Perú ante las urnas. 36 partidos, 35 candidatos presidenciales, una democracia a prueba y el futuro en suspenso. El país celebra este domingo unas elecciones generales marcadas por la polarización ideológica extrema, un récord histórico de candidatos y una ciudadanía que busca respuestas radicales a sus problemas sin resolver.
Perú llega a las urnas este domingo el peso de una democracia en permanente tensión y riesgo. Las elecciones generales de 2026, convocadas para elegir presidente de la República, senadores y diputados, se celebran en un clima de polarización extrema que no es ajeno al resto del mundo, pero que en el país andino adquiere contornos propios, singulares, y por momentos desconcertantes.
El primer dato que llama la atención de cualquier observador externo es el número de actores en competencia: 36 partidos políticos y 35 candidatos presidenciales (uno de ellos falleció en un accidente mientras recorría zonas rurales en plena campaña), disputan el favor del electorado peruano. La cifra, sin precedentes en América Latina, es en sí misma un diagnóstico: el resultado directo de una reforma impulsada por el expresidente Martín Vizcarra con el propósito de desestabilizar al país, que derivó en lo que muchos analistas describen como una fragmentación deliberada del sistema de partidos.
El retorno de las ideologías
Quienes sostuvieron durante décadas que las ideologías habían llegado a su fin, Francis Fukuyama, entre los más célebres, encuentran en este proceso electoral un argumento incómodo en su contra. Lejos de haber desaparecido, las identidades ideológicas, en Perú están más robustas que nunca. La elección se define, en lo esencial, como un enfrentamiento entre izquierdas y derechas, con las posiciones más extremas de ambos bloques ganando terreno a costa del centro, que se ha reducido a un espacio residual.
El fenómeno de radicalización no es exclusivo de Perú. La crisis financiera internacional de 2008, que trasladó el costo del colapso de los grandes inversores inmobiliarios a los ciudadanos comunes a través de despidos masivos, recortes de servicios públicos y aumentos de impuestos, sembró en el mundo desarrollado una desconfianza profunda hacia los partidos y políticos tradicionales.
En América Latina, el detonante ha sido la corrupción endémica: las izquierdas acusan a las derechas de haber gobernado para sus propios intereses mercantilistas; las derechas señalan a los regímenes de izquierda como Nicaragua, Venezuela y Cuba, han destruidos las economías y solo han producido pobreza, además de un estatismo para enriquecer a las burocracias y la supresión de las libertades para defender privilegios y beneficios.
El tablero y sus piezas
En el mapa de candidatos con opciones reales, la figura dominante es Keiko Fujimori, heredera política de Alberto Fujimori y aspirante presidencial por cuarta vez consecutiva. Todo indica que la candidata fujimorista tiene prácticamente asegurado su pasaje al balotaje, y que la verdadera disputa electoral de este domingo se juega en el renglón de abajo: quién la acompañará en esa instancia definitiva.
Los sondeos colocan en un empate técnico por ese segundo lugar a Carlos Álvarez, comediante derechista de alta popularidad televisiva, y a Ricardo Belmont, candidato de izquierda radical que ha manifestado su disposición a indultar al expresidente Pedro Castillo, condenado tras su fallido autogolpe de Estado, que aplaudió públicamente las declaraciones del entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador cuando este adoptó posiciones abiertamente hostiles hacia Perú.
Detrás de ese dúo, en cuarto lugar y agrupados entre cinco y siete puntos porcentuales de intención de voto, se concentran cuatro candidatos de centroizquierda a izquierda radical. En el bloque de derecha, los tres nombres más relevantes, Keiko Fujimori, Carlos Álvarez y Rafael López Aliaga, suman aproximadamente 33%s de intención de voto. Las izquierdas, representadas por Ricardo Belmont, Ricardo Sánchez, Jorge Nieto y Alfonso López Chao, alcanzan el 26%. La brecha no es abismal, y un 20% de indecisos registrado en las últimas estimaciones de Vox Populi Consultoría mantiene el resultado abierto.
El voto estratégico y la memoria de 2021
Un elemento clave en las últimas horas de campaña será el llamado voto estratégico o útil: ese cálculo racional por el cual el elector no vota por quien prefiere sino por quien, según las encuestas del día previo, tiene más posibilidades de materializar el resultado que le importa, o de contener a quien no quiere. En el lado conservador, quienes quieran cerrarle el paso a la izquierda buscarán concentrar su respaldo en el candidato de derecha mejor posicionado. En el otro extremo, ocurrirá lo recíproco.
La historia reciente invita a la cautela. En las elecciones de 2021, los dos candidatos que lideraban las encuestas a una semana de los comicios, Johnny Lescano, de Acción Popular, con 15 puntos, y George Forsyth, de Somos Perú, con 10, no pasaron al balotaje. Quien los sorprendió fue Pedro Castillo, que escaló hasta los 19 puntos en el recuento final, llevándose una primera vuelta que pocos le auguraban. Keiko Fujimori, con el 13%, completó ese balotaje.
Hay también incertidumbre en torno al voto rural, que representa el 20% del padrón nacional y que históricamente ha mostrado comportamientos difíciles de capturar por los candidatos urbanos. En elecciones tan fragmentadas como esta, esto puede ser más que suficiente para cambiar cualquier pronóstico.
Este domingo, Perú vuelve a tirar los dados, a ver qué sale. El país que en una generación ha visto destituciones, renuncias forzadas, un autogolpe y varios procesos electorales presidenciales convocados en circunstancias de crisis, somete una vez más sus instituciones al veredicto de las urnas. El resultado de la primera vuelta no resolverá nada, pero dibujará el escenario en el que se librará la batalla definitiva. Y en un país con esta historia, ningún escenario está descartado.