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OPINIÓN/ Derechos sin deberes: la trampa que abre la puerta a la impunidad

Escribe:  Carlos Jaico

 

“Los derechos humanos se conceden incondicionalmente, pero se disfrutan condicionalmente”

En su ensayo “Which concept of human rights can be better defended?”, Zhao Tingyang critica la concepción clásica de los derechos humanos como “derechos naturales”. Según el filósofo chino, esta noción, dominante en Occidente, descansa en una falacia conceptual: suponer que la naturaleza otorga derechos por el simple hecho de nacer humanos. “La naturaleza es indiferente a todas las criaturas”, recuerda Zhao, por lo que los derechos no existen en la biología sino en las relaciones sociales. Desde esta perspectiva, el fundamento de los derechos no es el “hombre natural” sino el “hombre social”, definido por obligaciones recíprocas y compromisos colectivos.

El problema práctico de los derechos naturales se observa cuando se absolutizan, incluso a favor de quienes han violado gravemente los derechos de otros. Zhao lo ejemplifica con el caso de un estudiante en China, que en 2010 asesinó a una joven madre para evitar pagar una indemnización. El debate se centró más en los derechos del asesino y en la abolición de la pena de muerte, ignorando totalmente a la víctima. Esta situación revelaba la paradoja de un modelo que protege indiscriminadamente al culpable, como si “la inocencia no tuviera valor o no se diferenciara de la culpa”.

La tradición occidental ha sostenido diversas justificaciones de los derechos. Locke los concibió como inherentes a la persona y anteriores al Estado; Kant los vinculó con la dignidad y la autonomía moral. Sin embargo, ambas visiones comparten el riesgo denunciado por Zhao: al priorizar de manera absoluta los derechos individuales, pueden convertirse en escudos que garantizan impunidad a criminales o corruptos, aun cuando su conducta dañe gravemente a la sociedad.

En este punto resulta iluminador el planteamiento del filósofo francés Marcel Gauchet en “La democracia contra sí misma”. Gauchet advierte que las democracias modernas han elevado los derechos individuales a tal nivel que terminan por socavar los derechos colectivos y el interés general. La sociedad se ve atrapada en un dilema: proteger libertades individuales absolutas, incluso a costa de desestabilizar los consensos sociales que sostienen la vida democrática.

Esta tensión, que Gauchet considera un “retorno de la democracia contra sí misma”, coincide con la crítica de Zhao al mostrar cómo la exaltación acrítica de los derechos individuales puede poner en riesgo la cohesión social y la justicia.

Frente a estas limitaciones, Zhao propone el concepto de derechos-crédito. En su formulación, los derechos se otorgan a todos de manera inicial e incondicional, pero su ejercicio depende del cumplimiento de las obligaciones correspondientes. “Los derechos humanos se conceden incondicionalmente, pero se disfrutan condicionalmente”. Así, un asesino o un corrupto, al quebrantar gravemente sus obligaciones hacia otros, renuncia de facto a la plenitud de sus derechos. Esto evita que los derechos se conviertan en privilegios vacíos que beneficien a quienes dañan al cuerpo social.

En conclusión, Zhao y Gauchet coinciden en advertir los peligros de absolutizar los derechos individuales. Mientras el primero propone un modelo relacional fundado en obligaciones recíprocas, el segundo alerta sobre cómo la democracia puede autodestruirse si no equilibra derechos individuales y colectivos. Ambos coinciden en que los derechos humanos solo podrán sostenerse como un principio universal si se anclan en la justicia, entendida como reciprocidad, responsabilidad compartida e interés común.

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