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OPINIÓN/ El teatro de la democracia: cuando debatir deja de ser constructivo

Escribe: Alberto Carpio Ávila

El resultado es un vacío. Y, como todo vacío institucional, es ocupado. En este caso, por el espectáculo.

Hay escenas que, por repetidas, dejan de sorprender, pero no por eso dejan de ser reveladoras. El debate electoral en el Perú es una de ellas. Cada cierto tiempo, los candidatos se reúnen bajo luces intensas, frente a cámaras que transmiten en directo a millones de ciudadanos, y se disponen, al menos en apariencia, a discutir el destino del país. Se habla de economía, de seguridad, de corrupción, de desarrollo. Se enuncian cifras, promesas, diagnósticos. Y, sin embargo, algo esencial, que es precisamente la finalidad del debate, no ocurre.

No permite que el elector tome una decisión adecuadamente informada.

El narrador observa que el problema no es la ausencia de temas, ni siquiera la falta de inteligencia de los participantes. Es algo más profundo: la transformación del debate en representación teatral. Lo que debería ser un espacio de confrontación racional de ideas se convierte, progresivamente, en una puesta en escena. Un teatro donde cada candidato no busca convencer mediante argumentos, sino imponerse mediante efectos.

El gesto sustituye a la explicación, la frase corta reemplaza al razonamiento, la interrupción desplaza al diálogo. Y en ese desplazamiento, el debate deja de cumplir su función original.

No es un fenómeno exclusivo del Perú. Pero en el Perú adquiere una intensidad particular, porque se superpone con una fragilidad estructural del sistema político. Allí donde las instituciones son débiles, donde los partidos carecen de continuidad y donde la confianza en el Estado es limitada, el debate electoral no encuentra un marco sólido que lo discipline. Se vuelve más libre, sí, pero también más caótico.

El ciudadano, que observa desde su casa, percibe esa incoherencia, aunque no siempre pueda nombrarla. Intuye que lo que ve no es deliberación, sino actuación. Que las respuestas no buscan esclarecer, sino posicionar. Que las promesas no están diseñadas para cumplirse, sino para impactar.

Y, sin embargo, el sistema se reproduce.

Porque el problema no está únicamente en quienes participan, sino en las reglas de quienes organizan la escena. El formato del debate —tiempos breves, preguntas generales, ausencia de consecuencias— genera incentivos claros. Y los incentivos, como bien sabe cualquier observador atento, moldean el comportamiento.

Cuando el tiempo es escaso, la profundidad se vuelve inviable. El narrador queda con la duda de si este formato fue diseñado ex profeso para confundir, para generar más dudas en el elector y permitir que algún candidato que inicialmente no tenía mayores posibilidades termine adquiriéndolas.

Cuando no hay penalidad por imprecisión, la ambigüedad se vuelve rentable.

Cuando la audiencia responde más a la emoción que al contenido, el espectáculo se impone. En ese contexto, el candidato que decide explicar pierde. El que decide simplificar, gana. No porque tenga razón, sino porque el sistema, y el formato estructurado del debate, lo premian.

Aquí aparece una de las paradojas más inquietantes de la democracia contemporánea: un mecanismo diseñado para informar al ciudadano termina desinformándolo. No por falsedad directa, sino por saturación de mensajes incompletos, fragmentados, diseñados para el impacto inmediato.

El debate se convierte así en una forma de comunicación degradada. No es una mentira en sentido estricto. Pero tampoco es verdad en sentido pleno. Es algo intermedio: una versión comprimida de la política donde la complejidad se pierde y la responsabilidad se diluye.

El narrador reconoce en este fenómeno una conexión profunda con la estructura del Estado peruano. Un Estado que, como se ha visto en otros ámbitos, infraestructura, concesiones, gestión pública, muestra dificultades para sostener decisiones en el tiempo y para articular coherencia entre sus partes.

El debate electoral no escapa a esa lógica. Es, en cierto modo, su reflejo.

Una escena fragmentada, donde múltiples voces hablan simultáneamente, donde las ideas no se encadenan y donde el resultado final no es una síntesis, sino una acumulación de intervenciones inconexas.

En ese escenario, la meritocracia política se vuelve difícil de distinguir. No porque no existan candidatos con preparación o conocimiento, sino porque el formato no permite que esas cualidades se expresen plenamente. La competencia deja de ser por la calidad de las propuestas y se traslada al terreno de la performance.

Y allí, las habilidades relevantes cambian. Ya no importa tanto saber, sino parecer. No tanto entender, sino reaccionar. No tanto construir, sino resistir.

El debate deja de ser una prueba de gobierno y se convierte en una prueba de escena.

La pregunta, entonces, no es si los debates son un “circo”. La pregunta es por qué el sistema produce ese resultado de manera consistente. Y la respuesta, aunque incómoda, es clara: porque no hemos diseñado nada que lo evite.

El Perú no carece de normas electorales. Pero sí carece de un diseño deliberativo exigente. No hay mecanismos que obliguen a los candidatos a desarrollar sus ideas con profundidad, ni estructuras que penalicen la evasión, ni espacios donde la contradicción técnica tenga peso real.

El resultado es un vacío. Y, como todo vacío institucional, es ocupado. En este caso, por el espectáculo.

Sin embargo, la solución no es imposible. Requiere, eso sí, un cambio de enfoque. No se trata de pedir mejores debates, sino de diseñarlos de manera distinta. De crear un entorno donde la racionalidad no sea una desventaja competitiva.

Un debate donde el tiempo permita explicar, donde la réplica exija comprender antes de criticar, donde la verificación de datos introduzca un costo a la imprecisión, donde la moderación no sea decorativa, sino activa, donde cada propuesta deba enfrentarse a su implementación concreta.

En otras palabras, un debate donde pensar vuelva a ser útil y constructivo.

Pero incluso ese rediseño enfrentará un límite si no se aborda el problema más profundo: la debilidad del sistema político. Sin partidos sólidos, sin carreras públicas estructuradas, sin mecanismos de responsabilidad posterior, el debate seguirá siendo, en gran medida, un episodio aislado. Un momento de exposición sin continuidad.

El ciudadano, entonces, queda atrapado en una paradoja.

Se le pide decidir sobre el futuro del país a partir de información que no ha sido diseñada para esclarecer. Se le exige evaluar propuestas que no han sido sometidas a prueba. Se le invita a participar en un proceso que, en su forma actual, privilegia la apariencia sobre la sustancia.

Y aun así, decide. No porque el sistema sea óptimo, sino porque no hay otra alternativa.

El narrador concluye que el verdadero problema no es el “circo”, sino la normalización del circo. La aceptación implícita de que la política debe ser así. De que no puede ser distinta.

Pero esa aceptación es, en sí misma, una forma de renuncia.

Porque si algo muestran otros ámbitos, cuando la técnica se impone, cuando las reglas se cumplen, cuando los incentivos se alinean, es que el comportamiento cambia. No por virtud individual, sino por diseño institucional.

El debate electoral no es una excepción. Puede seguir siendo un teatro, o puede volver a ser lo que alguna vez prometió: un espacio donde una sociedad se piensa a sí misma antes de decidir su destino.

La diferencia no está en los actores.

Está en el escenario.

Mientras tanto, los peruanos seguiremos eligiendo mal, no necesariamente por una mala decisión individual, sino porque la decisión ha sido condicionada por la desinformación, la espectacularidad y el circo.

 

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