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OPINIÓN/ El Fantasma de la Oclocracia

Escribe: Alberto Carpio Ávila

 

La palabra viene de lejos. Fue utilizada por Polibio para describir la degeneración de la democracia, el momento en que el gobierno del pueblo deja de ser un ejercicio de deliberación y se transforma en el dominio de la masa

El narrador sabe que hay momentos en la historia de los países en los que las palabras dejan de ser definiciones y comienzan a convertirse en sospechas. No se las pronuncia para describir con exactitud, sino para intentar nombrar una incomodidad. Ocurre con frecuencia cuando la realidad parece desviarse de lo que debería ser, pero sin romperse del todo. Entonces aparecen términos antiguos, casi olvidados, como si el pasado ofreciera un lenguaje que el presente aún no logra construir. Uno de ellos es la oclocracia.

La palabra viene de lejos. Fue utilizada por Polibio para describir la degeneración de la democracia, el momento en que el gobierno del pueblo deja de ser un ejercicio de deliberación y se transforma en el dominio de la masa, no como cuerpo político, sino como impulso emocional, irracional, destructivo. No es la ausencia de elecciones, ni la supresión formal de derechos. Es algo más difícil de identificar: la sustitución de la razón pública por la emoción colectiva.

El narrador observa que este tránsito no ocurre de manera abrupta. No hay un día en que la democracia se disuelva y la oclocracia la reemplace. Más bien, se trata de un deslizamiento. Las instituciones permanecen, pero pierden densidad y se debilitan. Las elecciones continúan, pero cambian de naturaleza. El voto deja de ser una herramienta de evaluación para convertirse en una expresión de ánimo, de emociones, de sentimientos simples de simpatía o antipatía. Y en ese cambio, casi imperceptible, se altera el sentido mismo del sistema.

El Perú, en las últimas décadas, ha vivido una secuencia que, vista en conjunto, produce desconcierto. Presidentes que no concluyen sus mandatos, investigaciones que alcanzan a quienes ocuparon el poder, una rotación constante que impide la continuidad. No es un fenómeno aislado en la región, pero en el caso peruano adquiere una intensidad particular. El narrador no se limita a enumerar los hechos, solo intenta comprender la lógica que los conecta.

Sería fácil atribuirlo todo a la corrupción de las élites o a la incapacidad de los gobernantes. Pero esa explicación, aunque parcialmente cierta, resulta insuficiente. Porque omite un elemento esencial: el sistema que permite que esos gobernantes lleguen al poder.

En toda democracia, el voto es un acto que combina libertad y responsabilidad. No es solo la expresión de una preferencia individual, sino la construcción colectiva de una dirección. Sin embargo, cuando las condiciones que rodean ese acto se deterioran, cuando la información es fragmentaria, cuando la confianza institucional se erosiona, cuando la oferta política se reduce a opciones débiles o extremas, el voto cambia de naturaleza. No deja de ser libre, pero se vuelve menos reflexivo. No deja de ser legítimo, pero se vuelve más reactivo.

El narrador advierte que, en ese contexto, el elector no necesariamente elige lo mejor. Elige lo que percibe como menos distante, más inmediato, más comprensible. A veces elige contra algo, más que a favor de alguien. Y en esa lógica, el corto plazo adquiere una fuerza que desplaza cualquier intento de planificación sostenida.

No se trata de una falla individual. Es una adaptación colectiva.

Porque cuando las instituciones no ofrecen garantías, cuando las promesas se repiten sin cumplirse, cuando la política se percibe como un espacio ajeno o capturado, el ciudadano ajusta su comportamiento. Reduce su expectativa. Desconfía de la técnica. Prioriza lo emocional. No porque ignore las consecuencias, sino porque deja de creer en las alternativas.

Y es allí donde la democracia comienza a acercarse a su sombra.

No porque el pueblo gobierne, eso es su esencia, sino porque el modo en que gobierna se desvincula de los principios que le daban sentido. La deliberación cede frente a la reacción. La evaluación es reemplazada por la identificación inmediata. El liderazgo se mide más por su capacidad de conectar emocionalmente que por su capacidad de gestionar.

