Quizás la voluntad política de Jerí es tan sonora como el golpe de cajón, pero las realizaciones tienen todavía la serena prudencia de los bordones en la guitarra.
A propósito del Día de la Canción Criolla celebrado este último 31 de octubre, es pertinente reflexionar sobre una frase extraída de este acervo musical de la costa peruana que, por ósmosis, fue llevada al lenguaje político nativo y se repite también en otras esferas del quehacer social: “una cosa es con guitarra y otra con cajón”.
La referencia alude a dos de los instrumentos indispensables en la ejecución de varios géneros criollos: el valse, la marinera limeña, el landó, el tondero, etc. Ambos constituyen una de las simbiosis más logradas de nuestro innegable mestizaje: las cuerdas españolas y la percusión africana.
Cuando se habla de la guitarra y el cajón como una dicotomía, no debe olvidarse su complementariedad. Cierto es que se tocan de manera distinta, pero forman parte de un cuadro armonioso, rítmico y bello que hacen un todo. Nunca mejor descritos como lo hizo nuestro decimista Nicomedes Santa Cruz para explicar sus ejes comunes: “Guitarra llama a cajón / cajón a la voz primera / escuchen con atención / que aquí está la marinera (limeña)”.
Vienen a cuento estas dilucidaciones ante el soponcio causado al sector oenegero de poder fáctico y otros, por la primera encuesta nacional de Ipsos luego de la vacancia de Dina Boluarte, que otorga al nuevo presidente de transición, José Jerí, un 45 % de aprobación tras dos semanas de ejercer el cargo. En Lima, el respaldo llega al 49 %.
Tales sectores invirtieron palabras escritas y habladas para desacreditar a Jerí antes de ver su desenvolvimiento en las difíciles lides del mando supremo de la nación. Usando viejas mañas mediáticas y sobrevalorando su capacidad de influencers, les pareció fácil alcanzar un alto nivel de anarquía mediante la simple asociación del mandatario con su matriz de origen, el Congreso. Disparates como el “Merinazo” (el cual recuerda la caída de Manuel Merino a fines del 2020 gracias al ejercicio manipulador de un precario estado de ánimo nacional en plena pandemia) o “las zapatillas listas” para exacerbar las marchas callejeras, cayeron en saco roto.
Jerí demuestra una impensada capacidad para conectarse con la gente y seleccionar las agendas de reclamo prioritarias. No cumple aún con muchas de estas, pero se exhibe comprometido, permeable y atento a las mismas. Es en esta fase donde le recuerdan los críticos: “una cosa es con guitarra y otra con cajón”, enfatizando la diferencia entre parlar en el Congreso y gobernar desde la Casa de Pizarro.
En parte, es cierto. Quizás la voluntad política de Jerí es tan sonora como el golpe de cajón, pero las realizaciones tienen todavía la serena prudencia de los bordones en la guitarra. Y aunque las extorsiones, asesinatos y atentados mantienen su elevado registro siniestro, el joven presidente se parapeta en un activo valioso, como lo es y siempre lo será, la identidad mayoritaria del ciudadano común.
Jerí hace uno el cajón y la guitarra como en las buenas interpretaciones criollas. Las castañuelas intrusas de sus adversarios gratuitos —y hoy felizmente derrotados en la credibilidad popular— no tienen cabida en esta jarana.