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OPINIÓN/ LA PAJA Y EL TRIGO

Escribe: César Campos R.

Hoy existen muchos objetivos, algunos bastante perversos y de clara factura terrorista, apropiándose de la logística de la generación Z.

La mañana del jueves 16, en la sala de espera de los estudios de Panamericana TV, estuve sin saberlo y por pocos minutos junto a Orlando Carrasco (quien, para efectos de la entrevista que nos harían posteriormente mis colegas Claudia Chiroque y Pamela Acosta, tomó el seudónimo de “Lando”), uno de los seis jóvenes coordinadores de las marchas convocadas por la autodenominada Generación Z.

Visiblemente nervioso y desconcertado, dialogó breves minutos con el equipo de prensa del programa Buenos Días, Perú y luego desapareció de la sala de espera. Más tarde, estando yo en el set desde donde se transmite dicho espacio televisivo, Chiroque y Acosta lo presentaron pero sin imágenes y solo escuchando su voz. “Lando” se mostró afligido por la muerte de Eduardo Ruiz Sanz (más tarde se sabría que fue a manos del sub oficial PNP Luis Magallanes, quien estaba vestido de civil y con arma de fuego), fue prudente al señalar que no le constaba que la incitación al odio y la violencia provenga del grupo Terna de la PNP y reinvindicó el propósito pacífico de los organizadores de la protesta. Hizo sentir su tristeza y consternación por los actos vandálicos, y llevar el peso de una responsabilidad que no le correspondía.

Tal es la virtud y la tragedia de los jóvenes que tienen la iniciativa de promover estas manifestaciones. Virtud porque el estado general del país en cuanto al severo deterioro de sus ejes políticos los obliga moralmente a tomar las calles y gritar su enojo. Tragedia porque la buena fe que los inspira es rebasada por activistas de agendas dispersas empeñados en acarrear agua para sus respectivos molinos llenos de fango y estiércol. Activistas que buscan hacerse del poder mediante la puerta falsa de la historia y no el umbral glorioso flanqueado por el mayoritario aprecio ciudadano.

El mismo temor de “Lando” a dar la cara en un canal de televisión revela los momentos confusos que a su edad todos hemos experimentado. Mi generación (que no tuvo sílaba ni consonante) la vio más complicada pues muchos nos formamos políticamente en las universidades durante la dictadura militar de 12 años (1968-1980), sin libertad de prensa ni instituciones jurisdiccionales independientes, con elementos encubiertos del SIN tomándonos fotos en las asambleas estudiantiles y armándonos expedientes, o llevándonos a los calabozos de la antigua prefectura de Lima.

Derrotar a esa dictadura y abrir espacio a la democracia (en un continente dominado por autoritarismos castrenses) fue una meta clara, tácitamente consensuada y motivadora de una rotunda movilización popular el 19 de julio de 1977 donde izquierda, centro y derecha hicieron sentir el peso de su voz. De ahí surgió – como ya lo he recordado en una columna anterior – la asamblea constituyente 1978 y las elecciones generales de 1980.

Hoy existen muchos objetivos, algunos bastante perversos y de clara factura terrorista, apropiándose de la logística de la generación Z. Que el estado de emergencia en Lima decretado por el gobernante interino ayude a separar claramente la paja del trigo.

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