OPINIÓN/ Obras que nacen viejas
Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

… aeropuertos urbanos, accesos colapsados y la renuncia del Estado a planificar el país para los próximos 50 años
La anunciada inversión de más de 5,800 millones de dólares en infraestructura aeroportuaria, de los cuales 400 millones de dólares están destinados a la ampliación y remodelación del aeropuerto de Chiclayo, se presenta como un “gran logro” y como el paso decisivo para convertirlo en el hub aéreo del norte del país. Sin embargo, detrás del entusiasmo oficial se esconde una verdad incómoda: el Perú sigue tomando decisiones aeroportuarias sin planificación estratégica, urbana ni territorial de largo plazo, repitiendo errores conocidos y apostando por soluciones inmediatas que hipotecan el futuro.
La pregunta central que nadie parece querer formular es simple, pero crucial:
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¿por qué insistir en ampliar aeropuertos ubicados dentro de las ciudades cuando existe territorio suficiente para construir nuevos aeropuertos fuera del área urbana, con una visión mínima de 40 o 50 años?
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Aeropuertos enclaustrados: una decisión técnicamente limitada y socialmente conflictiva
Desde un punto de vista técnico, ampliar un aeropuerto rodeado por la ciudad es una decisión estructuralmente limitada y riesgosa. A mayor tráfico aéreo, mayor contaminación sonora, mayores restricciones operativas y mayores conflictos con la población circundante. Lo que hoy se tolera, mañana se transforma en presión social, litigios y decisiones políticas forzadas. Es un ciclo ampliamente conocido en el Perú y en América Latina: primero se amplía, luego se protesta y finalmente se discute tarde y mal la reubicación.
Desde el enfoque urbano, el problema es aún más grave. Chiclayo ya enfrenta infraestructura vial deficiente, transporte público precario, servicios urbanos colapsados y un crecimiento desordenado. Construir un aeropuerto “moderno” sin resolver accesos, conectividad y calidad urbana equivale a levantar una fachada de modernidad sobre una base frágil. No existe hub aéreo posible cuando el pasajero aterriza en una ciudad mal planificada y saturada.
Un patrón nacional, no una excepción
Chiclayo no es un caso aislado. Es parte de un patrón nacional reiterado. Aeropuertos que quedaron completamente enclaustrados en medio de las ciudades continúan siendo remodelados y ampliados una y otra vez. En lugar de apostar por inversiones estructurales que garanticen operatividad, seguridad y crecimiento por las próximas cinco décadas, se insiste en parches costosos con fecha de vencimiento incorporada.
El resultado es previsible: aeropuertos saturados, ciudades atrapadas y decisiones que deberán corregirse en el futuro a un costo mucho mayor.
El problema no es técnico: es político

La raíz del problema no es la falta de estudios ni de profesionales. Es política.
El Estado ha renunciado a su rol de planificador estratégico y ha transferido decisiones estructurales al concesionario, cuyo interés legítimo pero intrínsecamente limitado es maximizar la rentabilidad en el menor plazo posible. Desde esa lógica, ampliar donde ya existe infraestructura, y hacerlo además con recursos públicos, resulta más barato, rápido y menos conflictivo para el operador.
Para el país, en cambio, puede traducirse en una decisión equivocada y profundamente onerosa en el largo plazo, al hipotecar su desarrollo territorial, su competitividad futura y su capacidad de planificación soberana.
Reubicar un aeropuerto exige liderazgo, visión y capacidad de enfrentar conflictos: reserva de suelo, planificación vial, estudios ambientales rigurosos y coordinación intergubernamental. Ampliar el aeropuerto existente permite cortar cintas, exhibir cifras y evitar debates incómodos. Es la lógica del corto plazo, del aplauso inmediato y del problema heredado a las siguientes generaciones.
El silencio técnico que también compromete responsabilidades
A este escenario se suma un silencio particularmente preocupante: ¿Dónde están los colegios profesionales? Ingenieros, arquitectos, urbanistas y especialistas en transporte deberían ser actores activos en el debate público, no observadores tardíos cuando la obra ya está ejecutada. Su rol no se limita a visados o expedientes técnicos; implica advertir, proponer y cuestionar decisiones que comprometen el futuro del país.
La ausencia de pronunciamientos técnicos oportunos refuerza la percepción de que la planificación urbana y territorial ha sido relegada a un asunto secundario, cuando en realidad define la competitividad y la calidad de vida del Perú de las próximas décadas.
Chiclayo y Arequipa: oportunidades estratégicas que se siguen desperdiciando
Mirando más allá del corto plazo, el Perú sí tiene una oportunidad histórica si se piensa el sistema aeroportuario como parte de un modelo intermodal de desarrollo. Con inversiones sostenidas en autopistas, corredores logísticos y trenes de carga y pasajeros, Chiclayo podría proyectarse como el gran hub logístico y aeroportuario del norte, articulando costa, sierra y Amazonía.
Del mismo modo, Arequipa podría consolidarse como el hub aéreo del sur del país mediante el desarrollo de un nuevo aeropuerto en la Pampa de La Joya y/o zonas aledañas, que ofrecen disponibilidad suficiente de terreno, mejores condiciones orográficas y una altitud más favorable que la del aeropuerto actual. Este último se encuentra hoy prácticamente cercado por la expansión urbana y presenta severas limitaciones operativas que restringen su crecimiento, eficiencia y proyección de largo plazo.
Pensar en estos nodos no es una utopía: es planificación básica a 50 años. Esa es la diferencia entre gobernar y administrar la coyuntura.
Pisco: el error ya cometido que nadie quiere recordar
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