responde por ella.

No se trata de impedir la colaboración privada. Se trata de evitar que una colaboración legítima termine confundiendo responsabilidades.

Porque existe una diferencia entre ayudar al Estado a prevenir desastres y utilizar el escenario de un desastre para promover una solución comercial.

El país necesita empresas que contribuyan a reducir los riesgos, no que compitan por anunciar el escenario más alarmante. Necesita instituciones que expliquen sus incertidumbres, no presentaciones que conviertan posibilidades en certezas.

Y, sobre todo, necesita autoridades que comprendan que un pronóstico no es una orden de compra.

La próxima vez que una empresa privada presente un escenario climático ante las más altas autoridades, sería conveniente formular tres preguntas muy sencillas:

¿Quién lo pronosticó? ¿Quién lo validó? ¿Y quién responde si se equivoca? Porque en meteorología podemos compartir información, tecnología y conocimientos. Lo que no deberíamos compartir sin distinguir responsabilidades es la autoridad científica.

Y menos aún trasladar al Estado las consecuencias de decisiones basadas en pronósticos que nunca fueron debidamente verificados.

La prevención de desastres no puede convertirse en un negocio del miedo. Y la ciencia no debería necesitar una fotografía junto al SENAMHI para demostrar que es ciencia.

Digo yo.

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