A 72 horas (aprox.) del acto de votación de las elecciones más complejas y sui generis de nuestra historia republicana, no cabe duda que el acontecimiento constituye todo un reto para el elector; primero, por lo complicado que resulta una eficiente utilización de la gigantesca cédula de votación que consigna cinco columnas (cada una representa una elección distinta: fórmula presidencial, senadores a nivel nacional, senadores a nivel regional, diputados y representantes ante el Parlamento Andino); segundo, por el número de partidos en competencia (37) y consecuente exagerado número de candidaturas que finalmente podrían llegar a 9,000 y tercero, por el proceso personalísimo que el elector tiene que desarrollar para identificar dentro de esa maraña, a qué partido y a quiénes le otorgará su voto en la cámara secreta.
Sin duda, el reto más importante es el tercero, siendo el más complicado y de mayor responsabilidad para quienes desean votar informados, con empatía a las nobles causas populares, con seriedad y lealtad a los intereses del país y considerando de buena fe que, el domingo 12 de abril, debe ser una una “fiesta democrática” y, no un acto que nos lleve al velatorio de las esperanzas e ilusiones de establecer un cambio que coadyuve a superar la crisis generalizada que padecemos y, permita encaminarnos en un proceso de desarrollo que nos garantice el bienestar, esquivo hace varios lustros. La fecha es crucial y llega agredida por la colosal afrenta de los partidos al interés nacional, soberbia expresada en las listas de candidatos que presentan, abonando a la incertidumbre dominante.
No es secreto. La primera responsabilidad de nuestros padecimientos (corrupción, criminalidad, despelote político, precariedad del sistema de partidos, etc.) le cae al Congreso de la República, particularmente al actual, identificado como el peor de nuestra historia parlamentaria; en consecuencia, son responsables los 10 partidos con representación parlamentaria y receptores de dineros públicos que además de su incompetencia legislativa, dieron rienda suelta a la proliferación de bancadas (12) y al transfuguismo, burlándose de la conformación ordenada por el voto popular.
En suma, sus 130 miembros se convirtieron en cómplices-beneficiarios de la cadena de despropósitos y ventajas perpetradas por sus Mesas Directivas que les distribuyó sinecuras (bonos, incremento de contratados de personal para despachos y comisiones, semana de representación, viajes, etc.) que, complacientes y con el gozo de sus líderes y dueños de partidos, disfrutaron sin la menor mesura.
Es pues, este Congreso que si anteponía los altos intereses del país a los subalternos de sus miembros, pudo evitar la crisis política y los padecimientos que nos ha generado, optando por el camino democrático del adelanto de elecciones generales (presidenciales y congresales) ante el torpe autogolpe de Pedro Castillo en diciembre del 2022. No lo hicieron, exhibieron soberbia con el país, prefirieron llegar a contubernios mafiosos para mantener a una mediocre en la Presidencia de la República a fin de asegurase los escaños hasta este 28 de Julio. Es el mismo que se colgó de la reforma constitucional para el retorno del Senado, introduciendo de contrabando la posibilidad de su reelección, es el mismo que se exoneró de la obligación del funcionario público de guardar neutralidad política en época electoral y el mismo que legisló para que los candidatos a la presidencia puedan hacerlo simultáneamente para el Senado, con la inocultable intención de abrir la ventana del poder político para blindar a los líderes y dueños de sus partidos que tienen cuentas pendientes con la ley.
En resumen, los partidos que conforman este Congreso, han perdido la vergüenza, no tienen una pisca de ética pública y sin pudor proponen listas insistiendo en corruptos, individuos incluidos en carpetas fiscales, lobistas, etc.; es decir, desean continuar con “más de lo mismo” a través de 88 reeleccionistas. Pero lo más preocupante es que, este deplorable nivel de propuestas no solo viene de ese grupo de partidos, también hay en los otros partidos que incluyen sentenciados y gente con mochilas de escandalosas sospechas por corrupción; entonces, no exageramos al decir que éstos han perpetrado una colosal afrenta al interés nacional, al insistir en más de lo mismo, a contracorriente del clamor de la mayoría ciudadana.
En otras palabras, poco les interesa a los líderes de los partidos, las demandas de cambio de la población ni la necesidad de retornar al valor de la ética pública, sobre todo a esos candidatos a la presidencia que simultáneamente también candidatean para senadores o diputados, pretendiendo asegurase una representación política, demostrando sin pudor incoherencia y angurria de poder sin mea culpa ni reconocer que nos son imprescindibles, piensan en que “si no sale una, pude salir la otra”, opción de la norma pensada para los “líderes” de los partidos hoy en el Congreso, sin duda altamente cuestionable en el espacio de la ética.
En este contexto queda demostrado que la “reforma política” avivada por el “vizcarrismo” constituyó un fraude empoderado por el actual Congreso; que la precariedad del sistema de partidos es tan evidente que no ha podido aplicar los filtros que se necesitan para adecentar la representación política del próximo periodo; pero, queda la esperanza en los filtros del elector.
Ojalá, Dios nos ilumine para hallar entre las propuestas lo mejor para el país, desechando lo que ya nos hizo daño, no más de lo mismo, espacialmente en el próximo Senado. Abriguemos la esperanza de un milagro, porque los debates de los candidatos presidenciales han sido un fiasco y la presentación de listas al parlamento una completa desilusión, cuando menos en la mayoría de las inscritas. Si le regalamos unos momentos a ser leales con el país, informándonos bien, podemos encontrar a quienes pueden ser la excepción a la regla que nos preocupa. Suerte Perú.
Lima. 8 de abril de 2026.