El narrador no afirma que el Perú haya cruzado ese umbral de manera definitiva. Sería una conclusión precipitada. Las instituciones, aunque debilitadas, siguen operando. Las elecciones continúan siendo aparentemente competitivas. Existe alternancia en el poder. La economía, con todas sus limitaciones, mantiene cierta estabilidad.

Pero tampoco puede ignorar los síntomas.

La volatilidad electoral, la fragmentación política, la dificultad para sostener proyectos de largo plazo, la aparición recurrente de liderazgos improvisados o excesivamente dependientes de la popularidad inmediata. Todos ellos indican que algo en la relación entre ciudadanía, política e instituciones ha cambiado.

No es el colapso. Es la erosión.

Y la erosión tiene una característica particular: avanza sin estridencia.

El narrador vuelve entonces sobre una idea que atraviesa este proceso: la de responsabilidad. No en su sentido moral más superficial, sino en su dimensión estructural. Porque una democracia no se sostiene únicamente en normas o en instituciones. Se sostiene en un equilibrio entre lo que se exige y lo que se tolera.

Cuando ese equilibrio se rompe, cuando la exigencia disminuye y la tolerancia a la mediocridad aumenta, el sistema no se derrumba de inmediato. Se adapta. Funciona, pero peor. Produce resultados, pero menos óptimos. Y, sobre todo, genera una sensación persistente de insatisfacción.

Es en ese punto donde aparece la tentación de explicar el problema en términos absolutos: culpar exclusivamente a los políticos o, en el extremo opuesto, responsabilizar únicamente al votante. Pero el narrador rechaza ambas simplificaciones. Porque el fenómeno que observa es más complejo.

Se trata de un circuito, un círculo vicioso: una oferta política débil limita las opciones disponibles, un electorado desconfiado responde con decisiones de corto plazo, esas decisiones producen gobiernos inestables o ineficaces, y esa ineficacia refuerza la desconfianza inicial.

El resultado es un equilibrio que nadie desea, pero que todos, de alguna manera, en forma racional o irracional, reproducen.

El narrador entiende que romper ese circuito no depende de un solo actor. No basta con mejorar la calidad de los candidatos si el entorno que los evalúa no cambia. No basta con exigir más al ciudadano si las condiciones institucionales no permiten que esa exigencia tenga efecto.

Se requiere algo más difícil: alterar los incentivos, elevar el costo de la incompetencia política, reducir el beneficio de la improvisación, fortalecer la información disponible para el votante, construir espacios donde la deliberación tenga más peso que la reacción.

No son cambios inmediatos. No ofrecen resultados rápidos. Pero son los únicos capaces de modificar la dinámica de fondo.

El narrador concluye sin dramatismo, pero sin concesiones.

El Perú no está condenado a la oclocracia, aunque tampoco está inmune a ella, se encuentra, más bien, en una zona intermedia, donde la democracia aún existe, pero su calidad depende de decisiones que no siempre se toman de manera consciente. Decisiones que se repiten en cada elección, en cada tolerancia, en cada renuncia a exigir más.

Porque al final, más allá de las instituciones y de los nombres, hay una verdad que persiste: los sistemas políticos no solo reflejan lo que las sociedades son, sino aquello que, de manera reiterada, están dispuestas a aceptar.

Y es en esa aceptación, silenciosa, cotidiana, acumulativa,  donde se decide, con más precisión que en cualquier discurso, el destino real de una democracia.

Una cosa es cierta, mientras no existan políticas públicas destinadas a corregir o enmendar estos efectos, el círculo vicioso tenderá a acercarnos más hacia la Oclocracia que a alejarnos de ella, mientras tanto, seguiremos perdiendo los peruanos una oportunidad histórica de modificar el rumbo de nuestro país y el desarrollo estará cada vez más lejos.

Y los más perjudicados, seremos por supuesto todos nosotros.

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